Alineamiento, Independencia y Futuro – Informe
Ejecutivo
1.
Escenario Global
- EE.
UU.: busca preservar el orden internacional, apoyado en poder militar,
dólar y valores democráticos.
- China:
potencia emergente, crecimiento económico y tecnológico, control político
interno, alianza coyuntural con Rusia.
- Europa: gran
economía, débil militarmente, dependiente de EE. UU.
- Rusia:
potencia nuclear con economía pequeña, guiada por ambiciones
neo-imperiales.
- India:
potencia emergente, modernización acelerada, futuro actor de primer nivel.
- Mundo
musulmán: conglomerado diverso, liderado por
Arabia Saudita, Irán y Turquía, atravesado por tensiones religiosas.
2.
Comparación de actores principales
|
Actor |
Fortalezas |
Debilidades |
Perspectiva futura |
|
EE. UU. |
Poder militar, dólar, influencia cultural |
Desafíos internos, rivalidad con China |
Mantener hegemonía |
|
China |
Crecimiento económico, tecnología, alianza
con Rusia |
Débil tradición democrática, tensiones
territoriales |
Competidor principal |
|
Europa |
Mayor economía mundial, valores democráticos |
Raquitismo militar, divisiones internas |
Dependencia de EE. UU. |
|
Rusia |
Arsenal nuclear, poder militar |
Economía pequeña, corrupción |
Ambiciones neo-imperiales |
|
India |
Tamaño, modernización, crecimiento |
Desigualdades internas |
Potencia de primer nivel |
|
Mundo musulmán |
Cohesión religiosa, recursos energéticos |
Tensiones sectarias, falta de unidad |
Actor regional relevante |
3.
Argentina en el mapa global
- Debilidad
histórica: pérdida de poder duro y blando.
- Ubicación
estratégica: inevitable cercanía a EE. UU.
- Afinidad
cultural: valores occidentales, distancia con
China, Rusia e India.
- Relación
con Europa: afinidad cultural pero dificultades
comerciales.
- Relación
con EE. UU.: más fluida por estructura política
centralizada.
4.
Alineamiento y autonomía
- El
alineamiento estratégico con EE. UU. no implica subordinación.
- Márgenes
de autonomía en:
- Comercio
y relaciones con terceros países.
- Ciencia
y tecnología.
- Proyectos
conjuntos e infraestructura.
- Políticas
ambientales, culturales y migratorias.
Ejemplos:
- Israel
y Europa han tomado decisiones contrarias a EE. UU. sin romper alianzas.
- China
y EE. UU. cooperan en comercio e inversiones pese a rivalidad.
5. Política
interna e ideología
- Afinidad
ideológica influye en relaciones personales, no en estrategia de largo
plazo.
- Ejemplos:
- Milei
se acercó a Biden antes que a Trump.
- Massa
mostró afinidad con Trump en 2015.
- Menem
cultivó “relaciones carnales” con EE. UU., logrando condición de aliado
extra-OTAN, condición que Argentina ha mantenido con todos los gobiernos.
- FMI,
bajo influencia estadounidense, jugó rol clave en crisis económicas.
6.
Conclusión
Argentina debe:
- Reconocer
limitaciones y potencialidades.
- Mantener
alineamiento estratégico con EE. UU. sin perder autonomía.
- Definir
políticas nacionales mediante debate interno y procesos democráticos.
Meta final: recuperar protagonismo y
acercarse al sueño de Belisario Roldán: ser un faro en el hemisferio sur, capaz
de iluminar un mundo complejo e incierto. En sus palabras en tiempos del primer
centenario: convertirse en “el contrapeso meridional del continente”.
ALINEAMIENTO,
INDEPENDENCIA Y FUTURO
Al determinar políticas para
el país, el dato inicial ineludible es la comprensión del escenario global en
el que se actúa y el lugar que en él tiene. Hoy, ese escenario se está reconfigurando
profundamente.
