lunes, 9 de febrero de 2026

ALINEAMIENTO, INDEPENDENCIA Y FUTURO

 Alineamiento, Independencia y Futuro – Informe Ejecutivo

1. Escenario Global

  • EE. UU.: busca preservar el orden internacional, apoyado en poder militar, dólar y valores democráticos.
  • China: potencia emergente, crecimiento económico y tecnológico, control político interno, alianza coyuntural con Rusia.
  • Europa: gran economía, débil militarmente, dependiente de EE. UU.
  • Rusia: potencia nuclear con economía pequeña, guiada por ambiciones neo-imperiales.
  • India: potencia emergente, modernización acelerada, futuro actor de primer nivel.
  • Mundo musulmán: conglomerado diverso, liderado por Arabia Saudita, Irán y Turquía, atravesado por tensiones religiosas.

2. Comparación de actores principales

Actor

Fortalezas

Debilidades

Perspectiva futura

EE. UU.

Poder militar, dólar, influencia cultural

Desafíos internos, rivalidad con China

Mantener hegemonía

China

Crecimiento económico, tecnología, alianza con Rusia

Débil tradición democrática, tensiones territoriales

Competidor principal

Europa

Mayor economía mundial, valores democráticos

Raquitismo militar, divisiones internas

Dependencia de EE. UU.

Rusia

Arsenal nuclear, poder militar

Economía pequeña, corrupción

Ambiciones neo-imperiales

India

Tamaño, modernización, crecimiento

Desigualdades internas

Potencia de primer nivel

Mundo musulmán

Cohesión religiosa, recursos energéticos

Tensiones sectarias, falta de unidad

Actor regional relevante


3. Argentina en el mapa global

  • Debilidad histórica: pérdida de poder duro y blando.
  • Ubicación estratégica: inevitable cercanía a EE. UU.
  • Afinidad cultural: valores occidentales, distancia con China, Rusia e India.
  • Relación con Europa: afinidad cultural pero dificultades comerciales.
  • Relación con EE. UU.: más fluida por estructura política centralizada.

4. Alineamiento y autonomía

  • El alineamiento estratégico con EE. UU. no implica subordinación.
  • Márgenes de autonomía en:
    • Comercio y relaciones con terceros países.
    • Ciencia y tecnología.
    • Proyectos conjuntos e infraestructura.
    • Políticas ambientales, culturales y migratorias.

Ejemplos:

  • Israel y Europa han tomado decisiones contrarias a EE. UU. sin romper alianzas.
  • China y EE. UU. cooperan en comercio e inversiones pese a rivalidad.

5. Política interna e ideología

  • Afinidad ideológica influye en relaciones personales, no en estrategia de largo plazo.
  • Ejemplos:
    • Milei se acercó a Biden antes que a Trump.
    • Massa mostró afinidad con Trump en 2015.
    • Menem cultivó “relaciones carnales” con EE. UU., logrando condición de aliado extra-OTAN, condición que Argentina ha mantenido con todos los gobiernos.
    • FMI, bajo influencia estadounidense, jugó rol clave en crisis económicas.

6. Conclusión

Argentina debe:

  • Reconocer limitaciones y potencialidades.
  • Mantener alineamiento estratégico con EE. UU. sin perder autonomía.
  • Definir políticas nacionales mediante debate interno y procesos democráticos.

Meta final: recuperar protagonismo y acercarse al sueño de Belisario Roldán: ser un faro en el hemisferio sur, capaz de iluminar un mundo complejo e incierto. En sus palabras en tiempos del primer centenario: convertirse en “el contrapeso meridional del continente”.


 

 




ALINEAMIENTO, INDEPENDENCIA Y FUTURO

Al determinar políticas para el país, el dato inicial ineludible es la comprensión del escenario global en el que se actúa y el lugar que en él tiene. Hoy, ese escenario se está reconfigurando profundamente.

Los dos protagonistas principales, que no siempre aparecen en conflicto abierto, son Estados Unidos y China. Uno es la potencia predominante y la otra, la que aspira a convertirse en una igual o superior a la que ha marcado el ritmo del mundo desde el fin de la guerra fría.

Ambos tienen motivaciones estratégicas diferentes que las llevan a luchar por su predominio. Estados Unidos, el triunfador de la Segunda Guerra y principal redactor de la normativa internacional que se edificó sobre ese triunfo, busca mantener la organización global sin mayores cambios a sus normas.

Ellas incluyen su predominio militar, el uso de su moneda como la divisa mundial de intercambio, el respeto a sus avances tecnológicos y un relato “wilsoniano” en el que destacan la vigencia de los derechos humanos, la democracia política y la libertad de comercio, principios útiles para lograr una argamasa para la configuración de su influencia “blanda” pero que sin embargo ha aplicado en forma subordinada a lo que en cada caso ha considerado sus intereses nacionales o su seguridad.

China, por su parte, inició -incentivada por los propios Estados Unidos- su camino hacia la condición de gran potencia a partir de la década de 1970. Ha dado pasos enormes en su desarrollo económico, tecnológico y militar, adoptando las normas capitalistas copiadas de su rival, pero manteniendo un férreo control político interno.  Aun recordando íntimamente el siglo “de la humillación” -enseñado en detalle en sus colegios-, ha optado por dar su batalla en el campo económico y comercial acercándose aún a sus viejos enemigos y está pugnando por construir un sistema alternativo de comercio internacional independiente de la divisa norteamericana.

Su inicial debilidad relativa en el campo militar la ha llevado a una alianza estratégica con su vecino Rusia, detentadora de uno de los arsenales nucleares más fuertes del mundo, y a aprovechar la obsesión de grandeza de los oligarcas rusos en su aventura ucraniana para acceder a energía y recursos minerales a precios más que convenientes. En el futuro, cuando la creciente debilidad rusa y su notable desarrollo militar lo permitan, China regresará a sus ancestrales ambiciones territoriales a costa de su actual socio.

En esta puja de fondo entre los dos “grandes” navegan tres aspirantes a ingresar también al escenario mayor: Europa, Rusia y la India, cada una con sus fortalezas y debilidades relativas.

Existe una cuarta: el mundo musulmán. Con sus propias contradicciones internas, conforma uno de los conglomerados humanos más numerosos del planeta, atravesado -como Europa- por matices que dificultan imaginarlos como pertenecientes a un mismo grupo, pero con una dinámica interna que le es propia y una argamasa que los une: su religión. En ella conviven visiones sectarias y fundamentalistas absolutamente incompatibles con el mundo occidental, con otras más abiertas y tolerantes deseosas de acceder a un estatus respetable en el escenario global.

