martes, 30 de abril de 2013

Represión salvaje


Represión salvaje

Era difícil no indignarse al observar los hechos de violencia ocurridos en el Borda el viernes pasado.

Mientras intentaba racionalizar el enfrentamiento para poder comprender el por qué antes de escribir sobre él, se me ocurrió pensar -siempre lo hago, como una especie de "filtro" previo a emitir una opinión- cómo habrían actuado protagonistas -en casos similares- en otros países, tanto democráticos como autoritarios.

Pensé cómo habría actuado la policía de Francia, la inglesa, la sueca, alemana, española, italiana. O rusa. O norteamericana, canadiense, mexicana. O china, india o pakistaní. O chilena, brasileña o paraguaya...¡o cubana!

Confieso que a medida que revisaba en Internet -en algunos casos-, en mi memoria en otros, la indignación se me iba convirtiendo en una necesidad hambrienta de entender el por qué de la "originalidad argentina". Porque quedaba claro que a pesar de la firmeza y hasta algunos excesos de la actuación de la metropolitana, comparada con cualquier policía del mundo en situaciones equivalentes sus procedimientos estaban a años luz de poder ser calificados de "brutales". Sin embargo, así fueron leídos por muchos ciudadanos y la prensa.

En mi recorrida observé imágenes que muchos tenemos grabados en nuestra memoria -y en mi caso, coinciden on experiencias observadas en directo personalmente- a los suecos disolviendo manifestaciones ambientalistas, a los ingleses reprimiendo salvajemente a "wooligans", a los franceses deteniendo sin ningún miramiento estudiantes que protestan, a los alemanes cargando violentamente contra reclamos antinucleares, a los españoles reprimiendo "indignados" desesperados o a los chinos atacando con tanques a quienes reclaman derechos humanos. O a los norteamericanos reprimiendo con saña en Los Ángeles a personas de color, por no recordar a los rusos, cuya policía política poco deja que envidiar a la vieja KGB, con detenciones arbitrarias y muertes misteriosas. ¿Qué no decir de la policía brasileña protegiendo a sangre y fuego a quienes arrasan la amazonia aplastando con violencia la resistencia de los pueblos originarios a los que se les destruye su mundo, o a la chilena reprimiendo a los mapuches que defienden sus tierras?

Como se observa de este paseo imaginario, no hay filtros políticos o ideológicos. Tampoco concesiones. La fuerza pública es la fuerza del Estado. Por eso mismo sus integrantes están protegidos legalmente con figuras penales en todos los países. Resistirse a la policía, en cualquier país, es un delito grave en sí mismo. También acá, aunque no se aplique a pesar de ser ley vigente. Ni hablar si más allá de resistirla, se la agrede. Es sólo entre nosotros que se acepta el peligroso juego de considerar al orden público un elemento secundario o hasta ilegítimo, y agredir a la policía como una suerte de deporte en el que todo vale.

Es obvio que no me gusta la represión. A lo largo de mi vida política me ha tocado sufrir desde varias detenciones policiales simples en tiempos de la "Revolución Argentina" de Onganía, hasta las menos simples condiciones, en tiempos del "proceso", de "detenido-desaparecido" -afortunadamente, sobreviviendo gracias a la solidaridad de los jóvenes radicales cuya organización integraba, y a los grandes viejos que se movieron de inmediato reclamando mi aparición: Alfonsín, Balbín, Contín, Perette y el inolvidable don Arturo-. También la de "detenido a disposición del PEN" por ser considerado un peligro potencial para la sociedad, y la de detenido político en la Unidad Penal 1 en Paraná, y luego en mi propia casa. Con estos recuerdos, es muy difícil ser concesivo a actitudes represivas.

Pero ahora no se trata de eso. Mirando una y otra vez las filmaciones, está claro que la represión tuvo poco de "salvaje". También es evidente que existieron integrantes de la metropolitana que se desbordaron (en especial, uno de ellos que aparecía tirando balas de goma sin apuntar, con riesgo de sacarle un ojo a algún manifestante). Todo eso debe ser auditado, no sólo por las responsabilidades que correspondan sino para aprender a corregir las falencias que existieren, profesionalizar más la fuerza y soldarla con la ley y los vecinos -que, no olvidemos, son los que votan las leyes a través de sus representantes, y eligen a las autoridades que deben aplicarlas-.

Lo demás entra dentro de la triste "picardía política". No debe ser sencillo construir una fuerza policial nueva en el medio del enrarecido clima político argentino. Pero el esfuerzo vale la pena. La metropolitana es la respuesta del pueblo de la Capital ante la obsesiva actitud de la administración central de no transferir parte de la Federal. Esto implicará aprendizaje y una buena oportunidad para contar con una policía especializada en defender la ley y los derechos de los ciudadanos.

Dirigentes que no dijeron ni una palabra, entre otros hechos, ante la acción parapolicial que mató a Mariano Ferreyra, la matanza inmisericorde de los Quom en Formosa y su represión parapolical en Buenos Aires, la muerte del maestro Fuentealba, el crimen de Candela, la complicidad policial con las redes de trata de mujeres, la represión de los docentes y petroleros en Santa Cruz y mucho más que aparecen apenas revolvemos un poco la memoria, parecen solazarse ante un enfrentamiento tan absurdo como el de la Sala Alberdi o del propio Parque Indoamericano, que les permita interpretar los hechos como una decisión política represiva del Jefe de Gobierno.

Sin conocer la intimidad de las decisiones, el análisis de los hechos más bien parece compatible con un escarceo de violencia callejera motorizado por militantes político-gremiales de experiencia que, con picardía indisimulable, superaron la capacidad de tolerancia de la fuerza policial provocando su desborde.

Y en realidad, ganaron. No queda ningún "salvajemente reprimido" en ningún hospital. En el otro lado, un policía se debate con la posibilidad de perder un ojo, y otro con una conmoción cerebral producida por una piedra de gran tamaño. Más dos ministros interpelados, la "reforma judicial" abandonando la primera plana por un par de días, y la corrupción de nuevo desplazada a un segundo plano...

Si de algo puede acusarse al macrismo -y a gran parte de la oposición- en todo caso, es de ingenuidad.


Ricardo Lafferriere

viernes, 26 de abril de 2013

¿Brujería?


Corría octubre de 2010.

El dólar oficial se cotizaba a cuatro pesos y no había ninguna diferencia significativa con el precio de la divisa “blue” que, para el gran público, no existía.

Sin embargo, el gobierno ya había comenzado su política de forzar la demanda por encima de la capacidad de la economía, por medios artificiales.

Durante 2010, más de 30.000 millones de pesos fueron el equivalente del “impuesto inflacionario”, original pero descriptiva denominación de los recursos retraídos a la economía por el Estado, debido a la caída del valor de la moneda nacional que él mismo produce.

El gobierno decidió gastar sin recaudar previamente, sino fabricando papel moneda. Hoy, ante los casi 100.000 millones anuales de emisión sin respaldo, parecería poco. Sin embargo, marcaba la tendencia, ante la concesiva parsimonia de gran parte del “establishment” bancario, pero también académico y político.

El problema con ese mecanismo es que el “papel moneda” emitido es cada vez más papel y menos moneda. Cada día que pasa vale menos y aunque los precios internos son un buen indicador de este deterioro, la comparación con las divisas lo muestra con más claridad. La forma más directa y llana, aunque no sea del todo perfecta, es seguir la evolución del “valor del dólar” en el mercado libre.

Pues bien. En aquel momento una nota de esta columna, publicada en NOTIAR el 5 de octubre del 2010 y titulada “los ceros de la moneda”, se atrevía a un pronóstico: que tres años después, el valor del dólar llegaría a los diez pesos. O, para ser más exactos, que el peso argentino sólo valdría diez centavos de dólar.

El párrafo decía simplemente: “Con las perspectivas de inflación –o sea, de deterioro de valor del peso- en la que coinciden los economistas privados, en un momento entre mediados del 2012 y mediados del 2013, el valor del dólar llegará a los diez pesos. O sea, el peso argentino valdrá la décima parte de lo que valía en el 2001, equivaldría a lo que en ese tiempo valía una moneda de diez centavos. Los años "K" le habrán agregado otro cero, en la mejor demostración de haber regresado a las andanzas que comenzaron cuando comenzó el estancamiento y la decadencia, por 1930. Ya no serán trece ceros, sino catorce.”

