viernes, 8 de mayo de 2026

¿Nuevos bloques estratégicos?

Paulatinamente, parecen estar dibujándose en el plano global nuevos alineamientos estratégicos que de concretarse dejarán una escena planetaria sustancialmente distinta a la bipolaridad de la guerra fría y la unipolaridad americana que la sucedió.

Un hecho que pasó relativamente desapercibido ha cambiado sustancialmente la percepción sobre la secular tensión en el medio oriente y tendrá efectos globales. En el marco de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, el país más golpeado por Irán -luego de Israel- fue Emiratos Árabes Unidos (EUA): 550 ataques misilísticos y 2200 ataques con drones-.

Un ataque de un país árabe contra otro. Lo singular fue que una defensa fundamental de EUA fue realizada por el sistema “Iron Drome” (Cúpula de acero), que le fuera facilitado por Israel a raíz de un pedido realizado por el presidente emiratí Mohamed bin Zayed al primer ministro Benjamín Netanyahu. El ataque de un país árabe contra otro fue neutralizado por Israel, apoyando la defensa del segundo.

El tema no quedó allí: constituyó el primer despliegue del sistema de defensa israelí fuera de su territorio, y no se limitó a ello. EAU recibió, por disposición de Netanyahu, un sistema de vigilancia avanzado, la articulación de sus sistemas de inteligencia, y un sistema láser “Iron Beam”, de gran efectividad en la intercepción de drones.

El medio oriente se reconfigura alrededor de los acuerdos “Abraham”, impulsado por Trump en su anterior mandato, cuyo objetivo es reorganizar ese espacio sobre la base del acuerdo entre los países árabes moderados e Israel, en fuerte coincidencia con Estados Unidos.

El avance de este proyecto es coherente con el retiro parcial del poder americano en Europa, que para el país del norte ha dejado de ser una prioridad estratégica y al que considera en condiciones de “defenderse sola” de un eventual ataque ruso, del que la inteligencia de EEUU descree. Tan solo le interesa de Europa su zona norte, por su cercanía con las nuevas rutas marítimas polares que se están abriendo y se abrirán como efecto del calentamiento global y el derretimiento de gran parte de los hielos árticos.

En ese marco, las bases americanas en el centro y sur de Europa reducen su importancia estratégica y pueden ser reemplazadas por nuevos asentamientos en el nuevo espacio estratégico del norte de África y medio oriente. La circulación por el Mediterráneo y Suez puede ser custodiada desde países que Estados Unidos está construyendo como nuevas amistades estratégicas y configurando un importante bloque regional de poder. Su mirada en la construcción de “poder duro” no se dirige ya al viejo rival de la guerra fría, al que considera en inexorable decadencia y que no tendría siquiera en cuenta si no contara con el poder nuclear residual del que dispone.

Si estos supuestos avanzan -y los hechos parecieran indicar que sí- la fragmentación estratégica de Europa se haría cada vez más patente. Un norte más cercano a Estados Unidos, un centro industrial apuntando a su reindustrialización y a desarrollar un sistema defensivo tomado en sus manos y menos dependiente de Estados Unidos, y un sur sumergiéndose en un conflicto que no asume, el de su creciente islamización golpeando su convivencia con valores extraños liderados por el extremismo integrista de Hamás, los Hermanos Musulmanes, Hezbollah, las células iraníes “dormidas” y la creciente influencia electoral de los inmigrantes. El destino de la Unión Europea se ve cada vez más incierto. Por ahora, “cruje” y no se ven estadistas del nivel de los que la construyeron, en la segunda mitad del siglo XX.

La migración indiscriminada musulmana inducida por el gobierno hispano para utilizarla en la lucha política española recuerda a la historia de los nobles españoles que en el 711 se levantaron contra el rey Rodrigo e invitaron a Musa ibn Nusayr, gobernador musulmán de Ifriquiya -actual Túnez y partes de Libia y Argelia-, a cruzar el estrecho de Gibraltar con su ejército para vencer a Rodrigo y luego se fueran. Cruzaron, vencieron a Rodrigo, pero se quedaron 700 años.

Hoy, Marruecos está en mejores relaciones con Estados Unidos que España. Italia, a su vez, no termina de definir su futuro, tironeada a tres bandas por la Europa franco-alemana, por su lazo histórico con Estados Unidos y por la presencia de la numerosa colectividad musulmana -sobre la que ya advirtiera, hace casi tres décadas la recordada Oriana Fallaci- y cuya fuerza electoral puede decidir quién gobierna Italia.

En el lejano oriente, EEUU mantiene una estrategia bipartidista -a pesar de los curiosos discursos antidemócratas de Trump- consistente en reforzar su línea de aliados de primer nivel -Japón, Corea del Sur, Taiwán- con el propósito de evitar la expansión y dominio marítimo de China fuera de su cinturón de islas. Y China prosigue su tenaz tarea de impulsar su comercio y acercarse a los mercados globales para apoyar en ellos su desarrollo, a la vez que impulsa su fuerza militar y su desarrollo tecnológico, ambos aspectos en los que encuentra aún lejos de su rival.

Esta reconfiguración apunta a desembocar en dos grandes bloques globales, alrededor de los liderazgos de Estados Unidos y de China, que paso a paso construyen su “poder duro”, aún dentro del marco de tolerancia recíproca soldada por sus intereses comunes, que de hecho existen. Empresas chinas realizan muy buenos negocios en Estados Unidos, y la recíproca es tan cierta como que fue la economía americana la que, luego del viaje de Nixon en 1972 y la decisión del XII Comité Central del PCChina en 1978, financió su exitosa modernización.

Detrás quedarán la Europa fragmentada y el sueño imperial de Rusia. Sus limitaciones e impotencia en el ajedrez mundial las ubicarán como satélites de uno u otro de los bloques, sin olvidar la pujante presencia de la India, jugador que con inteligencia sortea las coyunturas aprovechando las necesidades de unos y otros para superar sus desigualdades y construir su gran salto adelante.

