jueves, 1 de abril de 2021

Todo es posible en economía

Lo que es imposible es escapar a las consecuencias



Diálogo imaginario -o no tanto- en la “intimidad del poder”


C.: Tenemos que retrasar el dólar para frenar la inflación. Si no, perderemos las elecciones.

G.: La única forma de atrasarlo es cerrando más el país.

C.: Qué nos importa.

G.: Con el país cerrado, es imposible crecer. No encontraremos financiamiento y deberemos endeudarnos adentro, para lo cual tendremos que subir la tasa de interés, para que la gente nos preste. O si no, tenemos que emitir. Las dos cosas traerán inflación.

C.: Contené los precios. Para qué está la Ley de Abastecimientos...

G.: Los precios dependen de los costos. Para contener el dólar tengo que subir la tasa de interés, para que la gente no presione el “blue” comprando dólares con los pesos que tenga disponibles y nos preste su plata a nosotros. Y si subo la tasa de interés, eso golpeará a la inflación.

C.: Controlá los precios que no suban...

G.: Si subo la tasa de interés y frenamos las importaciones, al dólar lo contendremos... por un tiempo. Cuando se den cuenta que no les vamos a devolver la plata, o que tendremos que defaultear los depósitos porque no tenemos plata para devolverlos, la estampida hacia el dólar Blue será histórica.

C.: Pero... prohibí el Blue. ¿Para qué tenés la ley del mercado único de cambios?

G.: Si hacemos eso, rompemos definitivamente cualquier posibilidad de arreglar con el Fondo... la libertad cambiaria es una norma internacional. Podemos hacer como que la respetamos prohibiendo o demorando importaciones, poniendo impuestos como hemos hecho con el 30 y el 35 por ciento, pero estamos "al borde". Tenemos que dejar una ventana al cambio libre, porque si no nos colocaríamos definitivamente al margen del mundo...

C.: ¿Y qué c..... nos importa? ¿Para qué m... queremos al mundo?

G.: Y... mirá: qué traemos del mundo: celulares -o componentes para los celulares-. Tecnología para todos los eslabones productivos -servicios, agropecuarios, industriales, infraestructura-. Las maquinarias petroleras, los generadores eólicos -o sus componentes estratégicos-. Las placas solares para los parques energéticos renovables. Los combustibles y lubricantes que no tenemos acá, la mayoría de los medicamentos o las drogas para fabricarlos, el equipamiento médico, los productos de óptica, las lentillas descartables, la tecnología para los automóviles (que abarca el 70 % de los componentes), los motores de todo tipo, los alquileres de los aviones de Aerolíneas y todas las líneas aéreas, la informática de punta -y sus componentes-, la tecnología de las comunicaciones, (4 G, 5 G, etc. etc.), el equipamiento para los canales de televisión, y sigue la lista...

C.: Son todas cosas que compran los ricos... que se jodan. Nosotros protegemos a los pobres, que son los que nos votan y no les interesan esas cosas.

G.: Ojo, que los pobres viven de la actividad económica que mueven todos. Si los “ricos” no gastan ni invierten, los “pobres” dependerán cada vez más de los subsidios públicos, lo que nos golpea en el presupuesto. Pero además: ¿no más celulares? ¿no más remedios ni equipamiento hospitalario? ¿no más lentes y lentillas? ¿no más extracción petrolera y gasífera? ¿no más generadores eólicos y solares? Ojo, que los pobres también hablan por teléfono, acceden a internet, se atienden en los hospitales, necesitan remedios, usan anteojos...y no quieren quedarse sin luz, sin agua, o sin celulares.

C.: Te ahogás en un vaso de agua. Para qué tenemos la fábrica de plata. Le damos a la maquinita...

Eso nos cubre cualquier déficit.

G.: Pero, C. … El problema no será imprimir pesos que no valen nada. El problema será que no habrá nada que comprar con esos pesos.

C.: Los pobres no compran todas esas cosas y los alimentos nos sobran.

G.: Tampoco es tan así. Los alimentos baratos para los pobres se financian -como todo lo que hacemos- con los excedentes del campo, para lo cual necesitamos dos cosas: que los del campo produzcan, y que puedan exportar. Si no producen porque los desalentamos con más impuestos, no habrá producción para exportar. Y si nos aislamos del mundo tampoco será tan fácil exportar lo que tengamos en producción.

C.: Bueno, que no exporten. Se los tendrán que vender barato a nuestra gente. Porque si no, se lo tendrán que comer ellos.

G.: Pueden decidir no sembrar...

C.: Jajajaja ¿Y de qué van a vivir? El que no produce, no come.

G.: Jajajaja... está bien eso. Que no te escuchen en la Matanza.... Perdón, es una broma...

C.: No le hacen gracia a nadie tus bromas. Pelotudo.

G.: ….

C.: Además, tenemos industriales, ¿no? Esos deberían estar con nosotros, le damos en bandeja todo el mercado interno sin competencia...hacemos que nos olvidamos de sus traiciones...

G.: Sin importaciones y sin tecnología, lo que produzcan será a precio de oro. El mercado interno, además, está cada vez más raquítico... no les alcanza para una escala competitiva. Y si rompemos con el mundo, tampoco podrán exportar. Más bien creo que se van a rajar, van a vender sus fábricas o directamente a cerrarlas. Salvo que los atemos con obra pública administrada. Pero después de la causa Cuadernos, no los veo muy dispuestos...

C.: ¿Y le dijiste a los ignorantes del Fondo que no podemos pagar porque no tenemos plata?

G.: Si les digo eso, no nos refinancian más.

C.:¿y para qué corno los queremos?

G:. C, nos prestan al 4 %... En cualquier otro lado nos piden el 18 %... Yo también lo uso como bandera, pero no nos creamos nosotros mismos nuestro invento. Si el Fondo no nos refinancia, estaríamos en default.

C.: Ya estuvimos en default, y no se murió nadie. Y a ver si tomas conciencia que vos estás ahí porque yo gano elecciones. Y en las elecciones, el Fondo no vota...

G.: bueno... tendremos otro año más sin crecer. Este año podremos dibujar los números por el arrastre estadístico y la paralización de la pandemia como comparación, pero no nos engañemos: será con la pobreza aumentando tanto como la deuda defaulteada, que después nos cuesta más cara. Además, una cosa son los números que mostramos y otra la realidad que vive la gente. El default no nos conviene porque después nos sale mucho más caro.