Los dos protagonistas
principales, que no siempre aparecen en conflicto abierto, son Estados Unidos y
China. Uno es la potencia predominante y la otra, la que aspira a convertirse
en una igual o superior a la que ha marcado el ritmo del mundo desde el fin de
la guerra fría.
Ambos tienen motivaciones
estratégicas diferentes que las llevan a luchar por su predominio. Estados
Unidos, el triunfador de la Segunda Guerra y principal redactor de la normativa
internacional que se edificó sobre ese triunfo, busca mantener la organización global
sin mayores cambios a sus normas.
Ellas incluyen su predominio
militar, el uso de su moneda como la divisa mundial de intercambio, el respeto a
sus avances tecnológicos y un relato “wilsoniano” en el que destacan la
vigencia de los derechos humanos, la democracia política y la libertad de
comercio, principios útiles para lograr una argamasa para la configuración de
su influencia “blanda” pero que sin embargo ha aplicado en forma subordinada a lo
que en cada caso ha considerado sus intereses nacionales o su seguridad.
China, por su parte, inició -incentivada
por los propios Estados Unidos- su camino hacia la condición de gran potencia a
partir de la década de 1970. Ha dado pasos enormes en su desarrollo económico,
tecnológico y militar, adoptando las normas capitalistas copiadas de su rival,
pero manteniendo un férreo control político interno. Aun recordando íntimamente el siglo “de la
humillación” -enseñado en detalle en sus colegios-, ha optado por dar su
batalla en el campo económico y comercial acercándose aún a sus viejos enemigos
y está pugnando por construir un sistema alternativo de comercio internacional independiente
de la divisa norteamericana.
Su inicial debilidad
relativa en el campo militar la ha llevado a una alianza estratégica con su
vecino Rusia, detentadora de uno de los arsenales nucleares más fuertes del
mundo, y a aprovechar la obsesión de grandeza de los oligarcas rusos en su
aventura ucraniana para acceder a energía y recursos minerales a precios más
que convenientes. En el futuro, cuando la creciente debilidad rusa y su notable
desarrollo militar lo permitan, China regresará a sus ancestrales ambiciones territoriales
a costa de su actual socio.
En esta puja de fondo entre
los dos “grandes” navegan tres aspirantes a ingresar también al escenario
mayor: Europa, Rusia y la India, cada una con sus fortalezas y debilidades
relativas.
Existe una cuarta: el mundo
musulmán. Con sus propias contradicciones internas, conforma uno de los conglomerados
humanos más numerosos del planeta, atravesado -como Europa- por matices que dificultan
imaginarlos como pertenecientes a un mismo grupo, pero con una dinámica interna
que le es propia y una argamasa que los une: su religión. En ella conviven visiones
sectarias y fundamentalistas absolutamente incompatibles con el mundo
occidental, con otras más abiertas y tolerantes deseosas de acceder a un
estatus respetable en el escenario global.
Tres actores pugnan por
liderar este conglomerado: Arabia Saudita, Irán y Turquía. Los tres participan
del ajedrez mundial con alineamientos de coyuntura con uno u otro de los
grandes actores, que a su vez los utilizan en su beneficio en el juego mayor,
pero suelen, a la vez, ser escenario y hasta víctimas pasivas en sus propios
territorios de esta especie de “guerra civil” intra-musulmana.
En el gran juego global, las
fuerzas en pugna -incluso las más importantes, EE. UU. y China- no siempre
tienen conflictos y en numerosas ocasiones hasta cooperan entre sí. En el plano
general, de acuerdo con cada protagonista de este complejo escenario, los
principales intereses de los actores son comerciales, económicos, estratégicos
y hasta ideológicos-religiosos, según sus convicciones y su mirada del mundo.
Si hubiera que calificar a los
actores según su importancia de cara al futuro, claramente la puja mayor se da
por la hegemonía en el mundo de las próximas décadas. Estados Unidos y China,
seguidos por la Unión Europea y atrás por India son sus actores principales.
Todos ellos, con armas nucleares.