Ricardo Lafferriere

 

 

 

viernes, 17 de abril de 2026

TRES EUROPAS

 Desatada la lucha real por el diseño del mundo que sucederá a la “paz americana” post  guerra fría entre la potencia dominante y la que desafía su hegemonía, el resto del mundo busca su espacio con las armas que conoce.

El gran alineamiento no prevé terceros bloques, y en un escenario en el que la ingenuidad -o los errores- pueden resultar caros, Estados Unidos y China desarrollan sus estrategias de competencia-cooperación (como lo hicieran durante varias décadas EEUU y la URSS) moviendo  sus piezas cada uno en dirección a su objetivo: el poder establecido reforzando su posicionamiento con la fuerza velada o desatada, y el desafiante buscando las grietas por donde pueda colar su verdadero poderío: el económico y comercial.

En el fondo ambos son conscientes del papel decisivo del poder “duro” y ambos lo construyen.  Tecnologías, armamentos avanzados, poder territorial, dominio de los recursos escasos, fuentes de energía, vías de comunicación, son determinantes de ese poder.

Pero también es cierto que para lograr afianzarlo y mantenerlo, ese poder no puede estar exhibiéndose cotidianamente so pena de desgastarse y convertirse en inútil. Los momentos de fuerte exhibición de poder duro deben ser entonces matizados por largos períodos de poder blando en los que se deben contemplar los intereses, deseos y aspiraciones de los terceros, más o menos cercanos a unos u otros en un minué que está lejos de ser estable, y en intervenciones no siempre buscadas para responder a antiguos aliados amenazados hasta con su desaparición por antagonistas irracionales en los que el abismo cultural y la intolerancia alcanzan niveles enfermizos.

Entre esos terceros los hay algunos más cercanos a los grandes protagonistas y otros más alejados. Los hay, incluso, quienes sueñan con participar de ese banquete de dos, alguno ilusionado con reconstruir su pasado imperial, otros con convertirse en el pivote de la segunda mitad del siglo por su creciente población y desarrollo acelerado, y otros porque no se resignan a pasar a papeles secundarios, tomados por la añoranza de viejas glorias coloniales.

Rusia, India y Europa enredan sus roles, apostando a una “independencia estratégica” que no les impide jugar con uno u otro de los grandes protagonistas, como si éstos fueran ingenuos.

Por último, el mundo musulmán protagoniza un “revival” que intenta poner en valor la fuerza amalgamante de sus creencias religiosas en el plano político disputándose en el fondo el respaldo de grandes masas humanas en las que el racionalismo -que nació en Occidente y que con sus características sí se ha instalado en China, Rusia a la India- está en gran medida ausente y en consecuencia lo hace altamente imprevisible. Todo esto con una reserva: no está unido y conviven en él integrismos medievales con visiones occidentalizadas.

Europa, por su parte, pierde aceleradamente su unidad, arrastrada por la dinámica del nuevo mundo bipolar sino-americano en gestación.  El norte -Polonia, Finlandia, los países escandinavos y los bálticos- apunta a mantener lo más firmemente posible la alianza atlántica, aprovechando la necesidad americana de no descuidar las nuevas rutas marítimas que el cambio climático está dejando abiertas. Éstas pasan por sus cercanías y aspiran que eso motive al “gran amigo” americano con poder nuclear a que pueda ayudarles a disuadir a la siempre peligrosa Rusia de recaer en sus sueños imperiales.

El corazón industrial de Europa -Alemania, Francia, Gran Bretaña-, que fuera el motor del sueño de la Europa unida, se debate en la búsqueda de un futuro que se le ha ido escapando de las manos al compás de su imprevisión -en defensa, en la hiperregulación que ha asfixiado y asfixia su economía, y en la actitud de creer que su patronazgo cultural le aseguraría un predominio eterno-. Tiene poder nuclear -Francia, Gran Bretaña- aunque reducido, y sus poblaciones no parecen dispuestas a la fuerte inversión que requeriría prescindir del eventual apoyo americano en caso de requerir la actuación del poder fuerte, imprescindible para cualquier proyecto estratégico de largo plazo. Esta realidad lo condena a un decadente segundo plano.

Y el sur está entregado alegremente a la estudiantina ideológica de mediados del siglo XX ignorando fatalmente la invasión musulmana que siembra en su seno conflictos de convivencia entre una población acostumbrada a la cómoda paz de su estado de bienestar sin grandes conmociones y las grandes masas inmigrantes musulmanas de diferente cultura, actitud proactiva y dinámica impulsada por una religión que está lejos de haber llegado al laicismo tolerante de los herederos del viejo imperio romano, sino que se asumen como portadoras de un mensaje trascendente que les ordena gobernar el mundo en una especie de "contra-cruzadas".

Entre esos intereses tan diversos y tan faltos de “affectio societatis” a Europa le será difícil compartir la visión de futuro y mucho menos lograr la unidad de acción: sin estrategia unificada, sin política exterior y sin defensa común, sus retazos están -tristemente- condenados a buscar en solitario sus lugares posibles.

Ese es el escenario que vive el mundo tras el cortinado. Tras esas bambalinas todo se ordena y tiene coherencia, aún las aparentemente disparatadas, contradictorias y a veces hasta hilarantes declaraciones de importantes liderazgos mundiales, sin embargo siempre motivadas por objetivos que sus emisores tienen claros y estudiados.

Desentrañar y tener en claro la diferencia entre lo actuado como estrategia de lo que es real y efectivamente buscado es, sin dudas, el principal desafío para una comprensión orientadora de los liderazgos políticos. Ello ayudará a asumir las posibilidades y los márgenes de acción para los intereses -y países- que se representan.

Ricardo Lafferriere

jueves, 19 de marzo de 2026

NO SOY NEUTRAL

 NO SOY NEUTRAL

Me disculpo —si es que corresponde disculparse— por afirmar con claridad que no me siento neutral ante esta guerra. Desde mi adolescencia, cuando comencé a decantar mis principios, una sentencia atribuida a Yrigoyen se volvió el cimiento de mi mirada sobre el mundo: “Los hombres son sagrados para los hombres…” Él completaba: “…y los pueblos para los pueblos.”