Muchos precios ya alcanzaron ese nivel equivalente, hace meses. Muchos otros –entre ellos, los salarios- se mantienen atados al valor decidido por la presidenta, de algunos centavos más de cinco pesos. El dólar no controlado “araña” ya los diez pesos. El peso valdrá en poco tiempo apenas diez centavos de dólar. La diferencia refleja la percepción que tienen las personas sobre la dimensión del desequilibrio de los precios relativos y genera actitudes que aceleran el abismo.

La contracara del capricho presidencial es la liquidación de los activos del país, sus ahorros previsionales de largo plazo, sus reservas en divisas, su descomunal endeudamiento interno –que se saldará con inflación-, el retraso en el pago de la deuda externa –que nos aísla del mundo- y la distorsión de las estadísticas, que cuando se normalicen dejarán a la luz deudas descomunales, de diverso tipo, que tendremos que enfrentar al llegar la crisis. Todo esto para fogonear artificialmente el consumo provocando la sensación de prosperidad que acompañó al kirchnerismo durante gran parte de su gestión, que alguna vez calificamos como “la gran mentira”.

¿Cómo pudimos prever, hace tres años, que la divisa llegaría a este nivel? ¿Brujería?

Nada de eso. Simplemente observamos el comportamiento irresponsable y corrupto del poder, lo proyectamos en el tiempo e imaginamos sus consecuencias en la economía real. No es tan difícil. Más bien, es fácil. Alcanza con no comprarse los dislates, escaparle a las afirmaciones voluntaristas y mirar la economía con un mínimo siquiera de sentido común.

Dijimos además que una vez que se agotaran los recursos fáciles –retenciones, ANSES, ahorristas previsionales, BCRA, emisión de papel moneda sin respaldo- avanzarían sobre el estado de derecho. También lo están haciendo. Si no hay nada enfrente, seguirán avanzando.

A pesar del acierto, no nos alegramos. No podríamos, porque sentimos el país en las entrañas y nos entristece ver que fueron demasiados los que siguieron el cínico consejo de “Las cuarenta”, el recordado tango de Andrés Cepeda: “Cuando la murga se ríe, uno se debe reír”.

No nos reímos entonces. Tampoco lo hacemos ahora. Seguimos predicando la necesidad de una confluencia del sentido común democrático y republicano que ponga fin a estos dislates y a este ciclo que será considerado en la historia como uno de los más negativos y retardatarios de la historia nacional. Por culpa del kirchnerismo, por cierto. Pero también de aquellos que prefirieron seguirle el juego a la murga, por no animarse a hablar con la verdad.

Ricardo Lafferriere

viernes, 19 de abril de 2013

¿Otra vez los "límites"?



La insólita insistencia de Ricardo Alfonsín en declaraciones periodísticas la pasada semana sobre el “escenario deseado” que considera ideal para las elecciones próximas anuncia la reiteración de una lectura equivocada del principal problema argentino, que garantiza la perpetuación del kirchnerismo en el poder.

En efecto, un escenario en el que el populismo se agrupe en una opción unificada mientras la oposición se divide en dos mitades “ideológicas” cuidadosamente delimitadas es el “sueño del pibe” para la presidenta y el oficialismo. Difícilmente se hubieran podido describir con más nitidez los propósitos estratégicos más íntimos del populismo en el poder.

Lo que resulta en todo caso curioso es que la experiencia del 2011 no sea procesada adecuadamente por la dirigencia que hoy insiste en leer la realidad argentina con las anteojeras de la primera mitad del siglo pasado. No sólo eso: implica no advertir la gravedad de los hechos de mega-corrupción que están saliendo a la luz en estos días, ni la ofensiva final sobre el estado de derecho que implica la Reforma Judicial.

El principal problema argentino es hoy la carencia de reglas de juego, por el retroceso que ha sufrido el funcionamiento institucional por el que tanto luchó, precisamente, el padre del dirigente mencionado.

La reinstauración de las reglas de juego constitucionales no admite divisiones entre “izquierdas” y “derechas”, porque ambas son imprescindibles. Si el obstáculo es justamente un rival que no se define por ideología sino por su ausencia de convicciones democráticas, y hasta de un mínimo de honestidad particular y política, cualquier intento de adelantar el debate sobre temas futuros sin lograr antes el triunfo de la democracia  tendrá como resultado inexorable su impotencia.

Los partidos políticos son una cosa. Las coaliciones otra. Los partidos deben mantener claramente su identidad, para referenciar las diferentes formas de pensar que tienen los ciudadanos sobre la vida del país y sus metas de largo plazo. Las coaliciones deben acordar objetivos para una etapa, sin que nada impida que quienes piensan diferente sobre sus objetivos finales coincidan en las tareas que deben realizarse en un determinado período histórico.

Los ejemplos de la Concertación chilena que durante veinte años contuvo exitosamente en una misma propuesta a la derechista democracia cristiana con el progresista partido socialista, o el frente de gobierno que sostuvo a Lula y hoy lo hace a Dilma en Brasil incluyendo desde liberales hasta socialistas son ejemplos cercanos.

Esas tareas, en la Argentina de hoy, se centran en la reorganización y normalización institucional del país. Son, en cierta forma, de tipo "constituyente". Incluyen la separación de poderes, la reconstrucción del federalismo con la urgente sanción de la Ley Constitucional de Coparticipación Federal de Impuestos, la imparcialidad del poder en la lucha política, la independencia de la justicia, la más irrestricta libertad de prensa y el fin de la impunidad que nos ha llevado a los repugnantes episodios que han tomado estado público estas últimas semanas.

Esa confluencia puede y debe incluir nuevos temas de agenda en los que existen, además, coincidencias: la inclusión social, la preservación del ambiente, la utilización racional de recursos naturales  y la vigencia plena de los derechos humanos que conforman el piso de dignidad para todos.

Las tareas mencionadas son más que duras para un período de gobierno y requieren claramente una alianza de poder que debe incluir todo el colorido democrático y republicano, sin exclusiones.

De otra forma, no se puede ganar. Pero aunque  ganare, imaginar que una “alianza progresista” pueda gobernar resistiendo la salvaje oposición del populismo derrotado (recordemos los 14 paros con que golpearon a Alfonsín, y el mega-endeudamiento que legaron a la Alianza) excluyendo además a la “alianza moderada” es una utopía, tanto como su alternativa, que una alianza moderada pudiera hacerlo en las mismas condiciones. Si no se logra la confluencia de las convicciones democráticas y republicanas, tanto progresistas como moderadas, se estará pavimentando el camino para la continuación –o regreso- del populismo.

Esta lectura es tan válida para criticar a Alfonsín, como al propio Macri, quien insinuó días atrás una lectura parecida a la de Alfonsín, volviendo sobre los pasos que había mantenido con coherencia en los últimos años.

Desde esta perspectiva, la sugerencia de Juan José Sebrelli en el suplemento “Enfoques” del diario La Nación, el domingo 21/4, de pensar en una gran “coalición de coaliciones” que articule al “centroizquierda” con la “centroderecha”  parece ser un camino a explorar. La sugerencia guarda gran similitud con la reflexión de Roman Letjman en “El Cronista Comercial”, quien con el título “Estrategias para defender la democracia” indica la urgencia de un diálogo similar.

Hay otra mirada, por supuesto. Es la que cree que no está mal ser “un poco populistas”  y en consecuencia piensa en una alianza marginal con el populismo para facilitarle un barniz “un poco democrático”. 

Claramente, esa mirada no interpreta el principal problema argentino y es suicida para su democracia. Conduce a la tolerancia frente a la corrupción, al clientelismo, a la negación de las libertades y derechos ciudadanos y a la licuación de la democracia.

Desde esta columna insistimos en el diagnóstico: el objetivo principal de la Argentina es hoy la articulación de una propuesta política nítida alternativa al populismo autoritario, que persiga el clientelismo y lo reemplace por la construcción de ciudadanía, que abandone la humillante subordinación en la ayuda social reemplazándola por los derechos que surjan de la ley, que establezca reglas de juego estables para la economía erradicando la discrecionalidad del poder, que termine con la vergonzosa impunidad reinante y que devuelva a los ciudadanos la titularidad de los derechos y obligaciones propios de una sociedad democrática.