C.: Vos no te preocupés por el “después”. Lo mandamos al enano que renegocie y arreglamos. Ahora eso no importa.

G.: C, llevamos sin crecer tres décadas... tenemos el mismo producto por habitante que en la década del 60...

C.: ¿Y vos querés que los héroes seamos nosotros?

G.: No, entendeme lo que te quiero decir: el país se irá llenando cada vez de más pobres y pareceremos una gran toldería. Vamos a ver exilados argentinos no sólo en España, Uruguay y EEUU sino hasta en Bolivia y Paraguay.

C.: Que se vayan, para qué los queremos.Son de clase media, lo único que traen son problemas. Nos quedamos con los leales, los que no se van, los que nos dan el triunfo nacional con la 3a Sección...

G.: Pero, ojo, tengamos cuidado. Ahora esos también están reclamando...

C.: ¿Qué quieren? ¿que vuelva el inútil? ¿No saben que estamos así porque nos metió en el Fondo y que es culpa de él lo que nos pasa?

G.: Si, hizo crecer la deuda en 20.000 millones en cuatro años.... Pero nosotros en este año hemos tenido que sumar una suma mayor, cerca de 25.000 millones... y ahora en total ya debemos 331.000 millones... (de paso, la mayor parte la hicimos nosotros) pero eso a ellos no les importa: quieren comer y cada vez se nos hace más difícil darle planes y subsidios.

C.: Pués si eso quieren, se les dá. Les sacaremos más a la ANSES, aumentaremos los impuestos del campo, defaultearemos la deuda en pesos -no pueden ser que esos h d p sean los únicos que no sufran la situación y sean privilegiados, si defaulteamos a los externos, que ellos también aporten lo suyo-... pero no podemos aflojar ahora. No sé por qué te complicás tanto. Es sencillo: más impuestos a los que tienen -son todos contra-, subsidios para los nuestros y maquinita para el Estado.

G.: Por contener la inflación podremos estar llevando el país a la hiper...

C.: A mí lo que me parece es que vos te estás ablandando y en esta nueva etapa necesitamos gente dura y firme... por eso nos va como nos va...

Fin

Ricardo Lafferriere              








martes, 9 de marzo de 2021

"Judicializar la política"

 




Es ya una moda cuestionar la “judicialización de la política”, en ocasiones acompañada de un similar cuestionamiento a la “politización de la justicia”.

Frase efectista, que en sí es sólo un oxímoron.

Política y justicia son dos órdenes de la vida social -como la económica, la religiosa, la artística, la cultural-, cada una con sus reglas edificadas tras siglos de elaboración, ensayo y error y consolidación de formas cada vez más sofisticadas que marcan, justamente, la diferencia entre las sociedades primitivas y las sociedades avanzadas.

La vida social, por supuesto, es una sola. La división en “campos” tiene un significado epistemológico -producto de una categorización que ha permitido separar cuidadosamente las reglas de cada uno y hacer posible la convivencia en las sociedades modernas-. Se conjugan regulando la totalidad de esa vida social, cierto que a veces con límites difusos pero, en general, con áreas de acción bastante delimitadas.

La política es el conjunto de reglas expresas y tácitas que norma el acceso y ejercicio del poder. Todo un edificio normativo regula sus relaciones, desde la Constitución -norma básica del ordenamiento jurídico a partir de la soberanía del pueblo- hasta las más puntuales leyes, decretos y reglamentos, a los que no son ajenos tradiciones y prácticas culturales.

También abarca la dinámica concreta de la puja por el poder, sofisticada y cambiante al compás de los cambios sociales en la comunicación, la cultura y los valores de cada sociedad y cada tiempo.

La justicia es más precisa. Tiene un papel ordenador -civil, comercial, laboral, internacional, administrativa, electoral, tributaria, etc.- y un papel sancionatorio, que, a diferencia de todos los anteriores, define con precisión cuáles son las acciones que la sociedad califica como “delitos” y la sanción que les cabe a quienes los cometen.

El primer papel -se suele decir, para una comprensión más directa- es como un “océano”: inunda toda la realidad. No hay conducta que no tenga su encuadramiento, sus “cauces”, sobre el principio básico de la libertad personal, las formas de ejercerla y sus limitaciones.

El segundo, el penal, es más preciso. Define “islotes” en ese océano social, los que con toda claridad veda las actitudes insoportables para la convivencia en paz.

Los delitos pueden afectar diferentes “valores” jurídicos: la vida, la propiedad, la libertad personal, el orden democrático, la confianza en la fe pública, el orden constitucional, etc. La sanción penal, en nuestro ordenamiento legal y en la mayoría de los existentes, erradicada ya la pena de muerte en casi todo el mundo, se efectúa a través de la privación de la libertad y las multas. Modernas legislaciones han ampliado las sanciones posibles en determinados delitos a decisiones abiertas de los jueces -como ayudas comunitarias, asistencia a clases de educación, etc-.

Quien comete una acción definida como delito debe ser sancionado. Sea presidente, gobernador o legislador. Sea economista, religioso o deportista. El delito pasa por encima de las diferentes actividades. La sanción es una limitación grave al principio de libertad, por lo que la Constitución establece cuidadosamente que sólo puede ser definida por la ley, no puede ser objeto de Decretos de necesidad y Urgencia, y escapa a las facultades del Poder Ejecutivo, que jamás puede asumir funciones judiciales ni dictar penas (art. 109, CN): esa función es atribuida a los jueces con exclusividad, y la función judicial es separada también cuidadosamente de la política, al punto que ni son electos, ni sus cargos pueden ser revocados salvo casos previstos por la ley, por un procedimiento especial cuya última palabra es del Congreso. Su eventual remoción no implica revocar sus sentencias, ni puede cesárselo por el contenido de éstas.

La “judicialización de la política” o el curioso invento del “lawfare” no pasan de ser rudimentarias argucias exculpatorias. Sería absurdo pretender que quien ocupa el poder pueda robar, matar o defraudar o incluso atentar contra el estado de derecho -es decir, cometer delitos- y no se le pueda juzgar por ser funcionario o invocar que constituyen "medidas de gobierno, y por lo tanto no justiciables". Justamente, quien está en una posición de poder es quien más debe ser observado ante el desequilibrio que otorga el poder para realizar acciones al borde de la legalidad, “protegido” en alguna manera por su prestigio, su fama o los ornamentos institucionales del poder. Quien comete un delito, debe ser sancionado.