A partir de esa convicción sostuvo, con la integridad de quien entiende la política como un deber moral, que “las autonomías son de los pueblos, no de los gobiernos”, incluso cuando debió intervenir provincias sometidas por el fraude oligárquico, frente al cínico reclamo de respetar “las autonomías provinciales”. Sobre ese respeto a la libertad de los hombres y de los pueblos se construye la convivencia democrática. Sin él, no hay convivencia posible: sólo queda la lucha.

Los seres humanos son anteriores y superiores a cualquier abstracción filosófica, jurídica o política. Están por encima de los Estados, de las provincias, de los partidos, de las religiones. Representan una sacralidad laica sin la cual todo lo demás pierde sentido. Esa lección nos la dejaron siglos de oscurantismo, persecuciones y dictaduras que creyeron que la vida humana era un instrumento y no un fin.

Hoy el mundo enfrenta múltiples conflictos, pero uno sobresale: el que se libra por esa sacralidad de la condición humana, degradada por el integrismo religioso y por la hipocresía de estructuras políticas aferradas a cálculos utilitarios.

He sostenido alguna vez que la vida es una sucesión de contradicciones y que todo valor arrastra un disvalor. Sólo la acción permite sintetizar la justicia de una posición. No me gusta Trump: ni su chabacanería, ni su torpeza dialéctica, ni su ambivalencia frente a Ucrania, ni su personalidad. Pero por encima de mis reservas está la realidad: nadie, hasta ahora, había decidido o había podido frenar la repugnante orgía de sangre de los ayatolás medievales; ni su chantaje nuclear; ni el cinismo de invocar el “derecho internacional” mientras asesinan a sus ciudadanos en las calles y ahorcan jóvenes y mujeres cuyo único delito es pedir libertad, ni atentando -como lo hicieron en la Argentina- con explosiones que costaron decenas de muertos inocentes.

Desde esa diferencia afirmo que la acción de Estados Unidos e Israel me interpreta, aun sabiendo que para llevarla a los hechos hayan debido alinear intereses más diversos de los participantes. Después —cuando el demonio haya sido derrotado— apoyaré todas las causas que impulsan el progreso humano: la protección del planeta, la defensa de los vulnerables, el arte, la ciencia y la técnica que ennoblecen nuestra marcha, la igualdad ante la ley, el reclamo por la libertad que tres veces entonamos al cantar el himno. Pero antes está el derecho a vivir. Y ese derecho no se garantiza rindiéndose ante el absolutismo que cuelga disidentes, sino honrando la lucha de siglos por la libertad de conciencia y de pensamiento, la misma que hizo posible imaginar un mundo solidario sin fronteras morales.

Liberado el mundo de este peligro, habrá que reescribir las normas que permitan una convivencia en paz: una utopía no sólo kantiana, sino de todos los pensadores cosmopolitas que creyeron en una humanidad sin guerras. Invocar hoy normas cuya inoperancia la ha vuelto inexistentes sólo sirve para justificar lo injustificable: que la vida humana no importa, que puede segarse impunemente y que el poder no reconoce límites.

No se puede invocar la ley para defender su violación.

Por último, conviene recordar que la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 —también “derecho internacional”— aprobada por unanimidad por la Asamblea General de las Naciones Unidas, afirma que “los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre”. Entre ellos, el primero y más elemental: el derecho a la vida, finalidad última de cualquier organización política y de toda norma jurídica civilizada.

Ricardo Lafferriere

 

lunes, 9 de febrero de 2026

ALINEAMIENTO, INDEPENDENCIA Y FUTURO

 Alineamiento, Independencia y Futuro – Informe Ejecutivo

1. Escenario Global

  • EE. UU.: busca preservar el orden internacional, apoyado en poder militar, dólar y valores democráticos.
  • China: potencia emergente, crecimiento económico y tecnológico, control político interno, alianza coyuntural con Rusia.
  • Europa: gran economía, débil militarmente, dependiente de EE. UU.
  • Rusia: potencia nuclear con economía pequeña, guiada por ambiciones neo-imperiales.
  • India: potencia emergente, modernización acelerada, futuro actor de primer nivel.
  • Mundo musulmán: conglomerado diverso, liderado por Arabia Saudita, Irán y Turquía, atravesado por tensiones religiosas.

2. Comparación de actores principales

Actor

Fortalezas

Debilidades

Perspectiva futura

EE. UU.

Poder militar, dólar, influencia cultural

Desafíos internos, rivalidad con China

Mantener hegemonía

China

Crecimiento económico, tecnología, alianza con Rusia

Débil tradición democrática, tensiones territoriales

Competidor principal

Europa

Mayor economía mundial, valores democráticos

Raquitismo militar, divisiones internas

Dependencia de EE. UU.

Rusia

Arsenal nuclear, poder militar

Economía pequeña, corrupción

Ambiciones neo-imperiales

India

Tamaño, modernización, crecimiento

Desigualdades internas

Potencia de primer nivel

Mundo musulmán

Cohesión religiosa, recursos energéticos

Tensiones sectarias, falta de unidad

Actor regional relevante


3. Argentina en el mapa global

  • Debilidad histórica: pérdida de poder duro y blando.
  • Ubicación estratégica: inevitable cercanía a EE. UU.
  • Afinidad cultural: valores occidentales, distancia con China, Rusia e India.
  • Relación con Europa: afinidad cultural pero dificultades comerciales.
  • Relación con EE. UU.: más fluida por estructura política centralizada.

4. Alineamiento y autonomía

  • El alineamiento estratégico con EE. UU. no implica subordinación.
  • Márgenes de autonomía en:
    • Comercio y relaciones con terceros países.
    • Ciencia y tecnología.
    • Proyectos conjuntos e infraestructura.
    • Políticas ambientales, culturales y migratorias.

Ejemplos:

  • Israel y Europa han tomado decisiones contrarias a EE. UU. sin romper alianzas.
  • China y EE. UU. cooperan en comercio e inversiones pese a rivalidad.