Tres actores pugnan por liderar este conglomerado: Arabia Saudita, Irán y Turquía. Los tres participan del ajedrez mundial con alineamientos de coyuntura con uno u otro de los grandes actores, que a su vez los utilizan en su beneficio en el juego mayor, pero suelen, a la vez, ser escenario y hasta víctimas pasivas en sus propios territorios de esta especie de “guerra civil” intra-musulmana.

En el gran juego global, las fuerzas en pugna -incluso las más importantes, EE. UU. y China- no siempre tienen conflictos y en numerosas ocasiones hasta cooperan entre sí. En el plano general, de acuerdo con cada protagonista de este complejo escenario, los principales intereses de los actores son comerciales, económicos, estratégicos y hasta ideológicos-religiosos, según sus convicciones y su mirada del mundo.

Si hubiera que calificar a los actores según su importancia de cara al futuro, claramente la puja mayor se da por la hegemonía en el mundo de las próximas décadas. Estados Unidos y China, seguidos por la Unión Europea y atrás por India son sus actores principales. Todos ellos, con armas nucleares.

En un segundo escalón de importancia, una Rusia decadente pero aún humillada por su derrumbe luego de su autoderrota en la guerra fría no mira al futuro, sino que ha definido -bajo la conducción de Putin y de una oligarquía profundamente corrupta y criminal- su propósito de recuperar su antiguo estatus “imperial” en lo territorial y su soñado reconocimiento como gran potencia, perdido con la disolución de la URSS, condición a la que aspiran acceder fundados exclusivamente en su fuerza militar.

En el caso ruso, tanto sus ambiciones como sus métodos se asemejan a los vigentes en el siglo XIX e incluso a los fascismos del siglo XX: un equilibrio basado en el poder “duro” y en las alianzas militares, con escaso o nulo respeto a las normas internacionales y hasta a los más ancestrales principios del “pacta sum servanda”, es decir el respeto a los tratados y mucho menos a los derechos humanos.

Si bien la economía rusa es insignificante -en la escala de los grandes protagonistas, posee un PBI inferior al italiano- su mayor fuerza radica en la detentación de un poder nuclear igual o incluso superior al norteamericano, lo que le permite actuar en el plano global haciendo gala de una singular prepotencia y desprecio hacia quienes considera sus enemigos, rivales o países satélites.

Europa, el otro gran jugador, tiene en conjunto la mayor economía del mundo, pero es la inversa de Rusia: carece de una conducción política centralizada y muestra un raquitismo militar que la lleva a aferrarse y depender en última instancia de la protección nuclear de EE. UU.  y a la invocación permanente a un “mundo basado en reglas”.

Creyó -y actuó- con la convicción de que el mundo basado en reglas estaba logrado y ya vigente luego de la segunda guerra, pero ignoró los principios también ancestrales de la “realpolitik” -entre ellos, que las reglas en el campo de las Relaciones Internacionales  rigen si están respaldadas por una fuerza que las haga efectivas-, actitud más que ingenua teniendo como vecino al militarmente poderoso aspirante a neo-imperio, Rusia y su propia experiencia histórica de dos milenios.

Esa creencia la llevó a una dinámica interna tolerante con los disensos más extremos, desde aquellos que creen sinceramente en el proyecto europeo hasta quienes lo niegan al punto de buscar su disolución y retroceso al estadio de la recuperación de la soberanía de los Estados que la integran. En sus convicciones democráticas acepta incluir a sectores minoritarios pero muy dinámicos alineados con rivales geopolíticos que en realidad consideran a Europa como objetivo de dominación, infiltración o aún desaparición como espacio político.

A esto se agrega una anemia demográfica que la induce a ser tolerante -e incluso proclive- a la inmigración indiscriminada para conservar su fuerza laboral, lo que es aprovechado por sus rivales: tanto por el integrismo musulmán que vive aun culturalmente en el  siglo de las Cruzadas y busca su “revancha”, como por los sueños imperiales de dirigentes rusos , que intervienen sin ocultarlo en los países europeos, potenciando  sus conflictos políticos internos para debilitar a Europa y sus integrantes y socavar su estabilidad.

La India, el otro gran jugador de este segundo escalón, busca su espacio navegando en las tensiones globales y tratando de aprovechar las oportunidades que le genera su tamaño y potencialidad. El acelerado crecimiento de China -su antiguo vecino y rival- es un aliciente para su modernización, que ha encarado con aceptable éxito. Hoy India es importante en este segundo escalón, pero todo indica que en las próximas décadas será un protagonista en el primer nivel.

Por último, el numeroso mundo musulmán presenta tensiones diversas. Su liderazgo está atravesado por visiones religiosas diferentes en la interpretación de su libro sagrado, que en algunos casos responde a un sincero convencimiento y en otros a una utilización política concreta, sea para utilizar la pasión religiosa con finalidades crudamente seculares o sea para negociar posiciones con los distintos actores del escenario global, para los que -por su parte- resulte conveniente ese acercamiento en su gran juego.

En este mapa global -que obviamente admite y requiere matizaciones y aproximaciones en cada caso concreto, que superan esta síntesis- debe navegar la nave argentina, partiendo crudamente de su realidad, fijando su rumbo con clara conciencia de sus potencialidades pero asumiendo sus limitaciones, tanto geográficas como geopolíticas y culturales.

UBICACIÓN, POTENCIALIDADES Y LÍMITES

Durante más de un siglo de desorientación estratégica, Argentina ha ido reduciendo su importancia como protagonista del escenario global. Ha renunciado a su poder “duro” desmantelando sus Fuerzas Armadas y ha diluido su “poder blando” -ejemplo cultural, económico, democrático, abierto y cosmopolita- desde el fin de su apogeo, hace alrededor de un siglo. Ese punto de partida no puede ser ignorado si el propósito es proyectar objetivos nacionales viables.

La primera condición a tener en cuenta es su ubicación geográfica. Desde el cono sur de América su decadencia la ha alejado de la fallida profética visión de Belisario Roldán, la de convertirse en “el contrapeso meridional del Continente”, enunciada en tiempos del primer centenario, cuando su futuro lucía pletórico y promisorio.