En las sociedades actuales, la vieja inmunidad del poder que consagraba la indemnidad a soberanos o determinados estratos sociales ha desaparecido o ha quedado reducida a un papel simbólico, cada vez más limitado. Y en nuestro caso, ese principio se estampó en la Constitución Nacional: “La Nación Argentina no admite prerrogativa de sangre ni de nacimiento: no hay en ella fueros personales ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley…” (art. 16, CN)

De ahí la importancia de la escrupulosa separación de jueces y política. El papel de los magistrados está pensado justamente para evitar su contaminación por las pasiones que desata la vida política. Y es obligación de los políticos -como de todos- respetarlos con la misma escrupulosidad, aún más que cualquier otro ciudadano, porque son la última garantía de la vigencia de la libertad, del orden jurídico y de la paz social.

                                                                                                              Ricardo Lafferriere




lunes, 8 de febrero de 2021

COVID 19 - Interrogantes de un hombre común

 Hace unos años asumimos con mi esposa el desafío de comprar un pequeño lote de terreno en Tigre, uno de cuyos lados lindaba con un “arroyo” -curso insignificante de agua al que el término le resultaba más que pretencioso-. Pensábamos construir una cabaña isleña donde aislarnos a leer y tomar mayor contacto con la naturaleza que el que ofrecía la ciudad.

De las características del lote un hecho me llamaba la atención: bordeando ese arroyo casi seco, con un cauce de alrededor de tres metros de hondura, había un albardón que no debía tener más de 30 o 40 cms. de altura.

Pensé que era inútil, primero por la escasa cantidad de agua del arroyo y segundo porque si había creciente o una marea grande, lo superaría.

Un vecino de años en la zona me explicó que el albardón estaba alineado con el nivel del Rio de la Plata a una altura de 3,30 “sobre el cero de Riachuelo”, altura a la que llegaban las mareas normales a esa altura del Delta. Al principio no entendí mucho y luego -Internet mediante- comprendí lo que significaba.

Durante varios años el agua no llegó ni siquiera a desbordar el cauce, ni en las sudestadas más fuertes, al punto que llegué a suponer -ingenuo de mí- que se debía al cambio climático y que no vendrían más inundaciones como las que ilustraban las fotos de las que había sufrido Tigre antes de la construcción del Canal Aliviador.

Construimos la cabaña isleña de madera, por las dudas con soportes -también de madera- de una altura de dos metros sobre el nivel del piso. Y disfrutamos de la exhuberancia delteña, mosquitos, humedad y cortes de luz -pero sin crecientes ni mareas- durante un hermoso tiempo de felicidad.

Hasta que llegó la primera experiencia. Una mañana de sol radiante, mientras desayunaba en la terraza de la cabaña noté cómo el arroyo crecía, y crecía y crecía con rapidez. Llegaba al borde del cauce. Y lo desbordaba. Estaba ya llegando al albardón, y hasta su parte superior.

El primer desborde del albardón se produjo en un sector cercano a la casa, por una hendidura de unos 20 centímetros de ancho, que rápidamente, pala en mano taponé con tierra sintiéndome por unos segundos una especie de héroe de entrecasa: ¡había parado una inundación! Cuando estaba terminando la tarea, en el otro extremo apareció otra “filtración”, que también taponé rápidamente. Al terminar de hacerlo, tres nuevas filtraciones, en el centro del terreno, empezaban a superarme. Hasta que de pronto las filtraciones eran ya cinco, ocho, diez... y todo el albardón desbordado por la creciente, con el agua ingresando al terreno que quedaba convertido en una gigantesca pileta.

La reacción de un “ciudadano” -como yo- no podía ser otra que la impotencia. El agua subía, subía, subía. Y no podía irme a la seguridad del asfalto y de mi casa, ya que también la calle -de tierra- estaba totalmente cubierta de agua, que alcanzaba ya más de la mitad de las ruedas del auto en su lugar de estacionamiento, relativamente elevado. La impotencia se transformaba en desesperación.

Hasta que de pronto, una multitud de pequeñas embarcaciones apareció por todos lados, con chicos y jóvenes festejando. ¡Hay marea, hay marea!...

Lo que para mí era un drama, para los habitantes de la zona era una fiesta. De pronto, todo se transformó en comunitario. Los botes andaban por las calles, por los terrenos, por el arroyo...

Y comprendí que simplemente había que tener paciencia, esperar, y enfrentar la situación con tranquila resignación. Así que eso hice: instalé una cómoda reposera en la terraza de la cabaña, me puse a leer un libro que tenía en lista de espera desde hacía tiempo y a observar la diversión de los niños en las canoas. No podía hacer mucho más.

En cuatro o cinco horas, el agua empezó a bajar. Al día siguiente, salvo por algún charco perdido en algún desnivel del terreno o de la calle, todo estaba normal. Y la vida siguió.

¿Y eso? Puede preguntarse el amigo que siguió el relato hasta aquí. Y... algo tiene que ver con la pandemia.

Desde el comienzo escuchamos, tanto de la OMS como de científicos de los que dicen que saben, que el virus infectaría al 90 % de la población, inexorablemente. Que de ese 90 %, alrededor del 80 % serían asintomáticos -es decir, no notarían estar infectados y clínicamente no mostrarían ningún signo de enfermedad-. El 28 % restante era dividido en dos grandes grupos, de dimensión similar. La mitad –o sea, alrededor del 14%- tendrían síntomas leves, similares a una gripe común, y la otra mitad -14 %- se dividirían a grandes rasgos a su vez en dos: la mitad sufriría síntomas fuertes, de gran molestia, pero sin gravedad, y la otra mitad -7%- tendrían síntomas severos, que podrían llegar a provocar la hospitalización y hasta la muerte. En este último agrupamiento estarían principalmente personas de edad -con su sistema inmunitario debilitado-, personas con enfermedades preexistentes que también hubieran debilitado el sistema inmunitario, y los altamente expuestos al virus por coexistir con él durante largas horas en lugares cerrados -principalmente, personal sanitario cumpliendo su tarea-, que hubieran sufrido “alta carga viral”.

Esas previsiones se cumplieron y fueron repetidas en numerosas oportunidades por epidemiólogos. El gran desafío público, se decía, era que “la curva” de contagiados graves no saturara el sistema sanitario exigiéndole lo que no podía brindar: equipamiento de respiradores y unidades de terapia intensiva. Debía “aplanarse la curva” -se decía- para que ese porcentaje de enfermos graves pudiera tener un tratamiento adecuado en los centros de salud.