5. Política interna e ideología

  • Afinidad ideológica influye en relaciones personales, no en estrategia de largo plazo.
  • Ejemplos:
    • Milei se acercó a Biden antes que a Trump.
    • Massa mostró afinidad con Trump en 2015.
    • Menem cultivó “relaciones carnales” con EE. UU., logrando condición de aliado extra-OTAN, condición que Argentina ha mantenido con todos los gobiernos.
    • FMI, bajo influencia estadounidense, jugó rol clave en crisis económicas.

6. Conclusión

Argentina debe:

  • Reconocer limitaciones y potencialidades.
  • Mantener alineamiento estratégico con EE. UU. sin perder autonomía.
  • Definir políticas nacionales mediante debate interno y procesos democráticos.

Meta final: recuperar protagonismo y acercarse al sueño de Belisario Roldán: ser un faro en el hemisferio sur, capaz de iluminar un mundo complejo e incierto. En sus palabras en tiempos del primer centenario: convertirse en “el contrapeso meridional del continente”.


 

 




ALINEAMIENTO, INDEPENDENCIA Y FUTURO

Al determinar políticas para el país, el dato inicial ineludible es la comprensión del escenario global en el que se actúa y el lugar que en él tiene. Hoy, ese escenario se está reconfigurando profundamente.

Los dos protagonistas principales, que no siempre aparecen en conflicto abierto, son Estados Unidos y China. Uno es la potencia predominante y la otra, la que aspira a convertirse en una igual o superior a la que ha marcado el ritmo del mundo desde el fin de la guerra fría.

Ambos tienen motivaciones estratégicas diferentes que las llevan a luchar por su predominio. Estados Unidos, el triunfador de la Segunda Guerra y principal redactor de la normativa internacional que se edificó sobre ese triunfo, busca mantener la organización global sin mayores cambios a sus normas.

Ellas incluyen su predominio militar, el uso de su moneda como la divisa mundial de intercambio, el respeto a sus avances tecnológicos y un relato “wilsoniano” en el que destacan la vigencia de los derechos humanos, la democracia política y la libertad de comercio, principios útiles para lograr una argamasa para la configuración de su influencia “blanda” pero que sin embargo ha aplicado en forma subordinada a lo que en cada caso ha considerado sus intereses nacionales o su seguridad.

China, por su parte, inició -incentivada por los propios Estados Unidos- su camino hacia la condición de gran potencia a partir de la década de 1970. Ha dado pasos enormes en su desarrollo económico, tecnológico y militar, adoptando las normas capitalistas copiadas de su rival, pero manteniendo un férreo control político interno.  Aun recordando íntimamente el siglo “de la humillación” -enseñado en detalle en sus colegios-, ha optado por dar su batalla en el campo económico y comercial acercándose aún a sus viejos enemigos y está pugnando por construir un sistema alternativo de comercio internacional independiente de la divisa norteamericana.

Su inicial debilidad relativa en el campo militar la ha llevado a una alianza estratégica con su vecino Rusia, detentadora de uno de los arsenales nucleares más fuertes del mundo, y a aprovechar la obsesión de grandeza de los oligarcas rusos en su aventura ucraniana para acceder a energía y recursos minerales a precios más que convenientes. En el futuro, cuando la creciente debilidad rusa y su notable desarrollo militar lo permitan, China regresará a sus ancestrales ambiciones territoriales a costa de su actual socio.

En esta puja de fondo entre los dos “grandes” navegan tres aspirantes a ingresar también al escenario mayor: Europa, Rusia y la India, cada una con sus fortalezas y debilidades relativas.

Existe una cuarta: el mundo musulmán. Con sus propias contradicciones internas, conforma uno de los conglomerados humanos más numerosos del planeta, atravesado -como Europa- por matices que dificultan imaginarlos como pertenecientes a un mismo grupo, pero con una dinámica interna que le es propia y una argamasa que los une: su religión. En ella conviven visiones sectarias y fundamentalistas absolutamente incompatibles con el mundo occidental, con otras más abiertas y tolerantes deseosas de acceder a un estatus respetable en el escenario global.

Tres actores pugnan por liderar este conglomerado: Arabia Saudita, Irán y Turquía. Los tres participan del ajedrez mundial con alineamientos de coyuntura con uno u otro de los grandes actores, que a su vez los utilizan en su beneficio en el juego mayor, pero suelen, a la vez, ser escenario y hasta víctimas pasivas en sus propios territorios de esta especie de “guerra civil” intra-musulmana.

En el gran juego global, las fuerzas en pugna -incluso las más importantes, EE. UU. y China- no siempre tienen conflictos y en numerosas ocasiones hasta cooperan entre sí. En el plano general, de acuerdo con cada protagonista de este complejo escenario, los principales intereses de los actores son comerciales, económicos, estratégicos y hasta ideológicos-religiosos, según sus convicciones y su mirada del mundo.

Si hubiera que calificar a los actores según su importancia de cara al futuro, claramente la puja mayor se da por la hegemonía en el mundo de las próximas décadas. Estados Unidos y China, seguidos por la Unión Europea y atrás por India son sus actores principales. Todos ellos, con armas nucleares.

En un segundo escalón de importancia, una Rusia decadente pero aún humillada por su derrumbe luego de su autoderrota en la guerra fría no mira al futuro, sino que ha definido -bajo la conducción de Putin y de una oligarquía profundamente corrupta y criminal- su propósito de recuperar su antiguo estatus “imperial” en lo territorial y su soñado reconocimiento como gran potencia, perdido con la disolución de la URSS, condición a la que aspiran acceder fundados exclusivamente en su fuerza militar.

En el caso ruso, tanto sus ambiciones como sus métodos se asemejan a los vigentes en el siglo XIX e incluso a los fascismos del siglo XX: un equilibrio basado en el poder “duro” y en las alianzas militares, con escaso o nulo respeto a las normas internacionales y hasta a los más ancestrales principios del “pacta sum servanda”, es decir el respeto a los tratados y mucho menos a los derechos humanos.