Una vez que logremos ese escalón, pero no antes, habrá tiempo y mejores condiciones para “afinar la punta del lápiz” y redefinir los límites de las respectivas afinidades.

Hacerlo antes es ingenuo. O no…

Ricardo Lafferriere



lunes, 15 de abril de 2013

Venezuela marca el camino


                Puede haber existido fraude, como creemos muchos. Puede ser que no, como afirma Maduro. En uno u otro caso, el camino mostrado por la oposición en Venezuela es el camino indicado para avanzar en la recuperación de la democracia para nuestros países.

                Allí no hubo sectarismos en la construcción alternativa. Fuerzas disímiles en su origen e ideología comprendieron cuál es el desafío principal en estos casos: recuperar las reglas de juego. Es el primer escalón. Ya habrá tiempo para afinar los objetivos finales, cada uno ofreciendo a una sociedad libre sus opciones.

                Ese segundo paso es imposible sin dar antes el primero: conseguir que la democracia funcione. Esto no significa sólo una jornada electoral. Implica elecciones, sí, pero también un parlamento plural debatiendo sin cortapisas, una justicia independiente, una prensa libre, y fundamentalmente ciudadanos ejercitando su ciudadanía plenamente.

                El populismo, gran rival de la democracia, tiene dos características centrales. Es esencialmente parasitario, sin otro programa económico-social que la rapiña. Y es antidemocrático, por lo que no le interesa construir ciudadanía sino clientelismo.

                La democracia es su opuesto. Se propone la creciente inclusión social en el marco de una economía de bases sólidas creciendo en armonía, y una construcción ciudadana en la que cada persona sea a la vez la célula básica del sistema y su centro de atención, garantizándole sus derechos plenamente y tendiéndole la mano cuando la necesite con políticas sociales alejadas de cualquier contraprestación servil.

                Para estos fines confluyeron en Venezuela las más diversas fuerzas opositoras, conformando una alternativa de gobierno que cubrió todo el arco democrático, desde viejos rivales como Acción Democrática y COPEI hasta partidos tan disímiles como el marxista-leninista Bandera Roja y el centro-derechista UNIR, todos acordando un programa de gobierno que reflejó lo mejor de la democracia venezolana.

                Ese camino debemos recorrer también en la Argentina. Las impactantes denuncias periodísticas de estos días mostrando la profundidad de la corrupción del régimen, las desesperadas iniciativas buscando impunidad mediante la subordinación de la Justicia, las criminales consecuencias del desinterés del populismo por la suerte de miles de compatriotas que vimos en La Plata -como el año pasado en la tragedia ferroviaria de Once y cotidianamente en la extensión de las redes de narcotráfico e inseguridad-, nos recuerdan que el principal problema argentino sigue siendo la debilidad de su democracia, su vulnerabilidad a gobiernos populistas – autoritarios y la necesidad de recuperar plenamente su funcionamiento institucional para asentar en él la construcción de una sociedad avanzada.

                Para eso se ha convocado la ciudadanía el 18. En eso estamos.

Ricardo Lafferriere
                

domingo, 14 de abril de 2013

Los muertos de Néstor y Cristina


“Los muertos están muertos…”
Juan Manuel Abal Medina, Jefe de Gabinete de Cristina Kirchner, luego de la tragedia ferroviaria de la Estación Once.

“Un muerto más o uno menos no modifica nada…”
Gabriel Mariotto, Vicegobernador de Buenos Aires, luego de la tragedia de La Plata.

                Sería, tal vez, injusto poner en la cuenta del matrimonio presidencial la totalidad de los muertos producidos en los últimos diez años –los que ellos llevan gobernando- por la ineficiencia del Estado, la incapacidad de gestión, la indolencia o simplemente el desinterés por la suerte de la vida de los argentinos.

                No resulta sencillo, sin embargo, discriminar los que responden a esa causa y los que simplemente obedecen a estadísticas imposibles de reducir. Algunas cuentas hacen ascender la contabilidad de los muertos del kirchnerismo a alrededor de 30.000, número artero si los hay para referirse a esta contabilidad.

                Llegan a este número sumando los muertos por accidentes viales debido al mal estado de las rutas -29.183-, los producidos por hechos de inseguridad debido al desmantelamiento de las fuerzas policiales y la instalación del narcotráfico -9.125-, los que sumaron la tragedia de Cromagnón por ineficiencia de los organismos de control -195-, el accidente ferroviario de Once debido a la corrupción kirchnerista en el sector Transporte -52- y los muertos en las inundaciones de La Plata por ineficacia y nuevamente corrupción en la gestión kirchnerista platense –el número oscila entre 51 y 127, depende qué informe escuchemos-.

                En esta cuenta no se agregan los “puchitos”: los muertos en los enfrentamientos internos con grupos opositores –Mariano Ferreyra-, los que resultaron de los hechos represivos frente a protestas gremiales –Carlos Fuentealba-, o los de desapariciones, como la de Julio Jorge López. Y varios más.

                Si estos números fueran colocados en su totalidad en la cuenta kirchnerista, éste habría sido hasta ahora el gobierno más sangriento de la historia argentina, superando incluso al del “proceso”.

                Convengamos, sin embargo, que no todas son responsabilidad exclusiva del kirchnerismo.

                En los accidentes de tránsito, la evolución en la última década parece dar la razón, si no en todo, al menos en la mitad de estas cifras. En el 2002, las muertes por accidentes en la Argentina fueron 3200. En 2008, la cifra anual había crecido a 4315, y en el 2012 ya alcanzó las 7485. El pocentaje de incremento de muertes en accidentes durante el kirchnerismo ascendió casi un 150 %. El retraso de la infraestructura, el descuido del estado de las rutas, la falta de señalización, el desmantelamiento de las policías de tránsito, en síntesis, la desidia y la inoperancia de la gestión “K” fueron las responsables directas o indirectas de más de 10.000 muertos.

Una contabilidad adecuada de las víctimas de la inseguridad, por su parte, debiera comparar el promedio de muertes “antes de K” y el mismo “durante K”. Aquí la sorpresa sería “contraintuitiva”, dando parcialmente la razón al argumento cristinista de la “sensión térmica de inseguridad”.

En efecto, el crecimiento de los números nominales al igual que los porcentajes mostraría un nivel estadístico de muertes violentas más o menos estable (entre 5 y 6 cada 100.000 habitantes, el doble de Europa pero la mitad de USA y la décima parte que Brasil, por ejemplo) por lo que eximiría a Néstor y Cristina de este rubro, donde lo que sí se nota es un incremento de la violencia en los robos, hurtos y delitos contra la propiedad, así como el salvajismo de algunos asesinatos que reflejan la instalación en el país de las redes de narcotráfico –con sus métodos característicos-.

Cromagnon fue una transición en la que se conjugaron vicios del pasado con los que comenzaron a profundizarse con los tiempos K. La irresponsabilidad estatal, la indiferencia ante la vida, la frivolidad en el tratamiento de cuestiones de seguridad, la indiferencia por el dolor de las víctimas. Tal vez no debieran imputarse en forma directa al kirchnerismo –quien gobernaba la ciudad era su aliado Néstor Ibarra- pero también fue una clara corresponsabilidad de los artistas, del propietario del local y –por qué no decirlo- de algunos concurrentes. Pero fue también la primera demostración de la indiferencia del matrimonio ante la tragedia ajena: no interrumpieron ni por un instante su “descanso” en Calafate para acercarse a las víctimas y compartir su dolor.

Pero donde sí el régimen “K” vuelve por sus fueros son las tragedias de la Estación Once y las inundaciones de La Plata. No existe justificación alguna para el deterioro en que circulaban –y aún circulan- los ferrocarriles, que cuanto más pobre es el nivel de sus usuarios más descuidados e inseguros son. Un accidente con una formación que circulaba a menos de 25 kms/hora produjo más de medio centenar de muertos y centenares de heridos –algunos, con secuelas de por vida- cuando vemos accidentes en Europa con trenes de alta velocidad con saldos de muy pocas vidas y algunos heridos.