7% no es poco. En 1.000.000 de habitantes, son 70.000. En un pueblo pequeño de 10.000 habitantes, son 700. En un país de 45.000.000 de habitantes, son 3.150.000. Difícilmente haya en el planeta un país con semejante cantidad de respiradores y Unidades de Terapia Intensiva. Hay que “aplanar la curva”, para que los enfermos graves lleguen de a poco, y no todos juntos, para no “saturar” o “colapsar” el sistema sanitario.

De ahí se dedujo la estrategia del encierro. Confinar a todos, para que “la curva” se “aplane”. Nunca se dijo que el objetivo del confinamiento era detener la pandemia, conscientes que hubiera sido un objetivo tan absurdo como frenar el desborde del arroyo delteño. El virus no se puede frenar. Sólo paliar su daño, en tres líneas: demorar su expansión -con el confinamiento-, desarrollar rápidamente el reforzamiento de la infraestructura sanitaria y acelerar lo más posible las respuestas médicas para los casos en que se requirieran, elaborando protocolos serios lo más rápido que permitiera el desarrollo de la ciencia. Todo ésto, acompañado por comportamientos individuales imprescindibles: mascarillas, distancia interpersonal, higiene.

Sin embargo, de a poco el objetivo pareció ir cambiando. Se convirtió en parar la expansión de la pandemia, y para ello se paralizó el mundo. Algunos países -con más espaldas económicas- lo pudieron soportar, con una especie de gigantescas vacaciones pagas hogareñas impuestas a sus ciudadanos. Otros, destrozaron sus economías con la mirada puesta en los titulares de la “incidencia acumulada” y los “nuevos casos”, que se renovaron hasta el clímax cuando, generalizados los tests a todos, tuvieran o no síntomas, los números empezaron a relacionarse con los “infectados” y no ya con los enfermos. Infectados que, como se ha dicho, habrán de llegar a la larga o a la corta al 90 % de la población. Estén o no vacunados.

El curso de acción internacional fue curioso. La “batalla de las vacunas” se transformó en el desafío épico de la humanidad, y miles de millones de Euros, dólares, yenes y rublos se adelantaron a empresas farmacéuticas de alta capacidad de producción e investigación que -hay que reconocerlo- actuaron con rapidez. Como no. “¡Hay pandemia, hay pandemia!” parecían exclamar con la emoción de los niños jugando con las mareas en el Delta.

Se conjugaron el “bien común” interpretado por los gobiernos, con el beneficio económico atado a países que, además, tenían reservas suficientes para pagar cualquier cosa. Lejos de mí está cuestionar la limpieza de los números. Sólo poner la atención un instante en lo que significa para empresas privadas tener colocadas antes de producir -y antes incluso de contar con los productos, que debían ser investigados y elaborados- con sumas gigantescas de facturación que en tiempos normales hubieran obtenido en varios años, quizás en lustros, en un mercado cautivo. Cifras que, además, se mantienen en secreto...

Y así fue como a un costo inmenso, hubo vacunas.

Sólo que, curiosamente, casi todas -algunas expresamente, otras tácitamente, otras reticentemente- advierten que su máxima efectividad se alcanza en personas adultas -más de 18 años- que no superen los 55, 60 o 65 años. O sea, aquellos a los que el virus, estadísticamente, les ataca con menor fuerza -obviamente, con las excepciones naturales de cualquier proceso biológico-. Esos miles de millones de dólares servirán para proteger a los que -por decirlo de alguna forma- ya están protegidos (por su edad, por su salud y por su propio sistema inmunológico- que, ni aún vacunados, dejarán de ser posibles "portadores sanos". Pero no protegen a los vulnerables, a los que sí puede alcanzar el virus con mayor “virulencia”.

A diferencia del peligro de la neumonía -cuya vacunación se aconseja especialmente a mayores de 60 años, más vulnerables a esta derivación de una gripe estacional-, en el caso del COVID-19 los mayores son los menos cuidados, seguramente no porque las vacunas sean malas sino porque al no haberse completado la tercera fase de los ensayos clínicos, no se han segmentado lo suficiente los efectos adversos y el análisis de las dosis adecuadas en el afán por obtener una vacuna para los que no la necesitan, pero que se vendería masivamente de inmediato, terror sanitario de por medio.

La pregunta es obligada: ¿Se reforzó el sistema de salud? ¿Se aprovechó el tiempo para desarrollar los protocolos médicos para tratar adecuadamente a los enfermos “de verdad”? ¿Existieron esas investigaciones? ¿Con cuánto se financiaron?

Una ojeada a lo ocurrido en estos meses nos muestra que hubo diversas experiencias, algunas serias, otras menos serias y otras grotescas, que surgieron de diversos centros de investigación, de la suerte, de la inventiva individual o de la desesperación de médicos que debían enfrentar la enfermedad sin contar con la adecuada información. Fueron numerosas y podemos citar algunas:

En Israel, dos fármacos desarrollados en sendos hospitales, denominados “EXO CD 24” y “Allocetra” han mostrado resultados altamente favorables logrando revertir la enfermedad en su estadio grave (https://www.infobae.com/america/ciencia-america/2021/02/07/en-israel-probaron-con-exito-dos-farmacos-para-casos-graves-de-covid-19/)

En Argentina conocemos dos experiencias, ambas en principio exitosas para tratar casos en situación de gravedad intermedia: el Ibuprofeno hidrolizado, desarrollado por Dante Beltramo, -Investigador Principal del CONICET- para neutralizar la inflamación de los aveólos pulmonares -el ataque más letal del virus- se aplica en Córdoba y otros lugares del país con excelentes resultados ( https://www.infobae.com/salud/2020/08/07/un-tratamiento-con-ibuprofeno-inhalado-revirtio-casos-graves-de-covid-19-en-el-pais/) y el COVIFAD (popularmente conocido como “plasma equino”), que aprovecha la fortísima capacidad de producción de anticuerpos de estos animales, multiplicando por 200 el efecto del plasma humano de quienes han generado anticuerpos por el virus, reduciendo a la mitad la mortalidad de enfermos graves y en un 24 % la necesidad de cuidados intensivos (https://www.scidev.net/america-latina/news/argentina-aprueba-suero-equino-como-tratamiento-para-covid-19/). Se está aplicando en numerosos hospitales y ha sido adquirido en cantidad por la provincia de Corrientes. En ambos casos fueron investigadores o equipos médicos locales buscando con razonamientos intuitivos exitosos los que lograron la importante reducción de mortalidad.