Si bien la economía rusa es insignificante -en la escala de los grandes protagonistas, posee un PBI inferior al italiano- su mayor fuerza radica en la detentación de un poder nuclear igual o incluso superior al norteamericano, lo que le permite actuar en el plano global haciendo gala de una singular prepotencia y desprecio hacia quienes considera sus enemigos, rivales o países satélites.

Europa, el otro gran jugador, tiene en conjunto la mayor economía del mundo, pero es la inversa de Rusia: carece de una conducción política centralizada y muestra un raquitismo militar que la lleva a aferrarse y depender en última instancia de la protección nuclear de EE. UU.  y a la invocación permanente a un “mundo basado en reglas”.

Creyó -y actuó- con la convicción de que el mundo basado en reglas estaba logrado y ya vigente luego de la segunda guerra, pero ignoró los principios también ancestrales de la “realpolitik” -entre ellos, que las reglas en el campo de las Relaciones Internacionales  rigen si están respaldadas por una fuerza que las haga efectivas-, actitud más que ingenua teniendo como vecino al militarmente poderoso aspirante a neo-imperio, Rusia y su propia experiencia histórica de dos milenios.

Esa creencia la llevó a una dinámica interna tolerante con los disensos más extremos, desde aquellos que creen sinceramente en el proyecto europeo hasta quienes lo niegan al punto de buscar su disolución y retroceso al estadio de la recuperación de la soberanía de los Estados que la integran. En sus convicciones democráticas acepta incluir a sectores minoritarios pero muy dinámicos alineados con rivales geopolíticos que en realidad consideran a Europa como objetivo de dominación, infiltración o aún desaparición como espacio político.

A esto se agrega una anemia demográfica que la induce a ser tolerante -e incluso proclive- a la inmigración indiscriminada para conservar su fuerza laboral, lo que es aprovechado por sus rivales: tanto por el integrismo musulmán que vive aun culturalmente en el  siglo de las Cruzadas y busca su “revancha”, como por los sueños imperiales de dirigentes rusos , que intervienen sin ocultarlo en los países europeos, potenciando  sus conflictos políticos internos para debilitar a Europa y sus integrantes y socavar su estabilidad.

La India, el otro gran jugador de este segundo escalón, busca su espacio navegando en las tensiones globales y tratando de aprovechar las oportunidades que le genera su tamaño y potencialidad. El acelerado crecimiento de China -su antiguo vecino y rival- es un aliciente para su modernización, que ha encarado con aceptable éxito. Hoy India es importante en este segundo escalón, pero todo indica que en las próximas décadas será un protagonista en el primer nivel.

Por último, el numeroso mundo musulmán presenta tensiones diversas. Su liderazgo está atravesado por visiones religiosas diferentes en la interpretación de su libro sagrado, que en algunos casos responde a un sincero convencimiento y en otros a una utilización política concreta, sea para utilizar la pasión religiosa con finalidades crudamente seculares o sea para negociar posiciones con los distintos actores del escenario global, para los que -por su parte- resulte conveniente ese acercamiento en su gran juego.

En este mapa global -que obviamente admite y requiere matizaciones y aproximaciones en cada caso concreto, que superan esta síntesis- debe navegar la nave argentina, partiendo crudamente de su realidad, fijando su rumbo con clara conciencia de sus potencialidades pero asumiendo sus limitaciones, tanto geográficas como geopolíticas y culturales.

UBICACIÓN, POTENCIALIDADES Y LÍMITES

Durante más de un siglo de desorientación estratégica, Argentina ha ido reduciendo su importancia como protagonista del escenario global. Ha renunciado a su poder “duro” desmantelando sus Fuerzas Armadas y ha diluido su “poder blando” -ejemplo cultural, económico, democrático, abierto y cosmopolita- desde el fin de su apogeo, hace alrededor de un siglo. Ese punto de partida no puede ser ignorado si el propósito es proyectar objetivos nacionales viables.

La primera condición a tener en cuenta es su ubicación geográfica. Desde el cono sur de América su decadencia la ha alejado de la fallida profética visión de Belisario Roldán, la de convertirse en “el contrapeso meridional del Continente”, enunciada en tiempos del primer centenario, cuando su futuro lucía pletórico y promisorio.

Ese es el primer condicionante: en el escenario global actual, y de cara al próximo medio siglo, su pertenencia inevitable es la de su cercanía estratégica con Estados Unidos. Este gran protagonista ha fijado como uno de sus pasos más importantes su repliegue al continente americano, al que considera su “retaguardia” más sensible, y su irreductible hostilidad con la expansión al hemisferio de quien considera su gran rival estratégico.

Pero no sólo por eso: la cultura compartida en el relato democrático-liberal, los valores occidentales sobre los que ambos hemos edificado nuestra identidad nacional ya desde antes de su revolución independentista, y la composición de la población con fuertes lazos históricos y culturales occidentales de raíz europea son condicionantes de largo plazo.

Es indudable que existen matices diferentes y nunca ocultados, pero ninguno exhibe el abismo que separa nuestra visión del mundo con los otros grandes actores, China, Rusia o la propia India. En los primeros la inexistencia de la tradición de respeto a los derechos humanos y a las convicciones democráticas son un abismo cultural y con India, una ajenidad a tradiciones y creencias permite construir lazos comerciales, económicos y culturales, pero no mucho más.

Con Europa la relación de Argentina es contradictoria. Compartiendo casi en su totalidad los valores, la cultura y aún su historia, en el plano económico -aspecto que Argentina requiere urgentemente una puerta de acceso al mercado global para dar su salto adelante- más de un cuarto de siglo de negociaciones no han logrado cerrarse adecuadamente.

Los obstáculos para un acuerdo comercial con la Unión Europea, propósito iniciado por Alfonsín y seguido por de la Rúa, Macri y el propio Milei, reaparecen cada vez que se está a punto de llegar a la meta, mientras el tiempo pasa y seguimos encerrados. Por el contrario, con Estados Unidos la negociación se presenta con más fluidez y eficacia, ya que no depende de 27 países -y gobiernos- con sus respectivas políticas internas y economías, sino que depende de la decisión centralizada de un poder estatal o -como en la actualidad- del propio poder presidencial.