Ese es el primer condicionante: en el escenario global actual, y de cara al próximo medio siglo, su pertenencia inevitable es la de su cercanía estratégica con Estados Unidos. Este gran protagonista ha fijado como uno de sus pasos más importantes su repliegue al continente americano, al que considera su “retaguardia” más sensible, y su irreductible hostilidad con la expansión al hemisferio de quien considera su gran rival estratégico.

Pero no sólo por eso: la cultura compartida en el relato democrático-liberal, los valores occidentales sobre los que ambos hemos edificado nuestra identidad nacional ya desde antes de su revolución independentista, y la composición de la población con fuertes lazos históricos y culturales occidentales de raíz europea son condicionantes de largo plazo.

Es indudable que existen matices diferentes y nunca ocultados, pero ninguno exhibe el abismo que separa nuestra visión del mundo con los otros grandes actores, China, Rusia o la propia India. En los primeros la inexistencia de la tradición de respeto a los derechos humanos y a las convicciones democráticas son un abismo cultural y con India, una ajenidad a tradiciones y creencias permite construir lazos comerciales, económicos y culturales, pero no mucho más.

Con Europa la relación de Argentina es contradictoria. Compartiendo casi en su totalidad los valores, la cultura y aún su historia, en el plano económico -aspecto que Argentina requiere urgentemente una puerta de acceso al mercado global para dar su salto adelante- más de un cuarto de siglo de negociaciones no han logrado cerrarse adecuadamente.

Los obstáculos para un acuerdo comercial con la Unión Europea, propósito iniciado por Alfonsín y seguido por de la Rúa, Macri y el propio Milei, reaparecen cada vez que se está a punto de llegar a la meta, mientras el tiempo pasa y seguimos encerrados. Por el contrario, con Estados Unidos la negociación se presenta con más fluidez y eficacia, ya que no depende de 27 países -y gobiernos- con sus respectivas políticas internas y economías, sino que depende de la decisión centralizada de un poder estatal o -como en la actualidad- del propio poder presidencial.

En esta pertenencia occidental, si bien el alineamiento estratégico con Estados Unidos es inevitable, un fuerte componente adicional agrega un condimento tan ineludible como aquel y la acerca al mismo dilema existencial de Europa: la necesidad de mantener un juego libre de su debate interno plural, sin renunciar ni disminuir ese alineamiento.  Llegamos así al título de este artículo: el alineamiento ¿impide la independencia? ¿determina el futuro?

En este punto es imprescindible realizar la diferencia entre el alineamiento estratégico y los márgenes de autonomía que, sin afectar el alineamiento en el tema mayor, existen en una multiplicidad de áreas en los que la capacidad de acción y decisiones son absolutamente independientes y dependen de las políticas de cada país y de su debate interno.

Entre ellos, claramente, la relación con terceros países, el intercambio comercial, la cooperación en ciencia y tecnología, la realización de proyectos conjuntos, la imbricación en campos de infraestructura que no afecten la seguridad compartida en el bloque de pertenencia, e incluso los propios contenciosos temas comerciales, ambientales, culturales y demás son aspectos que muestran que alineamiento no significa en modo alguno subordinación sino que son resultado del decisiones propias.

De hecho, países con fuerte alineamiento estratégico con Estados Unidos -Israel es un ejemplo- suelen tomar decisiones que chocan abiertamente con la voluntad norteamericana. La misma Europa ha desarrollado desde el fin de la segunda guerra líneas de acción -como la comercial, la ambiental, la demográfica, las políticas migratorias, la tecnológica, y aún la financiera- con grados de autonomía vistos con muy poco afecto por Estados Unidos, sin que ello hubiera rozado -hasta Trump...- su alianza estratégica mayor en la OTAN. La propia creación de su moneda única, el Euro, creada enfrentando el fuerte recelo de EE. UU.  fue un ejemplo, así como las constantes pujas comerciales que terminan solucionándose con acuerdos y compromisos sectoriales.

En este plano también se debe destacar que aún los principales rivales cooperan en varios campos, cada uno por supuesto defendiendo sus intereses. China inició su salto adelante por impulso de Estados Unidos generando una simbiosis que dura hasta hoy.  Sus relaciones comerciales, financieras y de inversión son de las más fuertes del mundo, aún atravesadas a veces por diferencias que terminan subsanándose con acuerdos. Empresas norteamericanas trabajan en China mientras que importantes empresas chinas trabajan en Estados Unidos.

Hay otro plano, si se quiere secundario pero que en ocasiones pasa a un primer plano comunicacional: la afinidad o alejamiento “ideológico” -si vale el término, con todos sus matices y prevenciones- de los protagonistas políticos internos. Tal vez el mejor ejemplo sea la relación del presidente Milei con Estados Unidos y con Trump.

Es cierto que la afinidad ideológica condimenta las relaciones personales, pero también lo es que no necesariamente define la estrategia de largo plazo de los países. De hecho, el primer acercamiento de Milei con Estados Unidos lo hizo con el presidente Biden, entonces enfrentado duramente con Trump. Fue Sergio Massa, dirigente peronista, quien dio muestras de una primer afinidad con Trump concurriendo a su toma de posesión en 2015 y el propio FMI el que le toleró los fantasiosos dislates de su política económica sin restarle su respaldo. Otro peronista, Carlos Menem, cultivó lo que definió como “relaciones carnales” con EE. UU. invitando al presidente Bush a una visita de Estado que incluyó su discurso en el Congreso Nacional y obteniendo para la Argentina la condición de “aliado extra-OTAN”, condición a la que -debe destacarse- ninguna administración posterior renunció.

La actitud del FMI, influida por Estados Unidos, permitió los primeros pasos del programa económico de estabilización en un momento realmente dramático para el país. Llegado Trump, ese acercamiento se profundizó. En todo caso, del arte de la diplomacia política y comercial dependerá obtener la mejor situación para los intereses nacionales sin impostar posiciones y teniendo en cuenta las metas que el país se fije a sí mismo para las próximas décadas, lo que debe resolver con su debate interno y sus procesos electorales.

La creatividad, compromiso democrático y sentido patriótico de los argentinos: su pueblo, sus instituciones, sus partidos y dirigencias son los responsables de definir su rumbo y sus políticas. Honrar su historia, su dignidad, sus héroes, pero muy especialmente su futuro.

 Tal vez esa sea la forma de avanzar nuevamente hacia el sueño de Roldán y la Argentina, en el lejano sur del planeta, con recursos de todo tipo, singular amplitud climática y una población plural, tolerante y cosmopolita, vuelva a ser ese faro que ilumina el horizonte en un mundo cada vez más complejo, incierto y lleno de acechanzas.