En Canadá, se enfrentó la situación con el uso de una medicación ancestral para el reuma, la Colchicina. No necesitó protocolo especial salvo la comunicación entre los médicos, porque es una droga existente y aprobada. (https://theconversation.com/la-colchicina-un-farmaco-relativamente-toxico-publicitado-para-la-covid-19-por-una-nota-de-prensa-154231). También se utiliza la Dexametasona, al parecer convertida en un tratamiento poco menos que rutinario.

En Estados Unidos fue noticia la mezcla de fármacos no aprobados por la FDA (cóctel de anticuerpos REGN-COV2) que llevaron a la recuperación rápida del entonces presidente Trump, quien a pesar de su edad pudo enfrentar las obligaciones nada menos que de una campaña electoral.

Casos como éstos hay muchos, en todos lados. El bamlanivimab, el baricitinib, la melatonina o el lopinavir de encuentran entre ellos, junto a muchos otros. Algunos seguramente serán eficaces, otros menos y otros no. Mi punto es: ¿Por qué no se los estudia en profundidad, destinándoles un porcentaje aunque sea mínimo de los miles de millones de dólares gastados en inmunizar a los inmunizados?

¿Cuántos de estos proyectos de investigación recibieron el apoyo de los gobiernos, tan abiertos a la compra de vacunas? ¿Con qué montos? ¿Qué coordinación realizaron los gobiernos, para atender las necesidades de aquellos colectivos desatendidos por la Gran Estrategia Vacunatoria Global por ser viejos, enfermos o predispuestos? ¿Por qué no existió para ellos la coordinación que si existió para las vacunas, o incluso para los confinamientos y encierros?

Y la pregunta más importante: ¿Cuáles de estos medicamentos, los realmente importantes para salvar vidas, fueron logrados, producidos o investigados por alguno de los grandes “elefantes blancos” que fabrican las vacunas? ¿Lo fue alguno?

….

Hoy, iniciando el 2021, la pandemia se ha extendido al planeta y ha llegado a los lugares más recónditos. Hasta la selva del Amazonas se ha dado el lujo de contar con una “cepa” propia del COVID-19. La discusión de tapa de los diarios, sin embargo, es la batalla de las vacunas para los clínicamente “sanos” -porque no tienen síntomas-. Las arcas de los gobiernos están siendo vaciadas para comprar unidades de vacunas a precios insólitos -desde los 3/5 dólares por unidad de Oxford-Astra Zéneca hasta más de 30 dólares por unidad de Moderna o Sinofarm-. Y la OMS fogonea la vacunación total de los 7.500.000.000 de habitantes del planeta “para evitar la desigualdad”, garantizando con ésto un mercado cautivo virtualmente infinito, para cuidar a la inmensa mayoría que no se enfermará, sin reclamar con igual fuerza la investigación del tratamiento o los tratamientos adecuados para los -muchos menos- que muy posiblemente sí lo hagan.

La respuesta surge sola. Unos son muchos, muchos. Otros son, en relación, muy pocos. Para unos, alcanza con un fármaco elaborado “con brocha gorda”, todos iguales -porque son saludables y tienen defensas propias-. Para los otros, hay que investigar más en detalle, en dosis, en situaciones particulares. Para unos, el mercado es inmenso, rápido y cautivo. Para los otros, lento, disperso y trabajoso.

Los que se enfermen... que se arreglen con las investigaciones artesanales de los sacrificados médicos de batalla, que deberán encontrar ellos sus propias respuestas. No tendrán, seguramente, nombres “importantes”. Y hasta es probable que ni siquiera se les permita procedimientos acelerados de aprobación como los que graciosamente se le otorgaron a los grandes laboratorios, eximiéndolos de pasos importantes -lógico, por la urgencia- para garantizar buenos fármacos.

Lógico, para ellos, que además son eximidos por leyes especiales -en todo el mundo- de cualquier consecuencia de mala praxis. Eximición que no existe para el médico que debe enfrentar el drama de su paciente lejos de cualquier apoyo oficial, arriesgándose sí a los reclamos de “mala praxis” por el eventual mal final de alguno de sus pacientes.

Quien ésto escribe no es “antivacuna” sino decididamente “pro-vacunas”. La antivariólica logró erradicar una enfermedad atroz que acompañó a la humanidad desde tiempos prehistóricos. La antipolio es una vacuna excelente que, donde se administró con eficacia, erradicó la poliomielitis. Numerosas enfermedades están siendo cercadas y reducidas en su letalidad por vacunas diversas, algunas de imprescindible uso preventivo, como las anti-neumonía, o la antitetánica. Sólo que ninguna de ellas recibió la masiva e indiscriminada laxitud en su rigor técnico, ni mucho menos los favores económicos gigantescos, que las anti Covid-19.

Los Estados, mientras, siguen con el confinamiento como medida central. Enamorados de los encierros y cubriendo sus falencias, para no ser condenados por la “opinión publicada”, generadora de terror en la opinión pública y grandes ganancias en las grandes firmas farmacéuticas. Y aprovechando para llevar adelante un gigantesco experimento de disciplinamiento social -en las democracias- y de abiertas conductas totalitarias -en los populismos autoritarios- que desmerece y hasta ridiculiza los derechos humanos y el daña estado de derecho, resultado de cientos de años de civilización política. “En pandemia no hay derechos”, hemos tenido que escuchar de dirigentes coyunturalmente importantes de un país sedicentemente democrático, que ha llegado a tolerar campos de concentración y encierros forzados.

He titulado esta nota de manera neutra, porque lejos de mí aceptar ser “emblocado” en las trincheras que se cruzan epítetos. Fui formado con la ética del pensamiento crítico y del respeto a la razón, la ciencia y la moral. Y para lograr todo ello, en la exigencia del abierto y fresco debate democrático. Sólo busco eso. Y en todo el debate sobre el COVID 19, no lo encuentro.

Ricardo Lafferriere                    



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domingo, 17 de enero de 2021

Patriotas cosmopolitas


América First”, “América para los americanos”, “Nac & Pop”...

o

Sea la América para la humanidad”... “los hombres sagrados para los hombres”

y “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”


Dos siglos discutiendo el destino americano. El de ellos y el nuestro.