En La Plata, la responsabilidad por la tragedia es inexcusable. Los avisos previos de alerta fueron reiterados por organismos técnicos y universitarios desde, al menos, una década antes. La desidia aquí fue claramente responsabilidad de las administraciones locales de la Ciudad y de la Provincia de Buenos Aires, cuyas autoridades de Hidráulica han desaparecido de la escena con el argumento que habían “delegado” esas tareas en los Municipios. Tal vez habría que recordarles que la “delegación” puede realizarse sobre la ejecución de las obras, pero no de la responsabilidad que les toca. Tanto la gestión de Bruera como la de Scioli –y la anterior de Solá- comparten esos muertos con los Kirchner. Pero, en nuestra cuenta, son claramente muertos de Néstor y Cristina.

Como lo son los rápidamente ocultos casos de Julio Jorge López, de Mariano Ferreyra, de Carlos Fuentealba –compartido con la gestión local-, y de otros varios cuya lista abriría la ventana del recuerdo sobre casos que tuvieron su presencia periodística y fueron rápidamente tapados por el devenir denso y complicado de la vida nacional.

No hemos hablado sobre las víctimas de la trata, de la persecución policial por razones de intolerancia sexual, y de otras lacras similares. Concedemos que esta situación golpearía las conciencias hasta de Néstor y Cristina. Aunque recordemos que son, también, muchos, entre los que destacan Fernanda Aguirre y Marita Verón.

                En síntesis: sería injusto decir que Néstor y Cristina han sido los presidentes más sanguinarios de la historia. No sólo injusto: estaríamos lejos de la verdad. Pero no lo estamos si decimos que gracias a las falencias injustificadas de sus gestiones que administraron el mejor ciclo económico de las últimas décadas, a su desinterés por la seguridad y la vida de las personas comunes patentizada en las frases de Abal Medina y de Mariotto que encabezan esta nota, a su indiferencia tristemente modélica con el dolor ajeno, a su actitud tolerante con la corrupción y a la permisividad de la imbricación del narcotráfico con importantes escalones del poder el Estado, son responsables no de decenas de miles, pero sí de muchos centenares de muertes de compatriotas inocentes.

Ricardo Lafferriere

sábado, 13 de abril de 2013

Reforma Judicial



Quien con este escenario no se dé cuenta, es cómplice o quinta columna. Muy bueno el trabajo opositor conjunto. Los ciudadanos esperan que se profundice.

En el 2011 había quienes impostaban los "límites" posibilitando la reelección de Cristina Kirchner. Y todavía se recuerda la nota de Beatriz Sarlo en La Nación diciendo que no se veían tropas extranjeras en el país que justificaran juntarse, como si ése fuera el único peligro que amenaza a una democracia. Ahora vemos las consecuencias.

Si estamos llegando a ésto, es en gran medida por la supina torpeza y egoísmos de importantes dirigentes opositores en el 2011, peleando para sacarse medio punto de ventaja uno a otro aunque le regalaran 30 puntos de diferencia al oficialismo. Y por la soberbia intelectual de algunos "pensadores progresistas", privilegiando viejos odios en lugar de la defensa de la democracia y el estado de derecho. Debieran reconocer su error con humildad.

Ahora no quedan muchas más opciones que retomar las marchas, empezando con la del 18. Es de esperar que ningún iluminado dirá, como en setiembre del año pasado, que "hay que tener cuidado, porque va Cecilia Pando"... como si marchar por la defensa de las libertades tuviera algo que ver con el proceso o la reivindicación de la violencia de estado. Escuchamos entonces esa “advertencia” de varios que, por cierto, se apresuraron a sumarse cuando advirtieron la dimensión del movimiento ciudadano.

Ésta –como las marchas del año pasado- indican, además, la ceguera de aquellos que sostenían que los ciudadanos no se movilizan por banderas institucionales, sino sólo por carencias económicas. Las dos manifestaciones autoconvocadas más grandes de la historia argentina se hicieron con banderas que nada tenían de “económicas”. Los millones de compatriotas movilizados en setiembre y noviembre del 2011 reclamaron estado de derecho, fin de la corrupción, respeto a la constitución, libertad de prensa, independencia de la justicia. Lo mismo que reclamarán los que se movilicen el 18 de abril.

Debemos comenzar a marchar nuevamente los ciudadanos, para defender, movidos sólo por nuestra conciencia, la posibilidad de convivir en un estado de derecho. El 18 será el comienzo.

Pero seguirán muchas más. No por un golpe. Mucho menos tolerando un autogolpe. Deben ponerse en marcha los remedios previstos por la propia Constitución Nacional para quienes se alcen contra ella, en este caso su artículo 53, por todas las causales que configuran el mal desempeño del cargo de Presidenta de la Nación: el Juicio Político.

Los Diputados reflejarán así la demanda de millones de compatriotas de todas las fuerzas políticas, peronistas, radicales, PROs, Cívicos, Socialistas, Liberales e independientes, que han sostenido durante tres décadas esta democracia y no quieren perderla.

Ricardo Lafferriere

martes, 9 de abril de 2013

Bastardeando buenas causas



                No hay gobierno que “todo lo haga mal”. Como lo hemos repetido hasta el cansancio, hasta Hitler hizo en su país autopistas que aún hoy se usan y Mussolini un Código del Trabajo que incorporaba derechos obreros en ese tiempo aún cuestionados.

                Ello no significaba que las iniciativas debieran apoyarse. Las primeras, porque tenían como objetivo contar con pistas de aviación desde las que lanzar sus “blitzkriegs” aéreos que asolaron Gran Bretaña, Francia, y antes Polonia y Checoslovaquia. El segundo, porque lo que buscaba era disimular su ataque y desmantelamiento de los sindicatos opositores.

                Pero no es necesario irnos tan lejos en la geografía y en la historia. Tenemos ejemplos más cercanos.

                La “reforma previsional” se justificó en la necesidad de limitar las usurarias comisiones de las AFJP. Tras ese justo objetivo, se produjo la confiscación grosera de todos los ahorros previsionales que los ciudadanos habían realizado durante años, protegidos por la ley argentina, para prever su futuro. Fueron despojados de esos ahorros y enviados al “fuentón de la mínima”, en el que comparten la suerte con quienes reciben el haber de subsistencia por no haber aportado nunca al sistema.  Pero el objetivo, lo sabemos ahora y algunos lo denunciamos entonces, era engrosar la caja discrecional del oficialismo con esos fondos mal habidos, que hoy se han dilapidado en las aventuras de corrupción y dispendio clientelar, sin decisión parlamentaria ni control alguno.

                ¿Qué no decir de otra “reforma” aparentemente justa, la del espacio audiovisual? Despertaron la ilusión de miles de bien intencionados que creyeron en las banderas de la pluralidad informativa, el florecimiento de productoras, la multiplicación de canales alternativos, las voces para las minorías… y terminan viendo, pocos años después, el verdadero objetivo: alinear, disciplinar y conformar un gigantesco monopolio corporativo oficial que ahoga cualquier voz disidente del relato hegemónico, al punto de insistir en su lucha despiadada frente a los poquísimos medios que aún no controla.

                ¿No son suficientes ejemplos? Hay muchos más. Lo que no hay es tanto espacio. Así que vayamos al grano: la reforma judicial.

                Siguiendo el manual “K”, se señalan las falencias de la justicia. Y con la misma práctica perversa, se pretende el apoyo de las víctimas, para concentrar más poder y disciplinar el único espacio público que no le responde en forma automática: la justicia.

                Como toda la sociedad, la justicia está llena de luces y sombras. La pretensión oficial es terminar con las luces y mandarla toda a la sombra. Obtener el pase libre para su pretensión hegemónica definitivamente convertida en dictatorial, “totalitaria” en el sentido de dominar todo.

                Por supuesto que hay “cosas buenas” en la reforma propuesta, como las había en la reforma previsional, o en la de medios. En las autopistas de Hitler y en el Código del Trabajo del fascismo. Pero la experiencia nos dice que esas cosas buenas esconden las macabras.

                Dominar el Consejo de la Magistratura por encima de la manda constitucional, limitar la aplicación de las medidas cautelares –que existen así desde el derecho romano…- porque no le permite a los caprichos presidenciales avanzar sobre los derechos constitucionales de los ciudadanos, manipular la designación y cesantía de jueces como hemos visto que ha sido la norma en estos años…y así hasta el cansancio.