En esta pertenencia occidental, si bien el alineamiento estratégico con Estados Unidos es inevitable, un fuerte componente adicional agrega un condimento tan ineludible como aquel y la acerca al mismo dilema existencial de Europa: la necesidad de mantener un juego libre de su debate interno plural, sin renunciar ni disminuir ese alineamiento.  Llegamos así al título de este artículo: el alineamiento ¿impide la independencia? ¿determina el futuro?

En este punto es imprescindible realizar la diferencia entre el alineamiento estratégico y los márgenes de autonomía que, sin afectar el alineamiento en el tema mayor, existen en una multiplicidad de áreas en los que la capacidad de acción y decisiones son absolutamente independientes y dependen de las políticas de cada país y de su debate interno.

Entre ellos, claramente, la relación con terceros países, el intercambio comercial, la cooperación en ciencia y tecnología, la realización de proyectos conjuntos, la imbricación en campos de infraestructura que no afecten la seguridad compartida en el bloque de pertenencia, e incluso los propios contenciosos temas comerciales, ambientales, culturales y demás son aspectos que muestran que alineamiento no significa en modo alguno subordinación sino que son resultado del decisiones propias.

De hecho, países con fuerte alineamiento estratégico con Estados Unidos -Israel es un ejemplo- suelen tomar decisiones que chocan abiertamente con la voluntad norteamericana. La misma Europa ha desarrollado desde el fin de la segunda guerra líneas de acción -como la comercial, la ambiental, la demográfica, las políticas migratorias, la tecnológica, y aún la financiera- con grados de autonomía vistos con muy poco afecto por Estados Unidos, sin que ello hubiera rozado -hasta Trump...- su alianza estratégica mayor en la OTAN. La propia creación de su moneda única, el Euro, creada enfrentando el fuerte recelo de EE. UU.  fue un ejemplo, así como las constantes pujas comerciales que terminan solucionándose con acuerdos y compromisos sectoriales.

En este plano también se debe destacar que aún los principales rivales cooperan en varios campos, cada uno por supuesto defendiendo sus intereses. China inició su salto adelante por impulso de Estados Unidos generando una simbiosis que dura hasta hoy.  Sus relaciones comerciales, financieras y de inversión son de las más fuertes del mundo, aún atravesadas a veces por diferencias que terminan subsanándose con acuerdos. Empresas norteamericanas trabajan en China mientras que importantes empresas chinas trabajan en Estados Unidos.

Hay otro plano, si se quiere secundario pero que en ocasiones pasa a un primer plano comunicacional: la afinidad o alejamiento “ideológico” -si vale el término, con todos sus matices y prevenciones- de los protagonistas políticos internos. Tal vez el mejor ejemplo sea la relación del presidente Milei con Estados Unidos y con Trump.

Es cierto que la afinidad ideológica condimenta las relaciones personales, pero también lo es que no necesariamente define la estrategia de largo plazo de los países. De hecho, el primer acercamiento de Milei con Estados Unidos lo hizo con el presidente Biden, entonces enfrentado duramente con Trump. Fue Sergio Massa, dirigente peronista, quien dio muestras de una primer afinidad con Trump concurriendo a su toma de posesión en 2015 y el propio FMI el que le toleró los fantasiosos dislates de su política económica sin restarle su respaldo. Otro peronista, Carlos Menem, cultivó lo que definió como “relaciones carnales” con EE. UU. invitando al presidente Bush a una visita de Estado que incluyó su discurso en el Congreso Nacional y obteniendo para la Argentina la condición de “aliado extra-OTAN”, condición a la que -debe destacarse- ninguna administración posterior renunció.

La actitud del FMI, influida por Estados Unidos, permitió los primeros pasos del programa económico de estabilización en un momento realmente dramático para el país. Llegado Trump, ese acercamiento se profundizó. En todo caso, del arte de la diplomacia política y comercial dependerá obtener la mejor situación para los intereses nacionales sin impostar posiciones y teniendo en cuenta las metas que el país se fije a sí mismo para las próximas décadas, lo que debe resolver con su debate interno y sus procesos electorales.

La creatividad, compromiso democrático y sentido patriótico de los argentinos: su pueblo, sus instituciones, sus partidos y dirigencias son los responsables de definir su rumbo y sus políticas. Honrar su historia, su dignidad, sus héroes, pero muy especialmente su futuro.

 Tal vez esa sea la forma de avanzar nuevamente hacia el sueño de Roldán y la Argentina, en el lejano sur del planeta, con recursos de todo tipo, singular amplitud climática y una población plural, tolerante y cosmopolita, vuelva a ser ese faro que ilumina el horizonte en un mundo cada vez más complejo, incierto y lleno de acechanzas.

 Ricardo Lafferriere 

domingo, 4 de enero de 2026

TODO CAMBIA

 




Todo cambia

Hay una nueva policía para el mundo. La “real politik”, la política del poder, está reorganizando el mundo -los países, el comercio, los bloques geopolíticos, las ideas  mismas-... y ya los principios “sólidos” sobre los que se organizó la comunidad internacional luego del último reordenamiento geopolítico -la 2ª gran guerra- no tienen más valor de por sí ni son reconocidos sin debate (ni las economías nacionales, ni las relaciones de poder, ni los supuestos ideológicos como la soberanía de los estados, la autodeterminación, la posibilidad de una justicia internacional, etc.)

Es un proceso en marcha. Luego de que la “realpolitik” termine el reordenamiento “grueso” vendrá la etapa de reescribir las nuevas reglas -económicas, militares, financieras, comerciales...- sin que pueda saberse cuándo.