Tal vez sea uno de los pocos hitos que unificaron nuestra visión nacional de futuro: el país cosmopolita, el país abierto al mundo, la Argentina para la humanidad.

Lo increíble no es la persistencia del debate, sino la temprana de visión de nuestros padres fundadores. En 1823, el presidente Monroe de EEUU estableció su doctrina de “América para los Americanos”. En el mismo momento, San Martín marcaba otro rumbo al proclamar en Lima que “nuestra causa es la causa del género humano” y definir en una frase la vocación cosmopolita de esa sureña revolución emancipadora que comenzara en la Plaza Mayor del Virreynato del Río de la Plata, en mayo de 1810.

No puedo saber si existe relación entre ambos pronunciamientos. Es probable que la coyuntura internacional ya estuviera tiñendo la mirada de los hombres que tenían responsabilidades y estaban al tanto de lo que ocurría en el escenario atlántico, en el cual jugaban sus piezas. Apasionante desafío para historiadores. Sea como fuera, prefiguraban ya un debate que atravesaría -y atraviesa, en pleno siglo XXI- las visiones políticas en todo el mundo occidental.

Por un lado, exaltando la pretendida superioridad de la propia “patria” por sobre las demás. La “América First” de Trump no es muy diferente de las raíces de la “nación católica” en nuestros pagos, que intelectualiza críticamente Loris Zanetta, y que se expresara tantas veces en nuestra historia desembocando en el nacionalismo cerril y en el populismo sectario que desprecia hasta la negación a cualquiera que no siga sus arcaicas consignas. Para estas miradas, la “patria” -”su” patria- es superior y trasciende a las personas, responde al ser supremo, al “caudillo”, al “jefe” o la “jefa”, que “concede” derechos y en ella deben tributar los míseros mortales del montón. Desde la “Santa Federación” y el hermético país rosista hasta los criollo-fascistas de Tacuara, triples A, “orgas” diversas, Cámporas y similares. Cerrada, intolerante, y si es necesario, hasta criminal. Violenta, sin ley.

Por el otro, la propia patria igual a la de los demás, de la igualdad esencial de todos los hombres y mujeres del mundo, la “unidad esencial del género humano”. Éstos son superiores en importancia a cualquier abstracción colectiva, sea una nación, un partido, un sindicato, una ideología o una religión. Son iguales ante la ley, sin “sumisiones ni supremacías” y su dignidad y sus derechos son sagrados y deben ser respetados, vivan donde vivan. Y entre nosotros se los garantizaríamos a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. “Los hombres son sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos”, de Yrigoyen. Reina la ley y el estado de derecho.

Para esta mirada, la patria es una aventura de hombres libres e iguales que suman sus esfuerzos solidarios al igual que otros hombres, también libres e iguales, lo hacen con las suyas. No ve a los demás como “enemigos” sino como constructores de caminos confluyentes hacia una humanidad sin divisiones, aportando todos la riqueza de su variedad que comparten con esperanza para alcanzar una sociedad plural, libre y tolerante.

No es la “América First”, ni la “nación católica”, ni el nacionalismo cerril ni mucho menos la rudimentaria cruzada populista. Es “la causa del género humano”, que proclamara San Martín al liberar el Perú, la que estampa la Constitución en su preámbulo y establece la igualdad de derechos entre nacionales y extranjeros, curiosidad que muy pocos países -si alguno- tenían incorporados a sus leyes en tiempos de nuestra Constitución.

En el Congreso Panamericano de 1889, en Washington, cuando se insistió en la doctrina Monroe, le tocó a la delegación argentina encabezada por Roque Sáenz Peña pronunciar el mandato que retomaba la visión sanmartiniana: “Sea la América para la humanidad”. Y sin renunciar a la vocación de futuro de todo el continente, se negó a imaginarlo como una fortaleza excluyente recelando de los demás, sino abriendo sus puertas a la solidaridad universal. El mandato fundacional atravesaría alineamientos y conflictos intestinos: lo asumirían tanto partidos “populares” como los hombres del “régimen”. En este tema no había en la mirada de Leandro N. Alem o Juan B. Justo diferencia de utopía con la de sus duros rivales de entrecasa.

Cierto es que el debate nunca terminó de cerrarse, con sus condimentos tal vez antropológicos.

La segunda gran guerra fue una orgía de sangre desatada por estos supremacistas. Nazis, fascistas, imperialistas japoneses, racistas “puros” en los balcanes, antisemitas en toda Europa, llevaron al mundo a la mayor masacre criminal de su historia con 60 millones de muertos. Y que continuaron los supremacistas “de clase” o “ideológicos”, que hoy conforman ese espacio populista global escondido en la vieja geografía ideológica del siglo XX, en derechas y en izquierdas.

El debate existe hoy mismo en EEUU, entre la fuerza dura de los nacionalistas “trumpistas”, homogénea, blanca y protestante con las miradas plurales de la confederación de minorías que está enfrente. Es el país tradicional, que existe y teme el cambio inexorable al punto de sentir que cualquier evolución conduce a la democracia y a su país a un peligro extremo. Pero en el siglo XXI frente a la dureza conceptual conservadora, para la que hasta la democracia se ha vuelto una molestia, se levanta un colorido de reclamos más cercanos a la base de la propia democracia, el hombre común.

Al avanzar el siglo XXI esos hombres comunes se apasionan por reclamos de infinito colorido. Los unos, sienten las diferencias de género como trabas a su dignidad. Otros, reclaman con firmeza su derecho a un ambiente sano y a la protección de la casa común, nuestro planeta. Otros, piden no ser disciminados por su origen étnico o nacional, recordando que cada ser humano, nazca donde nazca, es un ser sagrado, “único e irrepetible”. Otros recuerdan al “poder” que es una excepción a la libertad natural de las personas, que no le otorga preeminencias o supremacías -como señeramente lo reclamara entre nosotros el decreto morenista de “supresión de honores”, en un tiempo global de revoluciones pero también de reyes y aristócratas-. Y muchos, muchos más. Es lo inquietante, pero a la vez emocionante de una humanidad cada vez más libre, luchando contra los bolsones autoritarios expresos o implícitos que aún existen en todo el planeta. Frente al resurgimiento de los mandones vemos la explosión de los que gritan que se acabó el tiempo de los mandones.