 Ricardo Lafferriere 

domingo, 4 de enero de 2026

TODO CAMBIA

 




Todo cambia

Hay una nueva policía para el mundo. La “real politik”, la política del poder, está reorganizando el mundo -los países, el comercio, los bloques geopolíticos, las ideas  mismas-... y ya los principios “sólidos” sobre los que se organizó la comunidad internacional luego del último reordenamiento geopolítico -la 2ª gran guerra- no tienen más valor de por sí ni son reconocidos sin debate (ni las economías nacionales, ni las relaciones de poder, ni los supuestos ideológicos como la soberanía de los estados, la autodeterminación, la posibilidad de una justicia internacional, etc.)

Es un proceso en marcha. Luego de que la “realpolitik” termine el reordenamiento “grueso” vendrá la etapa de reescribir las nuevas reglas -económicas, militares, financieras, comerciales...- sin que pueda saberse cuándo.

Mientras tanto, entraremos en una etapa de turbulencias imprevisibles con el mundo convertido en una selva donde los más fuertes medirán fuerzas y definirán sus áreas de influencia, sus alianzas más fuertes, sus reglas “hacia adentro” de sus respectivos bloques y sus relaciones entre los bloques, la nueva organización institucional del mundo, etc.,

EEUU, China,Rusia, la UE, entrarán en una puja diacrónica económica, militar, política, territorial, hasta ideológica, cuyos términos precisos hoy por hoy  no podemos definir.

En términos políticos, la piedra angular del orden internacional era la división del mundo entre un pequeño grupo de países fuertes, triunfadores en la guerra, miembros permanentes del “Consejo de Seguridad” de las Naciones Unidas con poder de veto, compartiendo el poder formal con otro grupo de países, de composición rotativa, elegidos por el resto de la comunidad internacional. Un supuesto tácito indicaba que los cinco “grandes” nunca entrarían en una confrontación directa entre ellos. Se asumían, por así decirlo, como la policía del mundo. La globalización destrozó ese diseño.

Ese orden desembocó en el gran desorden que atravesamos hoy, sencillamente porque el poder relativo de los países cambió, así como los bloques de poder y las normas que al interior de cada uno de esos bloques mantenían una relativa disciplina interna.

La crisis del orden de posguerra dejó al mundo sin normas compartidas, reemplazadas por el “puro poder” de la “realpolitik”, coexistiendo con el remedo institucional virtualmente inservible del orden decadente.

Cada uno, ahora, hace lo que puede y quiere, asentado y respaldado-como antes de la Segunda Guerra- en el poder que cada uno tiene o cree tener. Se fija nuevas metas, construye nuevos bloques de alianzas y actúa, en síntesis, sin responder a normas.

Se trata de una nueva política en la que la “realpolitik” -la política del poder- está reorganizando el mundo -los países, el comercio, los bloques geopolíticos, las ideas en pugna-... y que ya los principios “sólidos” sobre los que estaba organizado el mundo no son reconocidos más por todos como valores “en sí” (ni las economías nacionales, ni las relaciones de poder, ni los supuestos ideológicos como soberanía de los estados, la autodeterminación, la justicia internacional, ni siquiera los derechos humanos).

Luego de que la “realpolitik” termine el reordenamiento global, vendrá la etapa de reescribir las nuevas reglas... sin que podamos saber cuándo, porque es un proceso dinámico, complejo y con muchos actores. En ese gran diseño -cuyas grandes bases serán decididas por los “grandes”, como lo hicieron en 1945- buscarán incidir los “pequeños” a los que les toque -o elijan, si les queda margen para hacerlo- quedar en cada uno de los bloques.

Estados Unidos está replegándose hacia su continente de origen y su acción se sentirá más fuertemente cuanto más cercano esté de su territorio e intereses nacionales.

¿Qué Trump busca el petróleo de Venezuela? Obviamente. ¿Qué Venezuela tiene derecho a su petróleo? Obviamente. Pero pensar que puede actuar sin represalias -en plazo corto, mediano o largo- afectando intereses de EEUU, es una ilusión. Expropiar sin indemnización a empresas norteamericanas -como hizo Chávez, o como lo hicieron los Castro- creyendo que una alianza con otro poderoso le daba un Bill de indemnidad, también es una ilusión. En el mundo, mandan los intereses, y a los “grandes” en los que se apoyaban no les interesa hoy en lo más mínimo distraer poder o esfuerzos en sostener una banda de delincuentes con tan poco a cambio y el riesgo de extender un conlicto en el que no tendrían ganancia alguna.

Arturo Illia anuló los contratos petroleros firmados por el país con compañías americanas en Argentina. Cierto. Tan cierto como que lo hizo indemnizando a los expropiados. Tal vez hasta fue uno de los actos de gobierno que le costó el poder.

Me entristece ver que la democracia no tuvo en Venezuela  la fuerza necesaria para terminar con una narcodictadura sanguinaria, tanto como me alegra ver que esa dictadura parece estar llegando a su fin. Claro que hubiera preferido que la banda de delincuentes que se hizo con el gobierno de Venezuela hubiera sido vencida por la fuerza de la razón y de los votos. Pero no lo fue y mientras tanto seguía torturando, encarcelando, matando, violando y robando a CIENTO DE SERES HUMANOS CONCRETOS, NO A ABSTRACCIONES TEÓRICAS.  ¿Es esto indiferente para los críticos de la acción  norteamericana?

Alguna vez escribí que cada valor conlleva un disvalor. El valor del encarcelamiento de Maduro conlleva el disvalor de haber sido hecho por actores que en realidad se movieron por otros motivos que restablecer la democracia y el estado de derecho: por sus intereses. Es un mal sustancialmente menor.

La forma de sintetizar esta aparente contradicción es la acción. La que deberán poner en marcha los venezolanos, con la inteligencia y el compromiso que han demostrado, para recuperar el gobierno de su país, en un marco sustantivamente mejor. Podrán exigir democracia, podrán promover liderazgos, podrán discutir su destino en espacios de libertad claramente mayores. Tendrán aliados en el mundo que los ayudarán a reconstruir su país y pueblos que, así como acogieron a los ocho millones de emigrantes que buscaban sobrevivir, hoy les tenderán una mano -o miles de manos- cuya amistad han cosechado en los países que fueron honrados con su elección de reconstruir allí sus vidas, mientras la dictadura seguía asolando su patria.