En un segundo escalón de
importancia, una Rusia decadente pero aún humillada por su derrumbe luego de su
autoderrota en la guerra fría no mira al futuro, sino que ha definido -bajo la
conducción de Putin y de una oligarquía profundamente corrupta y criminal- su propósito
de recuperar su antiguo estatus “imperial” en lo territorial y su soñado reconocimiento
como gran potencia, perdido con la disolución de la URSS, condición a la que
aspiran acceder fundados exclusivamente en su fuerza militar.
En el caso ruso, tanto sus
ambiciones como sus métodos se asemejan a los vigentes en el siglo XIX e
incluso a los fascismos del siglo XX: un equilibrio basado en el poder “duro” y
en las alianzas militares, con escaso o nulo respeto a las normas
internacionales y hasta a los más ancestrales principios del “pacta sum
servanda”, es decir el respeto a los tratados y mucho menos a los derechos
humanos.
Si bien la economía rusa es
insignificante -en la escala de los grandes protagonistas, posee un PBI inferior
al italiano- su mayor fuerza radica en la detentación de un poder nuclear igual
o incluso superior al norteamericano, lo que le permite actuar en el plano global
haciendo gala de una singular prepotencia y desprecio hacia quienes considera
sus enemigos, rivales o países satélites.
Europa, el otro gran jugador,
tiene en conjunto la mayor economía del mundo, pero es la inversa de Rusia:
carece de una conducción política centralizada y muestra un raquitismo militar
que la lleva a aferrarse y depender en última instancia de la protección
nuclear de EE. UU. y a la invocación
permanente a un “mundo basado en reglas”.
Creyó -y actuó- con la
convicción de que el mundo basado en reglas estaba logrado y ya vigente luego
de la segunda guerra, pero ignoró los principios también ancestrales de la “realpolitik”
-entre ellos, que las reglas en el campo de las Relaciones Internacionales rigen si están respaldadas por una fuerza que
las haga efectivas-, actitud más que ingenua teniendo como vecino al
militarmente poderoso aspirante a neo-imperio, Rusia y su propia experiencia
histórica de dos milenios.
Esa creencia la llevó a una
dinámica interna tolerante con los disensos más extremos, desde aquellos que
creen sinceramente en el proyecto europeo hasta quienes lo niegan al punto de
buscar su disolución y retroceso al estadio de la recuperación de la soberanía
de los Estados que la integran. En sus convicciones democráticas acepta incluir
a sectores minoritarios pero muy dinámicos alineados con rivales geopolíticos
que en realidad consideran a Europa como objetivo de dominación, infiltración o
aún desaparición como espacio político.
A esto se agrega una anemia
demográfica que la induce a ser tolerante -e incluso proclive- a la inmigración
indiscriminada para conservar su fuerza laboral, lo que es aprovechado por sus
rivales: tanto por el integrismo musulmán que vive aun culturalmente en el siglo de las Cruzadas y busca su “revancha”,
como por los sueños imperiales de dirigentes rusos , que intervienen sin ocultarlo
en los países europeos, potenciando sus
conflictos políticos internos para debilitar a Europa y sus integrantes y
socavar su estabilidad.
La India, el otro gran
jugador de este segundo escalón, busca su espacio navegando en las tensiones
globales y tratando de aprovechar las oportunidades que le genera su tamaño y
potencialidad. El acelerado crecimiento de China -su antiguo vecino y rival- es
un aliciente para su modernización, que ha encarado con aceptable éxito. Hoy India
es importante en este segundo escalón, pero todo indica que en las próximas
décadas será un protagonista en el primer nivel.
Por último, el numeroso
mundo musulmán presenta tensiones diversas. Su liderazgo está atravesado por
visiones religiosas diferentes en la interpretación de su libro sagrado, que en
algunos casos responde a un sincero convencimiento y en otros a una utilización
política concreta, sea para utilizar la pasión religiosa con finalidades crudamente
seculares o sea para negociar posiciones con los distintos actores del
escenario global, para los que -por su parte- resulte conveniente ese
acercamiento en su gran juego.