Esos reclamos asustan a muchos, porque también muchos de quienes lo expresan carecen de la experiencia democrática y del ejercicio de sus sabios mecanismos de tratamiento y resolución de conflictos. Son -por así llamarlos- recién llegados al debate público. Frente a esa aparente anarquía -Yrigoyen dijo alguna vez: “todo taller de forja parece un mundo que se derrumba”- la respuesta no puede ser la represión salvaje sino la docencia democrática, y en todo caso la firmeza para defender los mecanismos democráticos que nos costó -a los argentinos y a todos los países democráticos- tantos años, décadas y siglos conseguir y mantener.

Firmeza para respaldar y sostener la democracia, por un lado. Pero por el otro, puertas abiertas y estímulos participativos sin frenos burocráticos ni estructuras mañosas por el otro. Resistir los reclamos violentos significa repudiar la violencia pero requiere abrir a los reclamos canales responsables sin trampas ni recodos en los partidos, en los parlamentos, en los gobiernos. De lo contrario sólo sería otra forma autoritaria, escasamente democrática.

Hoy el desafío principal no parece ser de contenidos, sino de formas. Reconstruir herramientas que nos permitan resolver los conflictos de contenido -todos los conflictos- sin perder los valores más importantes, la libertad, la vida, la convivencia, la solidaridad.

No es sencillo predicar la importancia de la lucha democrática cuando cada uno -cada sector, cada persona- tiende a reaccionar por el tema puntual que lo daña, en muchos casos sin respetar las formas.

Las formas son esenciales a la democracia. La contracara de las formas es la violencia o la fuerza. El respeto a las formas se reduce también, en última instancia, al respeto al pensamiento diferente. Esto es válido en la lucha más grande, la que enfrenta proyectos, pero también en la construcción de las herramientas, las necesarias para canalizar con eficacia el debate público y la propia construcción de los agrupamientos políticos o electorales. Organización, acuerdos, programas compartidos.

 Sin democracia eficaz no hay posibilidad de lograr una convivencia estable, ni en el país ni en el mundo ya que no sólo no contaremos con esas herramientas indispensables sino que abriremos espacio a quienes desde siempre cuelan las simples -y falsas y rudimentarias- consignas supremacistas del “America First” y de sus sucedáneos diversos “Nac & Pop” en diversos lugares del mundo.

Frente a ellos, la alianza plural global de la democracia debe incluir a todos, sean también de izquierdas o derechas. Así fue la forma de detener al nazismo, que también tenía su “ala izquierda” -empezando por su propio nombre-. Después, podremos seguir discutiendo matices y filigranas. Hacerlo antes, puede llevar la batalla hasta el infinito o hasta nuestra propia extinción.


Ricardo Lafferriere                             

Imperdible: La Argentina que fué:



ARGENTINA MUNDIAL

PUBLICADO EN EL CENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA



sábado, 2 de enero de 2021

Argentina: un país que se disuelve

 La vieja parábola de la rana sumergida en agua calentada lentamente para que no reaccione, hasta que el calor la termina matando, es perfectamente aplicable al proceso argentino. En rigor, la comparación más acertada -tal vez, más dolorosa- es la de un caracol o una babosa a la que se le echa sal encima y se va secando sin remedio, hasta su muerte.

Hay que ser voluntariamente ciego para no advertirlo. El país se va disolviendo lenta pero inexorablemente, deslizándose hacia la pobreza extrema alcanzando a cada vez más argentinos. Y no es un ritmo inadvertido, sino persistente y sólido.

 No advertirlo es suicida.

Todo lo que significa el país moderno, vital, pujante y vinculado al mundo está siendo desmantelado y con él, su base productiva.

El campo, la industria, los servicios, los emprendedores ven cómo se los expropia para ampliar la economía asistencial, sin estímulo alguno ni compensación que permita continuar generando riqueza.

Repartir lo ajeno, aún a costa de destrozar la actividad productiva. Esa es la constante.

 

LOS DATOS DEL DERRUMBE

 

El símbolo de la relación con el mundo, la moneda nacional, ha caído en un año a la mitad de su valor real. Los salarios han acompañado este derrumbe, pero también la rentabilidad empresarial, el valor de los activos físicos y el valor de las empresas. No por la pandemia, sino por la mediocridad. Brasil ha sufrido la pandemia con una intensidad sustancialmente mayor. El valor de su moneda, en un año, pasó de 4,23 a 5,19 reales por dólar[i]. El peso pasó de 77,90 a 166[ii]. Su deterioro ha superado el 50 %. El propio valor “oficial” del peso ha perdido en dos meses (del 1 de noviembre al 31 de diciembre) casi el 10 % de su valor[iii]. Proyectando este deterioro, a fin de año superará otra caída a la mitad de su valor, o más.

Los activos inmobiliarios han perdido el 50 % de su valor, y quien sostenga que sólo lo han hecho en un 30 % simplemente se ilusiona con el valor que se demanda por quien quiere vender, ignorando que las operaciones no se hacen porque nadie paga en la Argentina esos montos.

El país no vale. Todos quieren vender y nadie comprar. Irse, no venir.

El sueldo medio de la economía, que compartía el primer lugar en América Latina con Uruguay y Chile, que en 2016 llegó a USD 1.400 dólares hoy es de poco más de USD 400[iv], sólo superior al de Venezuela. La jubilación mínima -que superaba los 250 dólares hace un año y medio- hoy apenas supera los 100 -Uruguay y Chile  nos duplican-. Todos los pasivos, de todos los niveles, han visto caer su ingreso a la mitad en valores reales.

La capitalización bursátil, que se encontraba hace un año en 9,6 billones de pesos argentinos nominales, hoy apenas supera los 9 billones[v], lo que en términos de valor real -comparado con el promedio de divisas- significa que cayó a menos de la mitad: eso es lo que valen hoy las empresas argentinas, la mitad que hace un año.

La deuda pública, por su parte, ha crecido en 20.000 millones de dólares en un año y quien le presta a la Argentina demanda una tasa de interés del 15 % en dólares -se han colocado bonos hasta el 16,4 %, o sea un riesgo país de 1640 puntos[vi]- mientras los países del entorno regional pagan por su deuda entre 2 y 3 % (entre 200 y 300 puntos de riesgo-país)[vii]. Todo eso es fruto de la falta de acuerdo estratégico nacional que inspire confianza a quien pueda prestarnos. En lugar de perseguir ese acuerdo estratégico para reducir el peso de la deuda en el presupuesto público, el oficialismo prefiere ajustar los gastos, centralmente sobre quienes tienen menos posibilidad de defensa, los pasivos, en un círculo vicioso recesivo que termina inexorablemente en la miseria.