Entonces, viva Venezuela libre. Viva la reconstrucción democrática de Venezuela realizada por los venezolanos, que no estarán solos. Y viva ese sentimiento que movilizó, hace dos siglos, en todo el continente, la independencia de la América hispana y que cantamos tres veces en nuestro himno mientras luchábamos para ser reconocidos por los “libres del mundo” como una nueva nación independiente: “...libertad, libertad, libertad”.

Ricardo Lafferriere

martes, 10 de junio de 2025

LA CONDENA A CRISTINA KIRCHNER

 





Muy poco se puede agregar a lo ya dicho con respecto al juicio contra la ex presidenta CFK y un grupo de funcionarios y allegados.

La reflexión que sigue está abierta, porque confieso no haber podido comprender la congruencia de los dichos de la Vicepresidenta con los principios que sostiene el estado de derecho. La resistencia de un personaje importante a someterse a la ley y la justicia da por tierra con las construcciones teóricas sobre la naturaleza del poder democrático, la pirámide jurídica y la vigencia de la ley como marco supremo de convivencia en paz.

Es obvio que no se trata de esperar la actitud de Sócrates bebiendo la cicuta aun estando convencido de la injusticia de la sanción, que por cierto no es este caso. La auto eximición es impune, aún en nuestro Código Penal. Nadie puede saber lo que habita en lo profundo de pensamiento y sentimiento de otra persona. Cada delincuente tiene sus motivos, que desde su valores justifican su accionar delictivo. CKF puede estar íntimamente convencida que hizo el bien actuando como actuó y eso es comprensible y hasta respetable.

El problema surge cuando esa convicción choca duramente con lo que la sociedad considera compatible con un comportamiento valioso y, al contrario, opina que esa conducta -autojustificada, como lo son todas las conductas en la convicción de cada delincuente- es perjudicial para la convivencia y debe ser evitada y sancionada.

Las leyes penales -que son islotes de excepción en el principio de la libertad de las personas, definiendo las conductas que no son toleradas por el conjunto- tienen esa misión: hacer posible la convivencia en cualquier orden social.

Hay entonces tres conceptos en juego. El primero es la clara determinación del conjunto social que, a través de las leyes sancionadas por los representantes de los ciudadanos y por el procedimiento que éstas establecen para garantizar los derechos fundamentales de todos, delincuentes o no, define qué actitudes considera disvaliosas y en consecuencia no las tolera y las sanciona.

Cada persona puede considerar a cada ley como injusta y proponer cambiarla -tampoco es este el caso-, pero mientras esté vigente es obligación respetarla si se desea convivir con los demás. De nuevo: Sócrates bebió voluntariamente la cicuta que lo mató, aún a conciencia que su sentencia a muerte era injusta, porque el respeto a las leyes era más importante que su creencia o convicción.

El segundo es el principio de la democracia. Tampoco es un armado rígido y eterno. Las distintas formas que ha adoptado la democracia a través de historia y geografía indica que es nada más que un mecanismo instrumental para definir cómo se ejerce el poder, cuáles son sus límites, cómo se sancionan las normas, cómo se las ejecuta y cómo se las aplica. El valioso diseño de los tres poderes logra este equilibrio para que el sentir y deseo de la mayoría de los ciudadanos defina qué es permitido y qué no lo es, y las formas de sancionar a quienes cometan los hechos que la sociedad no tolera.

El tercero es el de la igualdad de los ciudadanos ante la ley, principio éste que se abrió camino luego de luchas de diversa intensidad hasta nuestros días, en los que su perfeccionamiento motoriza reclamos y afortunadamente ha logrado resultados impensables hasta hace no muchos años: el sufragio libre igualitario, los derechos civiles y luego políticos de la mujer, la prohibición de la discriminación, la igualdad de trato a los diversos géneros, y otras aspiraciones que marchan en el mismo sentido. En su forma más básica, prístina y contundente, está grabado en el art. 16 de nuestra Constitución: en la Nación Argentina “todos sus habitantes son iguales ante la ley”. Y en las estrofas que entonamos desde niños: “Ved el trono a la noble igualdad”.

Los ciudadanos argentinos han sancionado y jurado su Constitución Nacional. Ella determina como son elegidos sus representantes para dictar las leyes, cómo un presidente para que las haga cumplir y cómo a jueces para que sancionen los incumplimientos.

Entre esas leyes están las normas penales, las que ha sido probado en forma pública y contundente haber sido violadas por los imputados.

Los imputados, a su vez, han sido tratados con muchísima más enjundia y cuidadoso cumplimiento de las formalidades legales que a cualquier ciudadano de a pie  y le han sido garantizados sus derechos inalienables, entre los cuales está la presunción de inocencia, el debido proceso, su derecho de defensa y la vigencia de las reglas procesales sancionadas por los  legisladores para que el proceso penal garantice no sólo las aspiraciones de la sociedad a que sus normas sean cumplidas sino también los derechos constitucionales de los imputados.

En consecuencia, la actitud de la imputada CFK está fuera del orden constitucional, fuera de la ley penal y fuera de la ley procesal. La actitud de los magistrados, por el contrario, ha sido impecable, tolerando mucho más de lo que se le hubiera tolerado a cualquier argentino con acusaciones y pruebas parecidas.

Pero aún presumiendo una alteración cognitiva en la principal imputada, tanto o más grave es el comportamiento de otros actores: legisladores, dirigentes, gremialistas e incluso ciudadanos que la han votado y la siguen apoyando. No estamos en la primera mitad del siglo XX, cuando masas irracionales seguían a sus líderes aún a las atrocidades más repudiables. Estamos en el siglo del conocimiento, de la interacción general por las redes sociales, en la reafirmación de la conciencia y la responsabilidad individual y en la reivindicación de los derechos ciudadanos, aún los tradicionalmente negados tras el velo de costumbres ancestrales.

 En este proceso no se discuten ideologías políticas sino comisión de delitos. Las ideologías se discuten en los procesos electorales. En los juicios penales el debate versa sobre hechos delictivos, sus autores y sus eventuales sanciones. No son los dirigentes, ni los gremialistas, ni los ciudadanos de a pie los que participan ni deben participar de estos debates. Es misión de los jueces.

Son campos diversos, que no pueden superponerse so pena de retrotraer la convivencia a tiempos pre-constituyentes, cuando los caudillos con poder decidían sobre vida, muerte y patrimonio de las personas y cuando esos mismos caudillos confundían lo público con lo privado y el presupuesto público con su propio patrimonio.