En este mapa global -que
obviamente admite y requiere matizaciones y aproximaciones en cada caso concreto,
que superan esta síntesis- debe navegar la nave argentina, partiendo crudamente
de su realidad, fijando su rumbo con clara conciencia de sus potencialidades pero
asumiendo sus limitaciones, tanto geográficas como geopolíticas y culturales.
UBICACIÓN, POTENCIALIDADES Y
LÍMITES
Durante más de un siglo de
desorientación estratégica, Argentina ha ido reduciendo su importancia como
protagonista del escenario global. Ha renunciado a su poder “duro”
desmantelando sus Fuerzas Armadas y ha diluido su “poder blando” -ejemplo
cultural, económico, democrático, abierto y cosmopolita- desde el fin de su
apogeo, hace alrededor de un siglo. Ese punto de partida no puede ser ignorado
si el propósito es proyectar objetivos nacionales viables.
La primera condición a tener
en cuenta es su ubicación geográfica. Desde el cono sur de América su
decadencia la ha alejado de la fallida profética visión de Belisario Roldán, la
de convertirse en “el contrapeso meridional del Continente”, enunciada en
tiempos del primer centenario, cuando su futuro lucía pletórico y promisorio.
Ese es el primer
condicionante: en el escenario global actual, y de cara al próximo medio siglo,
su pertenencia inevitable es la de su cercanía estratégica con Estados Unidos.
Este gran protagonista ha fijado como uno de sus pasos más importantes su
repliegue al continente americano, al que considera su “retaguardia” más
sensible, y su irreductible hostilidad con la expansión al hemisferio de quien considera
su gran rival estratégico.
Pero no sólo por eso: la
cultura compartida en el relato democrático-liberal, los valores occidentales
sobre los que ambos hemos edificado nuestra identidad nacional ya desde antes
de su revolución independentista, y la composición de la población con fuertes
lazos históricos y culturales occidentales de raíz europea son condicionantes
de largo plazo.
Es indudable que existen
matices diferentes y nunca ocultados, pero ninguno exhibe el abismo que separa nuestra
visión del mundo con los otros grandes actores, China, Rusia o la propia India.
En los primeros la inexistencia de la tradición de respeto a los derechos
humanos y a las convicciones democráticas son un abismo cultural y con India,
una ajenidad a tradiciones y creencias permite construir lazos comerciales,
económicos y culturales, pero no mucho más.
Con Europa la relación de
Argentina es contradictoria. Compartiendo casi en su totalidad los valores, la
cultura y aún su historia, en el plano económico -aspecto que Argentina
requiere urgentemente una puerta de acceso al mercado global para dar su salto
adelante- más de un cuarto de siglo de negociaciones no han logrado cerrarse adecuadamente.
Los obstáculos para un
acuerdo comercial con la Unión Europea, propósito iniciado por Alfonsín y
seguido por de la Rúa, Macri y el propio Milei, reaparecen cada vez que se está
a punto de llegar a la meta, mientras el tiempo pasa y seguimos encerrados. Por
el contrario, con Estados Unidos la negociación se presenta con más fluidez y
eficacia, ya que no depende de 27 países -y gobiernos- con sus respectivas
políticas internas y economías, sino que depende de la decisión centralizada de
un poder estatal o -como en la actualidad- del propio poder presidencial.
En esta pertenencia
occidental, si bien el alineamiento estratégico con Estados Unidos es inevitable,
un fuerte componente adicional agrega un condimento tan ineludible como aquel y
la acerca al mismo dilema existencial de Europa: la necesidad de mantener un
juego libre de su debate interno plural, sin renunciar ni disminuir ese
alineamiento. Llegamos así al título de
este artículo: el alineamiento ¿impide la independencia? ¿determina el futuro?
En este punto es
imprescindible realizar la diferencia entre el alineamiento estratégico y los
márgenes de autonomía que, sin afectar el alineamiento en el tema mayor, existen
en una multiplicidad de áreas en los que la capacidad de acción y decisiones
son absolutamente independientes y dependen de las políticas de cada país y de
su debate interno.
