miércoles, 22 de junio de 2016

Los peores de todos

La lucha política se define por la mayoría y por la fuerza. Se argumenta, se convence y hasta se compran los apoyos. Es un terreno del puro poder, un fenómeno antropológico más que filosófico.

La lucha gremial y económica se define también por el poder. Sindicatos, banqueros y empresarios, pugnando por la distribución de la riqueza generada por el trabajo humano y la inversión de capital. Es un terreno de intereses económicos, un fenómeno socio-económico más que filosófico.

La lucha intelectual, sin embargo, enfrenta ideas, conceptos, juicios, silogismos, valores. Quienes la libran eligen el campo de la abstracción, donde intentan construir sistemas coherentes para interpretar la realidad y sugerir orientaciones. Si en la política lo que importa es el poder y en la economía la creación y distribución de la riqueza, en el campo intelectual lo central es la búsqueda de la verdad.

Aún con lo inasible del concepto de “verdad”, éste se asienta en una obligación de raíz cartesiana: la honestidad con la propia conciencia. Ello significa no ocultar lo que se sabe, no afirmar lo que se conoce como incierto y ser leal a la coherencia del propio pensamiento.

Los resultados del debate intelectual orientarán a la política, que tiene poco tiempo para esas elucubraciones porque debe dedicarse a las urgencias del poder y que en no pocas ocasiones debe confiar en la palabra intelectual asumiendo su honestidad con escasa posibilidad crítica.

Por eso es que la actividad de los intelectuales es tan importante para la sana evolución de la sociedad. Herederos de los viejos “chamanes”, “magos”, “sacerdotes” y hasta filósofos, los intelectuales tienen la responsabilidad nada menor de acercar conceptos actualizados sobre la cambiante realidad global y local, mantenerse en el “cutting edge” de su respectivo campo, preservar fresco su intelecto para entender los fenómenos nuevos e interpretarlos y por último ir definiendo los valores que la evolución humana va depurando como deseables en cada tiempo, a la vez que explorando las formas de articularlos en una interpretación holística que los contenga.

Su tarea es, tal vez, la más elevada en capacidad de abstracción, la más alejada de las posibilidades de la vida diaria de las mayorías, que las sociedades respetan aun sabiendo de su esencial “improductividad” directa y de su probable inutilidad en las exigencias cotidianas del poder.

La mirada intelectual debe por eso, para ser honesta con su sociedad –que la financia, le garantiza respetabilidad e ingresos y confía en ella- mantener, como campo epistemológico, su independencia relativa de la política y la economía. Se convierte en bastarda si se pone al servicio de la lucha política cotidiana. Se hace despreciable si oculta hechos, elabora sofismas a sabiendas, o construye justificaciones “ad-hoc” para servir a fracciones o sectores. Y es especialmente inmoral si miente, aprovechando tanto su prestigio inherente como las dificultades del entendimiento común para ocultarse en el hermetismo de su léxico académico o profesional.

Puestos en inmorales, los intelectuales son los peores. Ese es el motivo por el que se habrá notado en algunas de estas columnas una especial valoración negativa de aquellos que desempeñan el triste papel que –en tiempos del estalinismo- se había definido como “intelectuales orgánicos”. Se trataba de quienes desde la credibilidad que generaba su respeto social –por su capacidad, inteligencia y conocimientos- se ponían al servicio de las causas más atroces, llegando a justificar los “juicios de ejemplaridad” apoyados en mentiras y las conductas más abyectas del poder, en nombre de abstracciones inexistentes.

Millones de personas murieron, fueron exiladas, sus vidas destrozadas y sus más elementales construcciones vitales –familias, trabajos, aficiones, propiedades- expropiadas para ofrendar salvajemente en el altar del poder. La mentira y la ausencia de compromiso con valores humanos básicos fueron siempre la nota dominante. Las personas se convirtieron en insignificantes frente a los “relatos”, los “proyectos”, las “líneas” o los “modelos”.

Pasó en el estalinismo, pero no fue una exclusividad. Lo hicieron los nazis, los fascistas y hasta burbujas esporádicas –pero extremadamente perversas- en las propias democracias, como ocurriera con el maccarthismo en Estados Unidos o las construcciones autoritarias nacional-populistas en muchos otros lugares del mundo. Las masacres de Camboya, los genocidios armenio, judío, Rwanda, Congo, los fusilamientos en Cuba, las represiones sanguinarias en dictaduras y populismos latinoamericanos, son sólo los ejemplos más notables, en todos los casos sostenidos y justificados por los “intelectuales orgánicos” de turno. ¡Recién en 2005, doce años después de saludar la llegada de los “kmers rojos” al poder en Camboya, que provocaron el genocidio de un tercio de la población del país, el diario Le Monde, vocero del “progresismo” francés, publicó su disculpa! ¿Tendremos los argentinos que esperar varios años para escuchar alguna disculpa de quienes saben que tienen que darla?

Porque aunque con menos sangre, no por ello  por aquí fueron menos repudiables. Proliferaron ejemplos por nuestros pagos, medrando alrededor del poder y alquilando neuronas privilegiadas con argumentos menos elaborados. 

La gesta democrática iniciada en 1983 puso una barrera muy fuerte para repetir entre nosotros las calles de sangre, pero llegó el turno a la corrupción, también salvaje, masiva, gigante. Que también mata en trenes que chocan, rutas que asesinan, narcos que masacran generaciones de jóvenes pobres u hospitales sin remedios. Todo esto fue lo justificado ahora por los “intelectuales orgánicos” del poder con sus Cartas y sesudos –tanto como herméticos- argumentos “filosóficos” para elaborar un relato a sabiendas mentiroso, repetido alegremente por una farándula que suele olvidar la diferencia entre la ficción –voluntarista e imaginada- y la realidad vivida.

Un obrero, un empresario, un desocupado, un artista, hasta un político, suelen equivocarse y hacen mal cuando luego de advertirlo no lo rectifican. Pero nada es tan negativo e injustificable como intelectuales que traicionan al pensamiento. Por eso la dureza de nuestros comentarios. Porque son los peores de todos, al traicionar lo más noble y sublime de la condición humana que es la capacidad de pensar, entender y valorar.


Ricardo Lafferriere

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