domingo, 12 de febrero de 2017

Historia, biografías, ficción

Géneros que apasionan. Son los predominantes en las lecturas de los hombres públicos argentinos, a estar a la nota publicada en La Nación –política- de hoy 12/2, elaborada por Alan Soria Guadalupe, titulada “¿Qué leen los dirigentes?”.

Sin embargo, lo que para una persona sin obligaciones de liderazgo puede ser algo normal y estimulante, se convierte en preocupante si se asuma que ninguno de ellos –destaco, ninguno…- parece estar dedicando unos minutos de su lectura a analizar y estudiar la sociedad que se está conformando a raíz del acelerado cambio tecnológico, es decir, a intentar desentrañar en lo que sea posible el futuro al que nos estamos dirigiendo y en el que estamos ingresando. En todos los casos, los temas parecen responder a una consigna: “Desde hoy, hacia atrás…”. Ni una miradita, aunque sea rápida, al futuro que se acerca aceleradamente y a indagar las formas de encauzarlo.

La agenda del presente es ajena, no ya para aquél que manifiesta con un eufemismo benevolente “no ser un lector voraz”, sino aún para quienes expresan más valiosas inquietudes intelectuales. Tal vez lo más avanzado sea el abordaje de la crítica social de Bauman, recientemente fallecido pensador polaco cuya mirada pesimista no le quita su enorme valor, pero tampoco su resignada impotencia ante el mundo tecnológico. La mayoría opta por lecturas que no desafían su imaginación sino que fortalecen sus respectivos dogmas.

La aceleración del cambio tecnológico tiene una tendencia exponencial, para algunos incluso logarítmica. A pesar del maremágnum comunicacional que producen las medidas del nuevo presidente norteamericano y que será una moda efímera, éstas no detendrán la tendencia a la automatización y a la inteligencia artificial aplicada a todos los campos de la vida, de la producción, de la medicina, de la administración, de la guerra, del comercio, del transporte.

Su ritmo no sólo ha respondido a la “Ley de Moore“ durante más de medio siglo, sino que se ha acelerado, a pesar de los que anunciaban sus límites “físicamente inexorables”: otras tecnologías están anunciando “tomar la posta” de la miniaturización y ya hay en todos los campos de ocupación humana ayudas o reemplazos de alta tecnología que impregnan la realidad –no ya en el “primer mundo”, sino en todo el planeta- desplazando trabajo humano, cambiando demandas de capacitación, generando cambios imprevistos en la economía, abriendo campos al delito, forzando cambios en la convivencia y demandando al Estado nuevas respuestas en protección ambiental, asistencia y seguridad social, legislación laboral, seguridad, legislación, obras públicas y distribución del ingreso.

Las lecturas de nuestros líderes los muestran aferrados a la vieja agenda clásica, sin interés en lo que viene –por desconocimiento, falta de información o ausencia de inquietudes-. Ello incidirá necesariamente en su capacidad de tomar decisiones ante los cambios. Eso es lo más preocupante para los ciudadanos comunes. Y también eso es lo que fomenta el deterioro del prestigio de la política como actividad, que se vuelve disfuncional a su misión elemental, que es encauzar el cambio para mantener la armonía y contener la tendencia a la polarización social. Los ciudadanos, que sí viven la vida real, sienten esos cambios y esperan más de sus políticos, incluso en su responsabilidad modélica.

En fin. Siempre queda la duda que se trate tan sólo de un artículo “de color”, que no haya reflejado en plenitud las inquietudes intelectuales de quienes conducen. Sería esperanzador que así fuera, ya que de otra forma se los evidenciaría obsesivamente aferrados a una agenda que ya no existe –y en algunos casos, que existió hace tres o cinco décadas- y sin el arsenal de conocimientos adecuados ni preparación suficiente para enfrentar la que sí está vigente, en el país y en el mundo.


Ricardo Lafferriere