                  No hay "buena fe" en esta propuesta. Si no fuera así, carecería de justificación la expresión del Senador Fernández en el sentido de que "no se admitirán cambios". Una reforma que afecta al poder cuya función es, por definición, resguardar los derechos de todos los ciudadanos frente al poder político y económico, dejará afuera del debate, al menos, a la mitad del país. Así se ha anunciado.

                Por eso fue una buena noticia no ver entre los aplaudidores a los representantes legislativos opositores. Tal vez sea una imagen que, comenzando por la negativa, pueda pavimentar el camino de lo positivo, un gran acuerdo patriótico que termine de una vez con esta pesadilla que nos ha tocado soportar durante la primer década de la actual centuria.

                Y que entre todos los compatriotas con vocación democrática y republicana, entre los cuales hay muchos que creyeron de buena fe –y aún creen- en las buenas intenciones del kirchnerismo, podamos retomar el rumbo de la construcción democrática, iniciada en 1983 y detenida hasta hoy por los traumáticos acontecimientos del cambio de siglo.


Ricardo Lafferriere

miércoles, 3 de abril de 2013

"Ocupate vos, Cuervo..."


                Ni siquiera George W. Bush al visitar el sitio de las torres gemelas derrumbadas dio un espectáculo tan rudimentario, decadente, triste… en suma, indignante.

                Tal vez pretendió ser una reacción intimista. Lo que trascendió es improvisación, intento de utilización política, y una demostración descarnada del funcionamiento del poder en el país.

                
                 Ver a la señora presidenta de la Nación buscando entre el público al vicepresidente de un club deportivo del barrio para encargarle que reciba los colchones que la gente donaría y escucharla manifestar que “hablaría con el Intendente, con el Gobernador”, para “ver qué se puede hacer” simboliza la degradación de la política mostrando cabalmente su portentosa inutilidad.

                No se trata de un simple accidente automovilístico, sino de la mayor catástrofe de la historia, causa de muerte de decenas de personas y la pérdida de bienes de hogares de todo nivel social que han visto desaparecer ante sus ojos el fruto del esfuerzo de toda su vida.

                Una visita presidencial a los damnificados no puede demostrar tal nivel de improvisación y desconocimiento. Ni un anuncio de paliativo o de ayuda, ni un ofrecimiento de ambulancias nacionales, ni un apoyo de fuerzas de seguridad y de salud pública, ni una medida de defensa civil que haya puesto en marcha en razón del gigantesco poder que concentra, dueña absoluta y excluyente de los recursos públicos nacionales que, por otra parte, son los únicos que existen.

                ¿Cómo no van a estar enojados los vecinos? ¿Qué pretendía, que la aplaudan, porque “cuando tenía 15 años sufrió una inundación en la que el agua le llegó a la rodilla”? ¿No fue informada que hay compatriotas que murieron ahogados porque sus casas fueron inundadas con dos y tres metros de agua? ¿no le dijeron que se están encontrando cadáveres en las casas inundadas, de personas que murieron porque no pudieron subir al techo, por edad, discapacidad o simplemente carecer de una escalera?

                Señora, no alcanza con decirle al tal “Cuervo” que se ocupe. No puede ser que no haya observado usted la dimensión de la catástrofe, y que crea que pueda enfrentarla como si se tratara de un ciudadano que le pide un puesto público.

                No, señora. No está bien lo que hace. No está bien desaparecer cuando hay problemas, y tratar de usar los problemas para promover su imagen, despreocupándose de su solución real. No está bien que haya desaparecido cuando Cromagnon, cuando Once y en la propia inundación de la Capital. Y no está bien que decida aparecer para tratar de cosechar algún apoyo populista en un distrito al que ha condenado, entre otras cosas, a que sus niños no tengan clase y a los hospitales bonaerenses a que no puedan sacar de la Aduana las ambulancias que han comprado, nada menos que en este momento y nada más que por el capricho de una disputa interna partidaria de su fuerza.

                Esa fuerza que, por otra parte, se dedicó durante toda la terrible noche del lunes-martes en la Capital a sabotear el trabajo de las fuerzas de Bomberos, del SAME y de la propia policía metropolitana, agregando a la angustia de los damnificados la prepotencia punteril de grupos armados que tomaron viviendas apunta de pistola y atacaban hasta físicamente a los funcionarios y empleados de los organos pertinentes del gobierno de la ciudad que llegaban con su ayuda.

                Es cierto que muchos compatriotas la votaron. Lo que también es cierto es que, aunque hayan hecho eso, no se merecen esto. Porque no fue para ésto que la votaron.


Ricardo Lafferriere

lunes, 1 de abril de 2013

Coparticipar la emisión monetaria. ¿Un dislate?



“Si vamos a truchar, truchemos todos”, expresó hace algunos meses la señora presidenta, refiriéndose a la falsificación de números que realiza su gobierno de importantes números de la economía del país.

Comentamos en su momento la expresión, evidencia de la escasa ética pública con que se enfocan, desde el actual oficialismo, los problemas del país.

Hoy, ante la demora en comenzar sus clases de más de cuatro millones de niños argentinos, pertenecientes en su enorme mayoría a familias de compatriotas de menores recursos que no pueden evadir la trampa de la falta de educación enviando sus hijos a colegios pagos, es oportuno recordar que la situación no se produce porque “el mundo se nos vino encima”, sino que es la consecuencia inexorable del vaciamiento de las finanzas provinciales generada por la inflación.

Cierto es que hay responsabilidad directa de la administración provincial. Sin ir más lejos, su distrito vecino, la Capital Federal, no sólo tiene clases normalmente, sino que fue uno de los primeros distritos en cerrar las paritarias con los gremios docentes, pactando niveles salariales que superaron claramente la paritaria nacional y se acercaron a la inflación sufrida.

Sin embargo, no puede olvidarse que la gran inflación desatada por la emisión monetaria descontrolada tiene sobre las provincias un efecto demoníaco. No se trata, en efecto, sólo de la arbitraria distribución de recursos coparticipables. Es mucho más grave.

La inflación, como lo explican los economistas, puede tener varias causas. No son idénticas, ni de la misma magnitud. Pero en el caso argentino, un componente central del proceso inflacionario es la emisión que realiza el gobierno nacional tomando papeles impresos sin respaldo económico ni legal por parte del Banco Central para financiar sus gastos por encima de sus impuestos.

Esa emisión, que alcanza ya al 40 % del circulante, tiene los mismos efectos que una falsificación de dinero. La sobreabundancia de papel moneda, cada vez más papel y menos moneda, le hace perder su valor, lo que como contracara aparece ante los ciudadanos como un “aumento de precios”, frente al que, obviamente, tratan de defenderse. No es casual que el valor de la divisa en el mercado no oficial sea, justamente, alrededor del 40 % más que la “oficial”.

Pero este fenómeno tiene otra consecuencia fatal: cuando aumentan los precios por la emisión, el estado nacional que “administra” Cristina no tiene mayor problema en aumentar sus pagos. Recurre a la sencilla práctica de fabricar más papel moneda y con eso paga.

Las provincias no pueden hacer eso, porque no tienen Banco Central propio. Y tampoco pueden recaudar, porque sus principales ingresos son retenidos por el Estado Nacional, que los recauda en su nombre (porque son concurrentes) pero que no se los remite, y que, además, no favorece la discusión de la Ley Constitucional de Coparticipación Federal de Impuestos, que debería estar sancionada desde el  31/12/1996 –artículo transitorio 6° de la Constitución Nacional-.

Sus costos aumentan día a día –no sólo salarios, sino insumos e inversiones- afectando inexorablemente a servicios prestados a los ciudadanos –salud, educación, justicia, seguridad, vialidad- que la Nación no presta. En términos más sencillos, la inflación que genera Cristina provoca que Scioli, Macri, de la Sota, Colombi, y todos los gobernadores, no puedan mantener al día sus gobiernos. Y tampoco los Municipios, últimos eslabones de la cadena.

Es una tenaza que les aumenta costos pero que, a diferencia del gobierno nacional, les reduce ingresos. Políticamente, significa por último que vacía de auténtica vida política a las jurisdicciones locales que en lugar de debatir qué hacen con sus recursos, quedan reducidas a discutir homenajes.