A la producción agropecuaria, base fundamental del financiamiento de toda la estructura industrial argentina, se le ha anulado su rentabilidad y ha perdido más de la mitad de su valor. Cabe sólo observar lo que significa el nivel de retenciones, aplicadas sobre el valor “oficial” de la divisa, para entender el empobrecimiento de las empresas agropecuarias, cuyo capital es carcomido por una presión impositiva desbordada, muy superior a la ya apabullante presión fiscal que sufre toda la economía[viii]. Se le paga $ 64 por dólar al que exporta ($ 85 menos 32 % de “retenciones”), pero se le cobran $ 160 cuando debe comprar sus insumos al valor “libre”[ix], ambos precios al 10/1/2021.

En síntesis, la Argentina se va disolviendo lentamente, impulsada hacia la insignificancia como país y a la masificación de la pobreza como sociedad.

 

UNA DERIVA IMPLOSIVA

 

En el debate económico, por su parte, concepciones que atrasan ocho décadas y se imponen con prepotencia impiden cualquier mesa de diálogo. La obsesiva insistencia en combatir la pobreza fabricando dinero[x] no es sostenida en ningún lugar del mundo, salvo en la dictadura venezolana, e impulsa un proceso inflacionario que carcome sueldos, rentabilidades, capitales instalados, impuestos, jubilaciones y títulos.

No hay, por lo demás, señal alguna que siembre optimismo. No existe un apoyo público a la actividad económica -todo lo contrario- por lo que sería voluntarista imaginar la reversión de la tendencia. El aislamiento creciente anula cualquier posibilidad de financiamiento y la estrábica política exterior incrementa la desconfianza, junto a iniciativas que señalan la anulación de la seguridad jurídica ante la presión constante del oficialismo sobre el poder judicial.

La proyección de la tendencia nos indica que a fines del año que se inicia, la divisa argentina habrá perdido otro 50 % de su valor real -según los cálculos de economistas independientes-[xi]. Y en un par de años más, para el 2023, su nivel de paridad será similar al de la moneda venezolana. O sea, cercana a cero. Al terminar el período de gobierno de Alberto Fernández, Argentina será Venezuela y sólo podrán sobrevivir los que acepten la lógica del rebaño recibiendo las limosnas de un Estado en manos del autoritario populismo cleptómano.

 

Y UNA POLÍTICA QUE NO RESPONDE

 

Las fuerzas políticas y sociales que sostienen este rumbo no se caracterizan por lo ideológico, sino que conforman un conglomerado heterogéneo cuya línea unificadora es la destrucción del estado de derecho y la instalación de la ley de la selva. Rentistas autodefinidos “empresarios”, mafias de diverso tipo nuevas y viejas, corporaciones gremiales putrefactas, financistas sin escrúpulos, caciques de tolderías varias disciplinadas por planes y bolsones de comida, logias políticas sin ningún compromiso con el país que sólo ven al Estado como un botín de guerra, todas ellas bendecidas por el “pobrismo” de la línea hoy hegemónica de la iglesia católica, para la cual la pobreza extrema es preferible a cualquier “desigualdad”, aún aquella resultado del esfuerzo de trabajo, de la inversión productiva y del compromiso con el progreso económico. Desigualdad que, por supuesto, no se exige a los -y “las”- sátrapas, que exhiben sin pudor su ambiciosa angurria burlándose de las leyes, de la moral y de la miseria.

Existe un solo camino de reversión y hoy aparece como imposible: un consenso estratégico entre los argentinos más cercanos a los niveles de decisión. La polarización impulsada por la mafia corporativa del populismo la hace imposible. La banalidad con que es mirada la política por gran cantidad de ciudadanos hace el resto.

La generalización descalificadora hacia el espacio público de quienes debieran aportar racionalidad al debate por su nivel cultural, su preparación y sus conocimientos desalienta a quienes toman al compromiso público como lo que debiera ser: un servicio a la sociedad. Y un coro de repetidores-operadores desde los medios masivos hacen el resto, quitando nivel al debate nacional del que se ha ausentado toda reflexión de futuro o mirada estratégica.

 

LOS QUE RESISTEN

 

Quedan y son importantes los que luchan, y luchan, y luchan, peleando contra la montaña. Cual Quijotes contra molinos de viento, su prédica es comprendida por el país democrático con visión de futuro, pero no alcanza ante la apabullante presencia mediática de la banalidad comprada. Pero, fundamentalmente, por la ingenua -y voluntarista- actitud de una dirigencia timorata, cuando no acomodaticia, que podría incidir fuertemente en la construcción de una unidad de los que importan pero que, sin embargo, privilegia la perspectiva del “botín” por sobre el interés nacional.

El país, mientras tanto, se sigue disolviendo lentamente. Y los argentinos, empobreciéndose, aún aquellos que conforman la carne de cañón de la corporación de la decadencia.

 

Ricardo Lafferriere

 

 

 

 

 



 

[ii] https://www.cotizacion-dolar.com.ar/dolar-blue-historico-2020.php

[iii] https://www.cotizacion-dolar.com.ar/dolar-blue-historico-2020.php

[iv] https://www.infobae.com/economia/2020/08/23/los-salarios-y-las-jubilaciones-cayeron-a-los-niveles-mas-bajos-en-15-anos-y-se-ubican-entre-los-minimos-de-la-region/

[v] https://www.bolsar.com/vistas/investigaciones/PaginaCapitalizacionBursatil.aspx

[vi] https://www.utdt.edu/ver_nota_prensa.php?id_nota_prensa=19139&id_item_menu=6

[vii] https://www.puentenet.com/cotizaciones/riesgo-pais

[viii] https://ruralnet.com.ar/desde-enero-de-2021-las-retenciones-a-la-soja-seran-del-33/

[ix] https://www.cronista.com/MercadosOnline/dolar.html

[x] https://www.pagina12.com.ar/288064-el-mito-que-la-emision-genera-inflacion

[xi] https://www.infobae.com/economia/2020/09/19/a-cuanto-va-a-llegar-el-dolar-en-2021-guerra-de-pronosticos-entre-el-gobierno-y-las-consultoras/


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