Mientras tanto, entraremos en una etapa de turbulencias imprevisibles con el mundo convertido en una selva donde los más fuertes medirán fuerzas y definirán sus áreas de influencia, sus alianzas más fuertes, sus reglas “hacia adentro” de sus respectivos bloques y sus relaciones entre los bloques, la nueva organización institucional del mundo, etc.,

EEUU, China,Rusia, la UE, entrarán en una puja diacrónica económica, militar, política, territorial, hasta ideológica, cuyos términos precisos hoy por hoy  no podemos definir.

En términos políticos, la piedra angular del orden internacional era la división del mundo entre un pequeño grupo de países fuertes, triunfadores en la guerra, miembros permanentes del “Consejo de Seguridad” de las Naciones Unidas con poder de veto, compartiendo el poder formal con otro grupo de países, de composición rotativa, elegidos por el resto de la comunidad internacional. Un supuesto tácito indicaba que los cinco “grandes” nunca entrarían en una confrontación directa entre ellos. Se asumían, por así decirlo, como la policía del mundo. La globalización destrozó ese diseño.

Ese orden desembocó en el gran desorden que atravesamos hoy, sencillamente porque el poder relativo de los países cambió, así como los bloques de poder y las normas que al interior de cada uno de esos bloques mantenían una relativa disciplina interna.

La crisis del orden de posguerra dejó al mundo sin normas compartidas, reemplazadas por el “puro poder” de la “realpolitik”, coexistiendo con el remedo institucional virtualmente inservible del orden decadente.

Cada uno, ahora, hace lo que puede y quiere, asentado y respaldado-como antes de la Segunda Guerra- en el poder que cada uno tiene o cree tener. Se fija nuevas metas, construye nuevos bloques de alianzas y actúa, en síntesis, sin responder a normas.

Se trata de una nueva política en la que la “realpolitik” -la política del poder- está reorganizando el mundo -los países, el comercio, los bloques geopolíticos, las ideas en pugna-... y que ya los principios “sólidos” sobre los que estaba organizado el mundo no son reconocidos más por todos como valores “en sí” (ni las economías nacionales, ni las relaciones de poder, ni los supuestos ideológicos como soberanía de los estados, la autodeterminación, la justicia internacional, ni siquiera los derechos humanos).

Luego de que la “realpolitik” termine el reordenamiento global, vendrá la etapa de reescribir las nuevas reglas... sin que podamos saber cuándo, porque es un proceso dinámico, complejo y con muchos actores. En ese gran diseño -cuyas grandes bases serán decididas por los “grandes”, como lo hicieron en 1945- buscarán incidir los “pequeños” a los que les toque -o elijan, si les queda margen para hacerlo- quedar en cada uno de los bloques.

Estados Unidos está replegándose hacia su continente de origen y su acción se sentirá más fuertemente cuanto más cercano esté de su territorio e intereses nacionales.

¿Qué Trump busca el petróleo de Venezuela? Obviamente. ¿Qué Venezuela tiene derecho a su petróleo? Obviamente. Pero pensar que puede actuar sin represalias -en plazo corto, mediano o largo- afectando intereses de EEUU, es una ilusión. Expropiar sin indemnización a empresas norteamericanas -como hizo Chávez, o como lo hicieron los Castro- creyendo que una alianza con otro poderoso le daba un Bill de indemnidad, también es una ilusión. En el mundo, mandan los intereses, y a los “grandes” en los que se apoyaban no les interesa hoy en lo más mínimo distraer poder o esfuerzos en sostener una banda de delincuentes con tan poco a cambio y el riesgo de extender un conlicto en el que no tendrían ganancia alguna.

Arturo Illia anuló los contratos petroleros firmados por el país con compañías americanas en Argentina. Cierto. Tan cierto como que lo hizo indemnizando a los expropiados. Tal vez hasta fue uno de los actos de gobierno que le costó el poder.

Me entristece ver que la democracia no tuvo en Venezuela  la fuerza necesaria para terminar con una narcodictadura sanguinaria, tanto como me alegra ver que esa dictadura parece estar llegando a su fin. Claro que hubiera preferido que la banda de delincuentes que se hizo con el gobierno de Venezuela hubiera sido vencida por la fuerza de la razón y de los votos. Pero no lo fue y mientras tanto seguía torturando, encarcelando, matando, violando y robando a CIENTO DE SERES HUMANOS CONCRETOS, NO A ABSTRACCIONES TEÓRICAS.  ¿Es esto indiferente para los críticos de la acción  norteamericana?

Alguna vez escribí que cada valor conlleva un disvalor. El valor del encarcelamiento de Maduro conlleva el disvalor de haber sido hecho por actores que en realidad se movieron por otros motivos que restablecer la democracia y el estado de derecho: por sus intereses. Es un mal sustancialmente menor.

La forma de sintetizar esta aparente contradicción es la acción. La que deberán poner en marcha los venezolanos, con la inteligencia y el compromiso que han demostrado, para recuperar el gobierno de su país, en un marco sustantivamente mejor. Podrán exigir democracia, podrán promover liderazgos, podrán discutir su destino en espacios de libertad claramente mayores. Tendrán aliados en el mundo que los ayudarán a reconstruir su país y pueblos que, así como acogieron a los ocho millones de emigrantes que buscaban sobrevivir, hoy les tenderán una mano -o miles de manos- cuya amistad han cosechado en los países que fueron honrados con su elección de reconstruir allí sus vidas, mientras la dictadura seguía asolando su patria.

Entonces, viva Venezuela libre. Viva la reconstrucción democrática de Venezuela realizada por los venezolanos, que no estarán solos. Y viva ese sentimiento que movilizó, hace dos siglos, en todo el continente, la independencia de la América hispana y que cantamos tres veces en nuestro himno mientras luchábamos para ser reconocidos por los “libres del mundo” como una nueva nación independiente: “...libertad, libertad, libertad”.

Ricardo Lafferriere

martes, 10 de junio de 2025

LA CONDENA A CRISTINA KIRCHNER

 





Muy poco se puede agregar a lo ya dicho con respecto al juicio contra la ex presidenta CFK y un grupo de funcionarios y allegados.

