domingo, 4 de enero de 2026

TODO CAMBIA

 




Todo cambia

Hay una nueva policía para el mundo. La “real politik”, la política del poder, está reorganizando el mundo -los países, el comercio, los bloques geopolíticos, las ideas  mismas-... y ya los principios “sólidos” sobre los que se organizó la comunidad internacional luego del último reordenamiento geopolítico -la 2ª gran guerra- no tienen más valor de por sí ni son reconocidos sin debate (ni las economías nacionales, ni las relaciones de poder, ni los supuestos ideológicos como la soberanía de los estados, la autodeterminación, la posibilidad de una justicia internacional, etc.)

Es un proceso en marcha. Luego de que la “realpolitik” termine el reordenamiento “grueso” vendrá la etapa de reescribir las nuevas reglas -económicas, militares, financieras, comerciales...- sin que pueda saberse cuándo.

Mientras tanto, entraremos en una etapa de turbulencias imprevisibles con el mundo convertido en una selva donde los más fuertes medirán fuerzas y definirán sus áreas de influencia, sus alianzas más fuertes, sus reglas “hacia adentro” de sus respectivos bloques y sus relaciones entre los bloques, la nueva organización institucional del mundo, etc.,

EEUU, China,Rusia, la UE, entrarán en una puja diacrónica económica, militar, política, territorial, hasta ideológica, cuyos términos precisos hoy por hoy  no podemos definir.

En términos políticos, la piedra angular del orden internacional era la división del mundo entre un pequeño grupo de países fuertes, triunfadores en la guerra, miembros permanentes del “Consejo de Seguridad” de las Naciones Unidas con poder de veto, compartiendo el poder formal con otro grupo de países, de composición rotativa, elegidos por el resto de la comunidad internacional. Un supuesto tácito indicaba que los cinco “grandes” nunca entrarían en una confrontación directa entre ellos. Se asumían, por así decirlo, como la policía del mundo. La globalización destrozó ese diseño.

Ese orden desembocó en el gran desorden que atravesamos hoy, sencillamente porque el poder relativo de los países cambió, así como los bloques de poder y las normas que al interior de cada uno de esos bloques mantenían una relativa disciplina interna.

La crisis del orden de posguerra dejó al mundo sin normas compartidas, reemplazadas por el “puro poder” de la “realpolitik”, coexistiendo con el remedo institucional virtualmente inservible del orden decadente.

Cada uno, ahora, hace lo que puede y quiere, asentado y respaldado-como antes de la Segunda Guerra- en el poder que cada uno tiene o cree tener. Se fija nuevas metas, construye nuevos bloques de alianzas y actúa, en síntesis, sin responder a normas.

Se trata de una nueva política en la que la “realpolitik” -la política del poder- está reorganizando el mundo -los países, el comercio, los bloques geopolíticos, las ideas en pugna-... y que ya los principios “sólidos” sobre los que estaba organizado el mundo no son reconocidos más por todos como valores “en sí” (ni las economías nacionales, ni las relaciones de poder, ni los supuestos ideológicos como soberanía de los estados, la autodeterminación, la justicia internacional, ni siquiera los derechos humanos).

Luego de que la “realpolitik” termine el reordenamiento global, vendrá la etapa de reescribir las nuevas reglas... sin que podamos saber cuándo, porque es un proceso dinámico, complejo y con muchos actores. En ese gran diseño -cuyas grandes bases serán decididas por los “grandes”, como lo hicieron en 1945- buscarán incidir los “pequeños” a los que les toque -o elijan, si les queda margen para hacerlo- quedar en cada uno de los bloques.

Estados Unidos está replegándose hacia su continente de origen y su acción se sentirá más fuertemente cuanto más cercano esté de su territorio e intereses nacionales.

¿Qué Trump busca el petróleo de Venezuela? Obviamente. ¿Qué Venezuela tiene derecho a su petróleo? Obviamente. Pero pensar que puede actuar sin represalias -en plazo corto, mediano o largo- afectando intereses de EEUU, es una ilusión. Expropiar sin indemnización a empresas norteamericanas -como hizo Chávez, o como lo hicieron los Castro- creyendo que una alianza con otro poderoso le daba un Bill de indemnidad, también es una ilusión. En el mundo, mandan los intereses, y a los “grandes” en los que se apoyaban no les interesa hoy en lo más mínimo distraer poder o esfuerzos en sostener una banda de delincuentes con tan poco a cambio y el riesgo de extender un conlicto en el que no tendrían ganancia alguna.

Arturo Illia anuló los contratos petroleros firmados por el país con compañías americanas en Argentina. Cierto. Tan cierto como que lo hizo indemnizando a los expropiados. Tal vez hasta fue uno de los actos de gobierno que le costó el poder.

Me entristece ver que la democracia no tuvo en Venezuela  la fuerza necesaria para terminar con una narcodictadura sanguinaria, tanto como me alegra ver que esa dictadura parece estar llegando a su fin. Claro que hubiera preferido que la banda de delincuentes que se hizo con el gobierno de Venezuela hubiera sido vencida por la fuerza de la razón y de los votos. Pero no lo fue y mientras tanto seguía torturando, encarcelando, matando, violando y robando a CIENTO DE SERES HUMANOS CONCRETOS, NO A ABSTRACCIONES TEÓRICAS.  ¿Es esto indiferente para los críticos de la acción  norteamericana?

Alguna vez escribí que cada valor conlleva un disvalor. El valor del encarcelamiento de Maduro conlleva el disvalor de haber sido hecho por actores que en realidad se movieron por otros motivos que restablecer la democracia y el estado de derecho: por sus intereses. Es un mal sustancialmente menor.

La forma de sintetizar esta aparente contradicción es la acción. La que deberán poner en marcha los venezolanos, con la inteligencia y el compromiso que han demostrado, para recuperar el gobierno de su país, en un marco sustantivamente mejor. Podrán exigir democracia, podrán promover liderazgos, podrán discutir su destino en espacios de libertad claramente mayores. Tendrán aliados en el mundo que los ayudarán a reconstruir su país y pueblos que, así como acogieron a los ocho millones de emigrantes que buscaban sobrevivir, hoy les tenderán una mano -o miles de manos- cuya amistad han cosechado en los países que fueron honrados con su elección de reconstruir allí sus vidas, mientras la dictadura seguía asolando su patria.

Entonces, viva Venezuela libre. Viva la reconstrucción democrática de Venezuela realizada por los venezolanos, que no estarán solos. Y viva ese sentimiento que movilizó, hace dos siglos, en todo el continente, la independencia de la América hispana y que cantamos tres veces en nuestro himno mientras luchábamos para ser reconocidos por los “libres del mundo” como una nueva nación independiente: “...libertad, libertad, libertad”.

Ricardo Lafferriere