La presidenta, por su parte, está en el mejor de los mundos. La inflación le hace “recaudar” más, lo que le falte lo imprime, y por último le permite utilizar las remesas nacionales, como “ayuda”, a cambio de disciplinarse a sus intenciones políticas. Diana Conti y el propio ministro De Vido lo han dicho expresamente: habrá fondos para el que se discipline. Y el presupuesto discutido en el Congreso queda también convertido en un papel intrascendente.

La situación actual es pre-constitucional. Es más: claramente es un barbarismo legal. No hay país en el mundo que no tenga reglamentada en forma clara y terminante su régimen fiscal. En el fondo, las Constituciones deben reglamentar ese tema, a la vez que las relaciones entre el poder y los ciudadanos. La metodología del sistema rentístico del país no se corresponde a un estado de derecho y está generando fuertes responsabilidades de futuro a los funcionarios que la ejecutan.

La financiación pública con emisión y sin aprobación parlamentaria previa debería ser proscripta y convertida en delito, asimilándola a la falsificación de dinero. Pero mientras ello no ocurra, y mientras no se ponga en caja la arbitraria recurrencia a esa emisión sin respaldo, ésta debería ser coparticipada.

Esta medida puede parecer alocada, pero no se ve de qué otra forma puede detenerse el ajuste sobre los argentinos que reciben los servicios brindados por las provincias, que no otra cosa es la inflación desatada.

El remedio de fondo no puede incluir este mecanismo espurio de financiamiento público. Pero mientras exista, no es posible aceptar que sea utilizado por uno de los órganos del Estado, el nacional, que poco o ningún servicio presta a los ciudadanos, mientras que aquéllos que sí lo hacen queden convertidos en la correa de transmisión de un ajuste inmisericorde que llega a todo el país, pero cuya expresión más clara la estamos viendo, hoy, en la provincia de Buenos Aires. En el mes de abril, pasando Semana Santa, los niños están aún sin clases.

Si hay perversión en un ajuste, es ésta.

Ricardo Lafferriere



martes, 26 de marzo de 2013

Consecuencias...



                Si hay algo en política que es inevitable, son las consecuencias.

                Un querido y recordado co-provinciano, César Jaroslavsky, solía decir que en política importan los resultados. No pretendía con eso, obviamente, justificar los medios por los fines, sino advertir sobre la tendencia a la hiper-teorización que termina olvidando la realidad y  logrando lo contrario de lo buscado.

                La reflexión viene a cuento del debate que se está realizando en el campo político sobre las alianzas de cara al proceso electoral, que deben definirse en pocas semanas ante el vencimiento del plazo de inscripción.

                Desde esta columna hemos sostenido durante más de una década que el sustrato político-cultural de la Argentina muestra dos grandes agregados con vocación de gobierno: uno, populista y otro republicano. El primero ha logrado unificar sus vertientes y ha ofrecido a la sociedad una alternativa con fuertes aspectos condenables, pero con capacidad de contener sus diferencias y disciplinar a los propios. El segundo, a raíz de una impostación evidente de sus presuntas “diferencias ideológicas”, muestra incapacidad de articular consensos y de disciplinar a sus integrantes.

                No se agregue acá el argumento de “izquierdas” y “derechas”, porque las hay en ambos agrupamientos. Ni tampoco se busquen intenciones ocultas en quien esto escribe, que ha sido y es transparente en sus reflexiones y en su vida política. Claramente, es partidario de una Argentina republicana y democrática, solidaria y abierta, plural, cosmopolita y moderna. Si hay algo que no mira con simpatía es el populismo autoritario, la utilización clientelar de las necesidades angustiantes de los compatriotas y tampoco la violación de las normas, cualquiera sea su excusa.

                En los viejos tiempos de la militancia temprana, que en este caso comenzó a finales de la década de los 60 del siglo pasado, estaba de moda la expresión “contradicción fundamental” para indicar la prioridad coyuntural de lucha –y en consecuencia, de programas de cada etapa, y de alianzas- que permitirían avanzar en la construcción de una sociedad mejor. 

                En plena dictadura, estaba claro que la “contradicción fundamental” estaba señalada por la ausencia de democracia. Como correlato directo el programa de la etapa debía contener las medidas destinadas a instaurarla, y el frente a construir debía abarcar a todos los sectores políticos y sociales que concibieran a la democracia como un marco necesario para continuar cada uno su prédica por sus objetivos respectivos de largo plazo. Una nueva etapa daría lugar a nuevos objetivos prioritarios, nuevos acuerdos y seguramente alianzas diferentes. Pero antes, aislar al rival, y vencerlo.

                Éramos jóvenes radicales y la fuerza en la que militábamos estaba tomada por la agenda de 30 años antes, cuando el partido que integrábamos se soldó al calor de la fuerte lucha por las libertades públicas, en tiempos del gobierno peronista. Su rival –visceral, emotivo- era el peronismo. Costó mucho predicar la tesis de que la “contradicción fundamental” había cambiado y que lo que se trataba entonces no tenía relación con el problema de treinta años atrás, sino que era recuperar la democracia y para ello el acercamiento e incluso el acuerdo con todo el arco democrático, y aún con el peronismo, era imprescindible.

                Ahora, pasaron otros treinta años. La “contradicción fundamental” no enfrenta más al pueblo con la dictadura. La soberanía popular rige, las FFAA prácticamente no existen y los problemas del país pasan por otras prioridades y otra agenda. Repetir la misma receta que en los años 70 y 80 significa hoy la misma actitud inoficiosa que, en los 60 y 70, anulaba la capacidad de razonamiento de honestos dirigentes radicales a los que se les hacía difícil entender que, porque los tiempos cambiaron, sus viejos e implacables rivales debían convertirse en sus socios.

                Hay otros problemas, relacionados con el retroceso institucional, su reemplazo por la discrecionalidad populista, la aberrante exclusión social, el crecimiento de las redes delictivas, la utilización clientelar de los recursos públicos, la dilución de los límites del poder frente a los ciudadanos, la grotesca –y arcaica- forma de relacionar el país con el mundo, tanto en su economía, su política, su cultura, y hasta en su visión del escenario global en formación. Treinta años después, el futuro que debemos construir es otro.

                Hoy, la “contradicción fundamental” exige diseñar una identidad y desde allí formular las alianzas que se hagan cargo de la agenda actual de los argentinos , para los que los derechos humanos no se reducen más a “los juicios a la Junta Militar” de hace treinta años sino que reclaman construir el piso de dignidad que garantice a cada compatriota vivir con seguridad, tener un sistema legal, judicial y policial que lo defienda, poder acceder a una educación y a una salud de calidad sin pagarlo con la humillación del clientelismo, y participar de un espacio público sin prepotencias, pleno de libertad y espacios de contención a cada compatriota que desee poner su vida, su tiempo, su recursos o su capacidad de trabajo al servicio de los demás, para construir una sociedad abierta, próspera, solidaria y moderna.

                Y honesta…

                Entonces…cuando analizamos las consecuencias de las alianzas que por ahora aparecen, no parece buena idea olvidar lo que inexorablemente está a la vuelta de la esquina de la división de lo que debe unirse. Lo hemos sufrido en el 2003, en el 2007, en el 2011… La división del campo democrático republicano producirá al país otro turno populista. Es inexorable. Por más elaboraciones teóricas que pretendan justificarlo. Por más impostaciones ideológicas que arranquemos a nuestro entendimiento. Porque el otro campo ha demostrado que sabe unir y disciplinar sus fuerzas. Y eso, en política, es lo que produce resultados.

                Por último: en esa política del escenario, hay pocos ingenuos. Entre los aplaudidores de uno y otro sector puede haber desorientados y crédulos. Entre los que deciden, todo se analiza. Si se toma un camino es porque su consecuencia ha sido asumida y racionalizada como un objetivo que –han considerado, unos y otros quienes lo diseñan- vale la pena perseguir. Alejandro Katz decía, en “La Nación”, hace un par de días: "...Se ha creado finalmente un confort mutuo en el cual unos gozan mucho del poder y otros de no tenerlo, aunque están vinculados, mientras la sociedad civil mira para otro lado....". Esa es la consecuencia.