La reflexión que sigue está abierta, porque confieso no haber podido comprender la congruencia de los dichos de la Vicepresidenta con los principios que sostiene el estado de derecho. La resistencia de un personaje importante a someterse a la ley y la justicia da por tierra con las construcciones teóricas sobre la naturaleza del poder democrático, la pirámide jurídica y la vigencia de la ley como marco supremo de convivencia en paz.

Es obvio que no se trata de esperar la actitud de Sócrates bebiendo la cicuta aun estando convencido de la injusticia de la sanción, que por cierto no es este caso. La auto eximición es impune, aún en nuestro Código Penal. Nadie puede saber lo que habita en lo profundo de pensamiento y sentimiento de otra persona. Cada delincuente tiene sus motivos, que desde su valores justifican su accionar delictivo. CKF puede estar íntimamente convencida que hizo el bien actuando como actuó y eso es comprensible y hasta respetable.

El problema surge cuando esa convicción choca duramente con lo que la sociedad considera compatible con un comportamiento valioso y, al contrario, opina que esa conducta -autojustificada, como lo son todas las conductas en la convicción de cada delincuente- es perjudicial para la convivencia y debe ser evitada y sancionada.

Las leyes penales -que son islotes de excepción en el principio de la libertad de las personas, definiendo las conductas que no son toleradas por el conjunto- tienen esa misión: hacer posible la convivencia en cualquier orden social.

Hay entonces tres conceptos en juego. El primero es la clara determinación del conjunto social que, a través de las leyes sancionadas por los representantes de los ciudadanos y por el procedimiento que éstas establecen para garantizar los derechos fundamentales de todos, delincuentes o no, define qué actitudes considera disvaliosas y en consecuencia no las tolera y las sanciona.

Cada persona puede considerar a cada ley como injusta y proponer cambiarla -tampoco es este el caso-, pero mientras esté vigente es obligación respetarla si se desea convivir con los demás. De nuevo: Sócrates bebió voluntariamente la cicuta que lo mató, aún a conciencia que su sentencia a muerte era injusta, porque el respeto a las leyes era más importante que su creencia o convicción.

El segundo es el principio de la democracia. Tampoco es un armado rígido y eterno. Las distintas formas que ha adoptado la democracia a través de historia y geografía indica que es nada más que un mecanismo instrumental para definir cómo se ejerce el poder, cuáles son sus límites, cómo se sancionan las normas, cómo se las ejecuta y cómo se las aplica. El valioso diseño de los tres poderes logra este equilibrio para que el sentir y deseo de la mayoría de los ciudadanos defina qué es permitido y qué no lo es, y las formas de sancionar a quienes cometan los hechos que la sociedad no tolera.

El tercero es el de la igualdad de los ciudadanos ante la ley, principio éste que se abrió camino luego de luchas de diversa intensidad hasta nuestros días, en los que su perfeccionamiento motoriza reclamos y afortunadamente ha logrado resultados impensables hasta hace no muchos años: el sufragio libre igualitario, los derechos civiles y luego políticos de la mujer, la prohibición de la discriminación, la igualdad de trato a los diversos géneros, y otras aspiraciones que marchan en el mismo sentido. En su forma más básica, prístina y contundente, está grabado en el art. 16 de nuestra Constitución: en la Nación Argentina “todos sus habitantes son iguales ante la ley”. Y en las estrofas que entonamos desde niños: “Ved el trono a la noble igualdad”.

Los ciudadanos argentinos han sancionado y jurado su Constitución Nacional. Ella determina como son elegidos sus representantes para dictar las leyes, cómo un presidente para que las haga cumplir y cómo a jueces para que sancionen los incumplimientos.

Entre esas leyes están las normas penales, las que ha sido probado en forma pública y contundente haber sido violadas por los imputados.

Los imputados, a su vez, han sido tratados con muchísima más enjundia y cuidadoso cumplimiento de las formalidades legales que a cualquier ciudadano de a pie  y le han sido garantizados sus derechos inalienables, entre los cuales está la presunción de inocencia, el debido proceso, su derecho de defensa y la vigencia de las reglas procesales sancionadas por los  legisladores para que el proceso penal garantice no sólo las aspiraciones de la sociedad a que sus normas sean cumplidas sino también los derechos constitucionales de los imputados.

En consecuencia, la actitud de la imputada CFK está fuera del orden constitucional, fuera de la ley penal y fuera de la ley procesal. La actitud de los magistrados, por el contrario, ha sido impecable, tolerando mucho más de lo que se le hubiera tolerado a cualquier argentino con acusaciones y pruebas parecidas.

Pero aún presumiendo una alteración cognitiva en la principal imputada, tanto o más grave es el comportamiento de otros actores: legisladores, dirigentes, gremialistas e incluso ciudadanos que la han votado y la siguen apoyando. No estamos en la primera mitad del siglo XX, cuando masas irracionales seguían a sus líderes aún a las atrocidades más repudiables. Estamos en el siglo del conocimiento, de la interacción general por las redes sociales, en la reafirmación de la conciencia y la responsabilidad individual y en la reivindicación de los derechos ciudadanos, aún los tradicionalmente negados tras el velo de costumbres ancestrales.

 En este proceso no se discuten ideologías políticas sino comisión de delitos. Las ideologías se discuten en los procesos electorales. En los juicios penales el debate versa sobre hechos delictivos, sus autores y sus eventuales sanciones. No son los dirigentes, ni los gremialistas, ni los ciudadanos de a pie los que participan ni deben participar de estos debates. Es misión de los jueces.

Son campos diversos, que no pueden superponerse so pena de retrotraer la convivencia a tiempos pre-constituyentes, cuando los caudillos con poder decidían sobre vida, muerte y patrimonio de las personas y cuando esos mismos caudillos confundían lo público con lo privado y el presupuesto público con su propio patrimonio.

No queremos volver a eso. Al contrario, queremos avanzar hacia una sociedad más fuerte, con leyes cumplidas por todos, sin privilegios de ninguna índole, en la que rija en plenitud el pacto constituyente y las leyes que se dicten en su ámbito. Y también suturar la profunda herida que sufre el país.

Ricardo Lafferriere