No queremos volver a eso. Al contrario, queremos avanzar hacia una sociedad más fuerte, con leyes cumplidas por todos, sin privilegios de ninguna índole, en la que rija en plenitud el pacto constituyente y las leyes que se dicten en su ámbito. Y también suturar la profunda herida que sufre el país.

Ricardo Lafferriere

 

lunes, 10 de marzo de 2025

REALISMO



El abrupto cambio de la posición norteamericana en la guerra de Ucrania puede ser visto como la intención de un empresario de abrir espacios de negocios en la eventual reconstrucción de lo quede del país invadido -y destrozado-, o puede encuadrarse en una estrategia mayor, que seguramente impulsan algunos de quienes forman sus equipos de analistas, no siempre a la luz.

Evitaré los adjetivos. No creo que la primera opción sea -al menos, la única- causa de ese cambio. Al contrario, parece clara la intención de acercarse a Rusia, con la finalidad imaginada de que ésta debilite o aún rompa su alianza con China, a quien la “inteligencia” norteamericana -la “realista”- considera su principal rival-enemigo en el futuro próximo y durante el presente siglo.

A tal fin, cual un elefante en un bazar, el presidente de EEUU da pasos que no pueden ser menos que aprovechados por Rusia, al contar con un imprevisto aliado que “cambia de bando” en su mayor conflicto presente.

El acercamiento ruso-norteamericano, si prosigue su profundización estratégica, nos mostraría un potente eje militar -se trata de las dos potencias con la mayor fuerza nuclear del planeta, que en conjunto presentan una supremacía abrumadora- con la intención, con sus matices, de disciplinar al resto del mundo.

Hay, sin embargo, matices.

Los Estados Unidos de Trump, con su “realismo desmatizado”, no considera a Rusia un rival y -de hecho- ni siquiera un peligro para sus intereses. Dejando atrás las visiones de la Segunda Guerra y de la propia Guerra Fría, poco le preocupa la ambición imperial rusa y más bien lo ve como un potencial aliado.

¿Contra quién? Pues, contra China.

En esta idea desmatizada no considera a Europa un protagonista importante y mucho menos a Ucrania, a la que, en su objetivo de acercarse estratégicamente a Rusia, no tiene problemas en entregar totalmente. En otras palabras, no le interesa y más bien es una molestia. El presidente Trump lo ha dicho claramente: “Hemos dejado de apoyar a Ucrania y le hemos retirado el apoyo en inteligencia para que Rusia pueda hacer su trabajo. Con Rusia podemos entendernos más fácil”.

Frente a esto, que ha golpeado en forma irreversible la credibilidad de Estados Unidos para sus aliados, un ramalazo de realismo también atraviesa a todos sus aliados: Corea, Japón, Australia, Europa, la OTAN. Pero también ha alertado a China, que se ha apresurado a declarar que “en la mesa de negociaciones debe estar Ucrania y Europa” y que no reconocerá ningún cambio territorial.

Es que, imaginando el futuro también con una mirada realista, ese eje ruso-norteamericano debería ser causa de otro gran acercamiento: el de Europa con China y eventualmente India. El gigante asiático, que también visualiza como su rival estratégico a Estados Unidos, dio pasos importantes al acercarse a Rusia en los inicios de la guerra contra Ucrania, pero nunca asumió su relato y tampoco apoyó abiertamente el esfuerzo militar ruso. El mantenimiento de su comercio con Rusia, aprovechando el precio más barato de sus materias primas, no la diferencia en mucho de India, España y otros países europeos -y aún EEUU- que, a través de “proxies” comerciales ha aprovechado la ventaja de la energía barata que Rusia se ha visto en obligación de proveer para financiar su guerra. El propio Xi, en su momento, ofreció a Biden un acuerdo para beneficio “del mundo” que la indecisión del ex presidente norteamericano -más preocupado por su estéril agenda “woke”- nunca asumió.

¿Cómo ve Rusia este movimiento norteamericano? Pareciera ser que como la gran oportunidad de reproducir y potenciar su vocación imperial recuperando los territorios de los Estados que estuvieron bajo su dominio durante la guerra fría, es decir, la mayoría de los países de Europa del Este.

¿Qué actitud tomarían los Estados Unidos -de Trump- ante una profundización del expansionismo ruso en el Báltico y en los países que pueda atacar, ante la defección norteamericana de sus compromisos en la OTAN? Pues el realismo, que no responde a ideologías sino a intereses, indicaría que ninguna. No es algo que le importe, ya que no influirían en su contencioso futuro con quien ve como su principal antagonista, China.

El arsenal argumental ruso y filoruso de que la invasión a Ucrania estuvo motivada por la “expansión de la OTAN hacia el Este” no sólo es falaz, sino ingenuo. La OTAN es una organización exclusivamente DEFENSIVA y no cuenta ni con capacidad ni con doctrina de invasión a Rusia. Los rusos lo saben.

Los países que pidieron unirse a la OTAN lo hicieron ante su percepción -y experiencia de varias décadas de sometimiento- de que el fortalecimiento creciente de Rusia los tenía -y tiene- como próximos objetivos de conquista. Lo han demostrado los pasos rusos en lo que va del siglo y lo demuestra Georgia -que sólo en broma puede considerarse un peligro para la seguridad rusa-, su intervención en los procesos políticos en Georgia, Rumania, Moldavia y la propia invasión de Ucrania.

Los procesos están abiertos. No sería de descartar que en el interior de los Estados Unidos se produzcan movimientos contra el alineamiento promovido por su actual presidente, optando más bien por un acuerdo cooperativo con China -potencia pacífica en ascenso y de futuro- antes que un acuerdo belicista con Rusia -potencia violenta de pasado, en decadencia-, aunque no parece posible en lo inmediato, con una elección presidencial reciente y los demócratas aún tomados por la hojarasca “woke”.

 Lo que parece más posible es que la OTAN se debilite -o desaparezca- siendo reemplazada por un esquema de seguridad europea sin EEUU, que Europa inicie contactos con los aliados de EEUU descreídos que están en el resto del mundo e incluso que impulse su acercamiento económico a China ya que, si bien el eje ruso-norteamericano tiene el mayor poder militar del planeta, el mercado europeo-chino superaría en conjunto en varias veces la potencia económica y tecnológica de aquel eje militar de los protagonistas de la vieja “Guerra fría” y tiene capacidad y condiciones para financiar y reconstruir un poder militar propio.