                Otra cuestión es que eso sea correcto. Desde esa perspectiva los argumentos son otros, más distanciados del análisis político y no siempre publicables.

Ricardo Lafferriere

jueves, 21 de marzo de 2013

Hacia nuevos contextos ideológicos


Curiosos revulsivos atraviesan los contextos ideológicos del pensamiento político actual, en todos los niveles.
En el mundo occidental, el capitalismo liberal debe lidiar con el desborde de las operaciones financieras, cercanas al libertinaje, mientras la socialdemocracia se afana en encontrar la forma de justificar los recortes sociales para salvar a los bancos. Y en el oriental, los otrora líderes revolucionarios –Rusia y China- se han convertido en los capitalismos más salvajes, que funcionan en el límite mismo de la esclavitud de sus pueblos.
Mientras en la Europa desarrollada los pueblos reclaman más regulaciones estatales para poner límites a los banqueros que la han llevado a una crisis inesperada e inexplicable, en los orientales esos mismos pueblos exigen más libertades, para poner límites a los desbordes inmisericordes del poder y la corrupción de sus burocracias y autocracias.
En este curioso escenario, leer a Ulrich Beck, neomarxista austríaco, criticar a la “Europa alemana” reclamando, a diferencia de los “indignados” del sur del Continente, no más Estado sino más Europa, postulando un nuevo contrato social que incluya el compromiso con el piso de dignidad y ciudadanía para todos, parece en las antípodas de Li Xiao Bo, Premio Nobel de la Paz 2010, encarcelado en China con una condena de once años de prisión por disidente, reclamando para su país las libertades occidentales, el respeto del derecho de propiedad con los mismos argumentos de Locke y Montesquieu, y la vigencia de las libertades públicas como lo exigía Rousseau.europa
Atrás han quedado las descalificaciones –ciertamente, muchas veces bien fundadas- a Estados Unidos por su “imperialismo”, multiplicadas por las usinas y partidos occidentales franquiciados. China se comporta hoy como los colonialismos más retrógrados, liderando la polución ambiental, la expoliación de recursos naturales no renovables y la superexplotación de la fuerza de trabajo, no sólo en su territorio sino donde sus empresas “estatales” llegan.
Rusia exporta sus mafias, y sus viejos franquiciados financian su subsistencia haciendo porosos sus límites con el narcotráfico. Los países árabes, por su parte, tienen sus propios indignados: hartos de sus burocracias corruptas piden democracia, pero no están dispuestos a tolerar límites a su orgía de libertad haciendo dificultoso su reordenamiento político. Escenario ideal, si es que los hay, para los “autoexcluidos”, curiosos especímenes productos de la post-guerra fría, entre los que se cuentan toscos autoritarismos, fundamentalismos integristas y sobrevivientes fantasmales del mundo de la polarización ideológica de la segunda posguerra.
En ese mundo navegamos y buscamos puertos de llegada, cuyas imágenes hoy por hoy se resisten a atravesar la bruma. Una verdad, sin embargo, está clara: no hay nada seguro, ni estable, ni irrebatible. El mundo “líquido” de Bauman parece más funcional al “pensamiento débil” de Vattimo, que a las “coherencias ideológicas” de las cosmogonías del siglo XX.
Y una consecuencia sobresale: la necesidad de un nuevo “ethos” en el que la disposición a escuchar retome su lugar, reemplazando a las “profundas convicciones”, las “intransigencias” y los “límites” subjetivos.
El dialogo será la herramienta para construir un nuevo “sujeto histórico” con los nuevos excluidos de la posmosmodernidad. Allí estarán quienes defienden el planeta de la expoliación de sus recursos, los indignados de Nueva York y Europa, los desesperados de los países árabes, los que resisten la opresión en China, los que buscan entre nosotros la reconstrucción de los puentes de convivencia, los migrantes que sueñan con mejorar sus vidas, en suma los “sobrantes” –en palabras de Bauman- de un sistema que, en el rumbo que va, no tiene destino.

martes, 19 de marzo de 2013

Cristina y Francisco, ¿dos Argentinas?


Intransigente una, componedor el otro. Agresiva la primera, respetuoso el segundo.
Desafiante de límites e instituciones ella. Admirador de la convivencia y la diversidad, él. Prepotencia o diálogo. Soberbia o humildad.

Podría seguir señalándose diferencias casi hasta el infinito. Y ambas imágenes representarían al final las dos formas de enfrentar "el mundo y la vida" de nuestros compatriotas. Una siempre "buscando camorra", la otra siempre construyendo consensos.

En los últimos tiempos, ha sido la primera imagen la que el mundo recibía como nuestro mensaje. Tolerantes con las trampas y los incumplimientos. Soberbios en nuestro desprecio hacia los demás, como si fuéramos el ombligo del género humano. Acreedores eternos de la admiración ajena, a la vez que crónicos deudores fallidos por no saber cómo administrar ni siquiera las riquezas heredadas, haciendo goles con la mano y trampeando con descaro.

Esa Argentina, con su devaluada consideración general, se mostraba a todos como la única -o, al menos, predominante- identidad cultural y política de nuestra patria.

Pero hay -y siempre hubo- otra Argentina. Muestra al mundo, con Francisco, lo mejor de sí. Trabajadora y humilde, inteligente y culta, solidaria y respetuosa. Una Argentina sufriente por sus propios dramas, para la que la pobreza no es un argumento que justifique prepotencias, sino un compromiso permanente y silencioso por la superación de nuestra calidad de convivencia.

Una Argentina que defiende los recursos naturales y el ambiente con entrega y firmeza, que no admite dobles discursos ni su utilización falaz para la pelea del escenario, sino que  asume esa defensa como otro compromiso frente a las tentaciones que desata seguir depredándolos con el engañoso premio de inmediatos ingresos o riquezas, sea en Famatina resistiendo el sueño del oro, en los Andes defendiendo los glaciares o en Entre Ríos luchando contra el "fracking".

Dos Argentinas.

Tienen, sin embargo, una cosa en común: su capacidad de lucha, su tenacidad, su persistencia, su capacidad para levantarse siempre frente a las adversidades, lejanas al fatalismo. Tal vez es la impronta americana, que lo es no sólo del sur sino una característica de todo el continente. Esa cualidad compartida es un común denominador que también nos identifica.

En todo caso, si fuéramos capaces del milagro del entendimiento rescatando lo mejor de cada una, podríamos quizás volver a ser mirados con respeto y afecto por una humanidad que hoy enfrenta desafíos gigantes, entre ellos dos decisivos:  gestar un acuerdo global que garantice un piso de dignidad para todos los seres humanos y preservar nuestra propia casa común, nuestro planeta, pocas veces en su historia amenazado por peligros tan cercanos y catastróficos como los que hoy afectan nada menos que nuestra existencia como especie. 

Los cambios de actitudes y estilos requeridos para lograrlo parecían hasta hace horas, nada más, muy lejanos. Aún hoy resultan increíbles. Sólo el tiempo mostrará si las piadosas escenas de las dos Argentinas encontrándose en el Vaticano fueron la marca sincera de un cambio de tiempos, o una pose fingida de crudo oportunismo político.

Ricardo Lafferriere

lunes, 18 de marzo de 2013

La lección



                Catorce entrevistas solicitadas, sin respuesta.

                Una audiencia pedida, respondida en menos de veinticuatro horas.

                La lección no necesita traducción. Mucho menos teniendo en cuenta que fue dada aún luego de saber que el propio embajador de ese gobierno fue el mensajero repartidor de carpetas difamatorias, al más puro estilo kirchnerista, entre los purpurados que fueran los electores del nuevo Papa, para bloquear su designación. No les preocupó quedar alineados con lo peor de la iglesia, las mafias vaticanas y los banqueros del Opus.

                A pesar de eso, a pesar de todo, la recibió con cordialidad, humildad, llaneza.

                Por nuestros pagos, ardía la ortodoxia sectaria. No sólo el pasquín oficial de doce páginas. La propia usina ideológica del régimen producía recalentamientos inesperados, como el expresado en el seno de la mismísima Biblioteca Nacional, dueña del relato “académico” kirchnerista.
   