Entre ellos, claramente, la
relación con terceros países, el intercambio comercial, la cooperación en
ciencia y tecnología, la realización de proyectos conjuntos, la imbricación en campos
de infraestructura que no afecten la seguridad compartida en el bloque de
pertenencia, e incluso los propios contenciosos temas comerciales, ambientales,
culturales y demás son aspectos que muestran que alineamiento no significa en
modo alguno subordinación sino que son resultado del decisiones propias.
De hecho, países con fuerte
alineamiento estratégico con Estados Unidos -Israel es un ejemplo- suelen tomar
decisiones que chocan abiertamente con la voluntad norteamericana. La misma
Europa ha desarrollado desde el fin de la segunda guerra líneas de acción -como
la comercial, la ambiental, la demográfica, las políticas migratorias, la
tecnológica, y aún la financiera- con grados de autonomía vistos con muy poco
afecto por Estados Unidos, sin que ello hubiera rozado -hasta Trump...- su
alianza estratégica mayor en la OTAN. La propia creación de su moneda única, el
Euro, creada enfrentando el fuerte recelo de EE. UU. fue un ejemplo, así como las constantes pujas
comerciales que terminan solucionándose con acuerdos y compromisos sectoriales.
En este plano también se
debe destacar que aún los principales rivales cooperan en varios campos, cada
uno por supuesto defendiendo sus intereses. China inició su salto adelante por
impulso de Estados Unidos generando una simbiosis que dura hasta hoy. Sus relaciones comerciales, financieras y de
inversión son de las más fuertes del mundo, aún atravesadas a veces por diferencias
que terminan subsanándose con acuerdos. Empresas norteamericanas trabajan en
China mientras que importantes empresas chinas trabajan en Estados Unidos.
Hay otro plano, si se quiere
secundario pero que en ocasiones pasa a un primer plano comunicacional: la afinidad
o alejamiento “ideológico” -si vale el término, con todos sus matices y
prevenciones- de los protagonistas políticos internos. Tal vez el mejor ejemplo
sea la relación del presidente Milei con Estados Unidos y con Trump.
Es cierto que la afinidad
ideológica condimenta las relaciones personales, pero también lo es que no necesariamente
define la estrategia de largo plazo de los países. De hecho, el primer
acercamiento de Milei con Estados Unidos lo hizo con el presidente Biden,
entonces enfrentado duramente con Trump. Fue Sergio Massa, dirigente peronista,
quien dio muestras de una primer afinidad con Trump concurriendo a su toma de
posesión en 2015 y el propio FMI el que le toleró los fantasiosos dislates de
su política económica sin restarle su respaldo. Otro peronista, Carlos Menem, cultivó
lo que definió como “relaciones carnales” con EE. UU. invitando al presidente
Bush a una visita de Estado que incluyó su discurso en el Congreso Nacional y obteniendo
para la Argentina la condición de “aliado extra-OTAN”, condición a la que -debe
destacarse- ninguna administración posterior renunció.
La actitud del FMI, influida
por Estados Unidos, permitió los primeros pasos del programa económico de
estabilización en un momento realmente dramático para el país. Llegado Trump,
ese acercamiento se profundizó. En todo caso, del arte de la diplomacia
política y comercial dependerá obtener la mejor situación para los intereses nacionales
sin impostar posiciones y teniendo en cuenta las metas que el país se fije a sí
mismo para las próximas décadas, lo que debe resolver con su debate interno y
sus procesos electorales.
La creatividad, compromiso democrático
y sentido patriótico de los argentinos: su pueblo, sus instituciones, sus partidos
y dirigencias son los responsables de definir su rumbo y sus políticas. Honrar
su historia, su dignidad, sus héroes, pero muy especialmente su futuro.
Tal vez esa sea la forma de avanzar nuevamente
hacia el sueño de Roldán y la Argentina, en el lejano sur del planeta, con
recursos de todo tipo, singular amplitud climática y una población plural,
tolerante y cosmopolita, vuelva a ser ese faro que ilumina el horizonte en un
mundo cada vez más complejo, incierto y lleno de acechanzas.
Ricardo Lafferriere