Lamentablemente, en este escenario y salvo un fuerte apoyo europeo o una gran presión del pueblo norteamericano por encima de sus dirigencias, el futuro inmediato de Ucrania pareciera estar jugado, abandonada a su suerte y el heroísmo de su gente, con el mundo lanzado a un gran realineamiento y reacomodamiento cuyo final difícilmente pueda preverse.

Quien esto escribe lo dijo a poco de iniciar la invasión de Rusia a Ucrania: esa guerra durará el tiempo que los Estados Unidos quieran que dure. Ese tiempo parece haber llegado, y no de la mejor manera para Ucrania, su “proxie”, en palabras del vicepresidente Vance, de pronto transformado de aliado en objeto de negociación.

Para dejar un saldo -uno solo- menos dramático en el corto plazo: el nuevo escenario aleja en unos milímetros la posibilidad de una confrontación nuclear, ya que los dos matones del barrio con fuerza atómica esta vez parecen juntarse para imponer sus reglas al resto del mundo. “Primo, vivere”. Lo demás queda abierto.

Ricardo Lafferriere

 

jueves, 5 de diciembre de 2024

¿Peligra la democracia?

 No son pocos los que se preguntan sobre el riesgo que implican para el sistema democrático las actitudes desmatizadas del presidente Milei.

Son quienes, antes del proceso electoral, tenían una expectativa diferente sobre lo que serían esas actitudes en caso de llegar a la primera magistratura.

Sin embargo, erran si piensan que tales comportamientos son atribuibles con exclusividad al presidente argentino. De hecho, el mundo está hoy gobernado, en un importante porcentaje de su población, por líderes de escasa homologabilidad democrática, aún en democracias consolidadas.

Si observamos al sólo efecto ejemplificativo y por cantidad de población a los países con fuerte grado de personalismo en el desempeño del poder presidencial, no será una sorpresa observar que tal vez entre el 70 y 80 % de los habitantes del planeta viven en sociedades con estas características del poder concentrado. Y no son países menores.

China tiene 1.400 millones de habitantes. La concentración del poder en el presidente Xi no tiene parangón cercano desde la muerte de Mao. Maneja férreamente el Partido Comunista de China y no duda en “purgar” a los dirigentes que opinen sobre la gestión de Xi de manera crítica. Y es el país más poblado, la primera economía y la segunda potencia militar del mundo.

Rusia, con menos habitantes pero gran poder militar, es conducida con mano férrea por Vladimir Putin, cuyas credenciales democráticas no hay día que no se pongan en duda. Su rival en la sangrienta guerra de invasión rusa sobre su país, Volodomir Zelensky, lidera Ucrania férreamente, eclipsando el papel y la propia visibilidad de la Rada, el Poder Legislativo.

En la India, con casi 1500 millones de habitantes, Morendra Modi, con su controvertido estilo nacionalista y autocrático, ha logrado la mayoría absoluta en el parlamento y mandado al baúl al histórico Partido del Congreso.

Pero miremos a Occidente. Aquí el deslizamiento de las democracias hacia estilos personalistas también se nota y no sólo en formaciones “de derecha” como podría calificarse al estilo político de Orván, con su fuerte liderazgo nacionalista húngaro. En la novedosa “izquierda” bolivariana no se queda atrás Pedro Sánchez, cuya deriva hacia una especie “hispano-kirchnerismo” es cada día más evidente, cooptando y colonizando en forma sistemática los diferentes órganos del Estado en el marco de una notable corrupción y con la mira puesta en el control de la justicia, aún al precio del peligro de la desarticulación sustantiva del propio estado español.

Estados Unidos acaba de elegir presidente. Trump comparte esta novedad autocrática. Sus antecedentes de gestión, su apoyo al ataque al Congreso en las postrimerías de su gobierno, la cooptación paulatina de la justicia, su ataque a los medios de comunicación y su desprecio a la dirigencia política que no lo apoya lo acercan bastante al estilo del presidente Milei. Cierto es que no se han atravesado las líneas rojas de la democracia institucional, pero también lo es que son escasas las expresiones de compromiso democrático que puedan tranquilizar a los espíritus más sensibles a las democracias liberales.

En algunos casos, las preocupaciones son estratégicas (Rusia, Putin); en otros, la necesidad de conducción unificada en la disputa por el liderazgo global (China, Xi); en otros, la saturación de una pobreza sin destino (India, Mori); en otros, el deterioro sin final (Argentina, Milei); en otros, la reacción frente al deterioro de la situación personal de los ciudadanos y la ausencia de objetivos con capacidad de entusiasmar (EEUU, Trump). Tanto las causas como los remedios propuestos carecen de similitud, mucho menos de identidad. Simplemente se hacen eco directo de la disconformidad de los ciudadanos, de pronto protagonistas decisivos por la acción de su utilización de las redes sociales. Los hay más o menos “democráticos”, más o menos “derechistas” o “izquierdistas” -o difícilmente encuadrables en esas categorías del siglo XX-.

¿Qué los une? Pues su pretendida vinculación directa con “el pueblo”, su ataque sistemático a las instituciones de la democracia liberal, su nacionalismo y su desconfianza visceral hacia los organismos burocráticos de gobernanza global.

Por el otro lado, enfrente, en el campo de las democracias sin liderazgos fuertes, la constante política es la inestabilidad y la ausencia de reflexión conjunta de los liderazgos nacionales. Francia, Holanda, el Reino Unido, Alemania, los propios países nórdicos, enfrentan procesos desestabilizadores consecuencia de sus irresponsables políticas migratorias abiertas sin planificación ni objetivos, volcando las tensiones en acusaciones recíprocas que en la mayoría los casos escapan al análisis de los problemas reales para refugiarse en el cómodo nido de sus antiguas convicciones ideológicas.

Este recorrido parece indicarnos que estamos frente a una tendencia de época, en el que la representación tiende a dejar de estar mediada por partidos y grupos de opinión para expresarse en forma pretendidamente lineal entre los ciudadanos y el líder, al estilo de los totalitarismos del siglo XX -Stalin, Mussolini, Hitler, Franco, los propios Castro-.

Entonces... ¿debemos preocuparnos por Milei?