                “Un retroceso político trascendente, inútil, criticable…”, informa la prensa que fueron las palabras del máximo intelectual oficialista, al parecer furioso no sólo por los afiches con que apareció empapelada Buenos Aires afirmando la alegría por tener “un Papa peronista”, sino con la propia orden presidencial de cambiar el enojo por la alegría ante la irreversible situación del nuevo Papa designado.

                Varias veces nos hemos referido en esta columna al “entrismo”, esa estrategia de la izquierda sin votos ni representatividad pero con discurso, que de pronto se encuentra con peronistas que sí tienen representatividad pero a los que les falta relato. Y se lo ofrecen.

                Se ahorran así el nada glamoroso trabajo del compromiso militante en barrios y fábricas, en villas y ONGs, que reciben “servido en bandeja” por quienes son movidos por los impulsos patrimonialistas y necesitan algo qué decir, porque no alcanza con mostrarse como nuevos ricos con terrenos en el sur, empresas estatizadas que les garantizan sueldos portentosos y mansiones no sólo en Puerto Madero y Punta del Este sino en cada lugar del país donde llegan los jóvenes maravillosos de hoy, con el apellido del desaparecido dirigente conservador genuflexo que usan como estandarte.

                El ala peronista del gobierno, la que enfrenta batallas –esperpénticas, pero en las que cree, como el Secretario de Comercio, o el Vicegobernador de Buenos Aires- no se perdió ni siquiera en el primer momento, en que hasta la propia presidenta daba vueltas en círculo sin encontrar la salida. Por instinto sabían –saben- dónde está el sentir popular y si algo no pierden es esa dosis de oportunismo que no puede superarse ni siquiera con la “pureza ideológica” o la intransigencia dogmática.

Éstos, los peronistas del gobierno, son duros e intransigentes cuando se trata de intereses. Difícilmente aflojen el mordiscón si se habla de retenciones, dólar acorralado o precios congelados. Pero si el tema son los símbolos que siente el pueblo que los vota, ahí no se juega.

La diplomática lección de ayer seguramente fue más advertida por los enojados que por los devotos, cuya linealidad probablemente les impide leer las filigranas protocolares y la sutileza semántica de los gestos vaticanos.

Se abre un camino apasionante. Los hechos dirán si el mensaje dialoguista, humilde y horizontal se encarna en el conflictivo escenario público de los argentinos, limitando con su sola existencia la tendencia al absolutismo autocrático, de pronto convertido en una grotesca antigualla conceptual y política.

En todo caso, ello dependerá de la sabiduría de la sociedad, de las mayorías, para interpretar y hacer propio el estilo de construcción cooperativa, deterrando el “o unos u otros” que se le ha querido imponer sin matices en los últimos años.

Un “o unos u otros” que llegó al punto de no aceptar un diálogo pedido por catorce veces nada menos que por el Cardenal primado y Arzobispo de la Capital Federal, que cuando se invirtieron las jerarquías, en menos de un día abrió sus puertas al primer pedido que le hiciera quién por tantas veces hiciera oídos sordos a sus ruegos de diálogo.

Por el bien del país y de nuestra convivencia, sería muy bueno que la lección se aprendiera, y que comenzara una nueva forma de entendernos entre argentinos.


Ricardo Lafferriere

               
               
                

sábado, 16 de marzo de 2013

“Ah, no… peronistas somos todos…”


Como todos los famosos, Perón tenía –o se le atribuye- una singular capacidad de fabricación de frases. También como a todos, muchas le son atribuidas sin que jamás hubieran estado en sus labios.

Pero la que encabeza esta nota, ha atravesado los distintos anecdotarios sin desmentidas. Hace referencia a las divisiones, a veces profundas, que han existido en la historia y en el propio peronismo. Derechas, izquierdas, liberales, nacionalistas, católicos, judíos… “¿y los peronistas, mi General”, le habría preguntado un interlocutor, recibiendo la ingeniosa respuesta del líder: “ah, no…peronistas somos todos…”

Esa vocación de absorción es una de las características del peronismo que ha permanecido incólume, simbolizando tanto la actitud oportunista de muchos argentinos ante el poder, como la incomprensión –discriminatoria, seguramente sin advertirlo- de los peronistas sobre quienes no comparten su alineamiento.

Ahora es “un Papa peronista”… atribuyéndole tal pertenencia por las buenas relaciones que Bergoglio ha tenido con dirigentes gremiales y políticos del partido de Perón.

Nunca hemos visto su ficha de afiliación. Tampoco está su nombre en el padrón del peronismo metropolitano, al que correspondería pertenecer por su domicilio. Su buena relación con los dirigentes peronistas se espeja en similares relaciones que ha mantenido durante su misión pastoral con todo el abanico político local, desde Elisa Carrió y Ricardo Alfonsín hasta Gabriela Michetti y Santiago de Estrada. A ninguno de ellos se le hubiera ocurrido sugerir una pertenencia del papa a la CC, el radicalismo o el PRO, aunque más no sea por un principio elemental de respeto. Y de pudor.

En realidad, nadie puede afirmar si Bergoglio se sintió alguna vez peronista –ya que, como se sabe, “el peronismo es un sentimiento”, y salvo su devoción por los pobres y por su apostolado, y en todo caso su pasión por San Lorenzo, no se le conoce otra pasión-.

Lo que sí parece claro es que jamás se sintió kirchnerista. Y que el kirchnerismo, esa versión del peronismo antiperonista que refleja el viejo anhelo entrista de la izquierda alérgica a la traspiración, el barro  y la miseria, tampoco parece muy interesado en contarlo entre sus filas.

Por nuestra parte, preferimos considerarlo un Papa universal, cosmopolita, ubicado por encima de mezquindades y avivadas, de nacionalismos patéticos y de partidismos sectarios. Un Papa que reflejará lo mejor –y no lo peor…- de una Argentina contradictoria que lo formó y lo cobijó.  No de la que en momentos en que más necesitaba solidaridad, respaldo y apoyo, lo agredió.


Ricardo Lafferriere

viernes, 15 de marzo de 2013

La gran infamia



                “Bergoglio fue un represor, entregador de curas”.

                “I am sorry for you…”, fue el extraño post recibido por mi esposa en su sitio de Facebook, de parte de una amiga norteamericana, pocas horas después de la designación del nuevo Papa.

                No entendimos el mensaje, y ante nuestro pedido de aclaración, nos contestó de inmediato que al comienzo se había alegrado, pero que esa alegría se había transformado en tristeza cuando leyó las noticias sobre los antecedentes del Papa designado, como “cómplice de los genocidas”.

Ante nuestra inmediata –y casi indignada- aclaración, se disculpó de aclarándonos que su post había sido motivado por la identificación y compromiso que ella sabía que nosotros profesamos con los derechos humanos y los principios democráticos.

                Pocos medios en el mundo fueron indemnes a la rápida y aleve campaña que las usinas comunicacionales kirchneristas desataron esas horas inmediatas al nombramiento del Cardenal Bergoglio para ocupar la silla papal.

                Por supuesto, las mentiras tienen patas cortas y las notas posteriores no mencionarían más el exabrupto. Las rápidas reacciones de personalidades indiscutidas en su compromiso con la defensa de los derechos humanos, entre otros Horacio Pérez Esquivel, Graciela Fernández Meijide y Alicia Oliveira fueron los antídotos del veneno.

                Bergoglio jamás tuvo actuación cómplice con la represión. Agregaría: tampoco con los que provocaron la sangrienta reacción dictatorial con sus actos y prédicas previas a la dictadura. Tal vez eso es lo que saca de quicio al actual oficialismo. O tal vez su negación a silenciar su voz cuando creyó oportuno señalar el daño que la intolerancia, los desbordes de poder, la utilización clientelar de la pobreza y el desmantelamiento institucional estaban produciendo en la convivencia nacional.

                Las cosas están claras, pero el daño fue hecho. La gran infamia de las usinas kirchneristas aprovecharon un momento de extrema sensibilidad informativa para impregnar con su prédica sectaria un momento de regocijo general de los argentinos.

                Pero también sirvió para que el mundo observara en directo, en un tema de trascendencia universal, lo que tenemos que sufrir los argentinos cotidianamente en las pequeñas cosas de nuestro pago chico.

Ricardo Lafferriere