Debe reconocerse que algo de culpa existe en el mundo “republicano” criollo, con diferentes grados de responsabilidad. Milei llega por el hastío de la población ante una situación desbocada hacia el anarquismo económico, la indisciplina social y la orgía de corrupción frente a los cuales no veía un liderazgo alternativo sin complicidades con el pasado. Ello no quiere decir que Milei no las tuviera, sólo que no eran percibidas o consideradas importantes por los ciudadanos. Salvo Milei, nadie aparecía desembarazado de alguna complicidad histórica o presente, socio del estado de cosas que se había ya hecho decididamente intolerable, o con algún grado de vinculación con el establishment político, económico, comunicacional y gremial que había llevado al país a su situación terminal.

Las banderas ordenancistas de Milei van cumpliéndose, lo que nos presenta un futuro dual -incluso para él-. Controló el desborde hiperinflacionario y está dando una lucha pocas veces vista contra la inseguridad y el narcotráfico, apoyado en la gestión de Patricia Bullrich. Con sus matices, “misión cumplida”. Esto le abre las puertas a lo que venga. Y lo que venga no es un camino unívoco, como los dos frentes de batalla en los que se apoyó hasta ahora, sino que se abre en abanico hacia temas en los que no existe en los ciudadanos la misma unicidad de demanda que para los dos primeros. Desde ahora, avanzará en un campo minado, porque muchos -la gran mayoría- de quienes lo apoyaron por su convicción antiinflacionaria y por la seguridad no ven de la misma forma sus propuestas en educación, seguridad social, previsión, justicia. Y cometería él un grave error si creyera que los apoyos que tuvo en esos dos primeros grandes desafíos serán trasladables a las propuestas que tenga sobre los otros campos.

Eso lo ha llevado a deslizarse hacia complicidades que resultarán inexplicables para su base más convencida: su acercamiento al kirchnerismo, su distancia por cuestiones electorales secundarias con el PRO y aún con el radicalismo dialoguista y su excesiva proximidad a la “casta”, que aunque él ha intentado sin sonrojarse identificar con el radicalismo, todos los ciudadanos leen -y saben-como integrada centralmente por el entramado mafioso y seudomafioso liderado por el kirchnerismo, el  que condujo el país a su desastre.

 El futuro -quizás el cercano, o inmediato- mostrará hacia dónde termina perfilándose Milei. Si es hacia un futuro democrático e integrador, hacia una sociedad moderna pero también solidaria, alejada de la corrupción pero comprometida con dar una mano a los perdedores en la lucha por la vida, deberá crear y reforzar puentes hacia la política que, en otras fuerzas, no reniegan y apoyan las políticas de racionalidad económica pero reivindican un papel para el Estado irrenunciable en educación, salud pública, seguridad, justicia, vivienda, ambiente. Seguramente exigirá trabajo político de construcción y debate, entendiendo que las miradas con matices diferentes no son “casta” ni “inmundos zurdos” (reminiscencia, tal vez de los “salvajes unitarios”...) sino saludables expresiones de una Argentina plural. Demandará más trabajo y creatividad intelectual pero desembocará en una Argentina próspera, plural, libre y una democracia vibrante.

Si cree que sus afirmaciones -cambiantes, lábiles, contradictorias- sobre los temas no económicos deben ser avaladas sin juicio ni debate, terminará cayendo en la alianza espuria con quienes poco se resistirán a avalar cualquier cosa -es su historia- a condición de preservar sus nidos de corrupción que les permitan subsistir hasta que cambie el humor de la historia y vuelvan a tener chances de recuperar lo que hayan perdido del “botín” estatal. Conseguirá leyes no debatidas sino compradas, una justicia adicta pero no confiable, un país tenso, desigual, polarizado y pendular, con una democracia raquítica y endeble.

En su nueva fuerza política tiene expresada esa tensión y deberá decidir. Así fue el dilema de Kirchner en 2002 y prefirió tomar el camino de blindar su poder en lugar de recrear una democracia limpia. Ojalá que Milei no se equivoque igual. 

Ricardo Lafferriere

martes, 1 de octubre de 2024

LA BATALLA DE LOS PRECIOS

El esfuerzo nacional para evitar la hiperinflación está siendo exitoso y aún la lucha contra la inflación más normal parece marchar en un sentido positivo.

El crecimiento de la desocupación preocupa, pero se ha logrado evitar la crisis general de desempleo que con una hiper podría haberse multiplicado. Ha comenzado a aparecer el crédito, y aún el de largo plazo aunque reservado por ahora para familias de ingresos medios-altos y altos.

Las finanzas públicas se han puesto bajo control, aunque falten numerosos capítulos de reformas imprescindibles.

Sin embargo, hay un capítulo donde se hace imprescindible avanzar con medidas de apertura y reformas internas: el nivel de precios, que, aunque estabilizado, muestra insostenibles desfasajes con el entorno regional y global.

Ropa, calzado, juguetes, muchos de los propios alimentos, electrónicos, óptica, vehículos, y muchos otros rubros muestras precios totalmente desfasados con lo que paga cualquier ciudadano del mundo y de la región por esos mismos productos. En muchos casos, la diferencia es de dos, tres y hasta cinco veces.

Este desfasaje es hoy la causa de una creciente intolerancia social y sentido como una injusticia frente al esfuerzo realizado. Debe atacarse con la misma firmeza con que se atacó y se ataca el desnivel de las finanzas públicas.

Curiosamente, los precios de los bienes públicos estatales no son los más desfasados al alza sino, al contrario, son los más bajos aunque en la percepción general parezcan altos. Las tarifas, aún con sus subas, no llegan en promedio al 60 % de lo que cuestan en los países vecinos y aún en el mundo. Los combustibles, a un 70 %; la electricidad, a un 75 %; el transporte, menos del 50 %.

El problema está en el mercado, en la economía privada, que conserva nichos enormes de protección arancelaria, deformaciones monopólicas ultramontanas e ineficiencias microeconómicas, además de una presión impositiva desmedida para sostener los comportamientos populistas del Estado que aún subsisten. Por no hablar de los salarios. Los mínimos de la región:  Uruguay, USD 570; Chile USD 554; Paraguay USD 360; Argentina USD 280. O los planes de salud en las “obras sociales” y medicamentos. En otras palabras, un argentino debe pagar los productos sustancialmente más caros pero cobra de sueldo la mitad, no ya de EEUU, España o Alemania sino que Uruguay, Chile o Paraguay. No es sostenible.

Es imprescindible entonces lanzar una batalla por los ingresos que debe pasar por supuesto por los salarios, pero mucho más fuertemente por los precios. Sueldos y precios homologables, al menos, con el entorno regional. Es el gran desafío.

Ricardo Lafferriere