lunes, 9 de febrero de 2026

ALINEAMIENTO, INDEPENDENCIA Y FUTURO

 Alineamiento, Independencia y Futuro – Informe Ejecutivo

1. Escenario Global

  • EE. UU.: busca preservar el orden internacional, apoyado en poder militar, dólar y valores democráticos.
  • China: potencia emergente, crecimiento económico y tecnológico, control político interno, alianza coyuntural con Rusia.
  • Europa: gran economía, débil militarmente, dependiente de EE. UU.
  • Rusia: potencia nuclear con economía pequeña, guiada por ambiciones neo-imperiales.
  • India: potencia emergente, modernización acelerada, futuro actor de primer nivel.
  • Mundo musulmán: conglomerado diverso, liderado por Arabia Saudita, Irán y Turquía, atravesado por tensiones religiosas.

2. Comparación de actores principales

Actor

Fortalezas

Debilidades

Perspectiva futura

EE. UU.

Poder militar, dólar, influencia cultural

Desafíos internos, rivalidad con China

Mantener hegemonía

China

Crecimiento económico, tecnología, alianza con Rusia

Débil tradición democrática, tensiones territoriales

Competidor principal

Europa

Mayor economía mundial, valores democráticos

Raquitismo militar, divisiones internas

Dependencia de EE. UU.

Rusia

Arsenal nuclear, poder militar

Economía pequeña, corrupción

Ambiciones neo-imperiales

India

Tamaño, modernización, crecimiento

Desigualdades internas

Potencia de primer nivel

Mundo musulmán

Cohesión religiosa, recursos energéticos

Tensiones sectarias, falta de unidad

Actor regional relevante


3. Argentina en el mapa global

  • Debilidad histórica: pérdida de poder duro y blando.
  • Ubicación estratégica: inevitable cercanía a EE. UU.
  • Afinidad cultural: valores occidentales, distancia con China, Rusia e India.
  • Relación con Europa: afinidad cultural pero dificultades comerciales.
  • Relación con EE. UU.: más fluida por estructura política centralizada.

4. Alineamiento y autonomía

  • El alineamiento estratégico con EE. UU. no implica subordinación.
  • Márgenes de autonomía en:
    • Comercio y relaciones con terceros países.
    • Ciencia y tecnología.
    • Proyectos conjuntos e infraestructura.
    • Políticas ambientales, culturales y migratorias.

Ejemplos:

  • Israel y Europa han tomado decisiones contrarias a EE. UU. sin romper alianzas.
  • China y EE. UU. cooperan en comercio e inversiones pese a rivalidad.

5. Política interna e ideología

  • Afinidad ideológica influye en relaciones personales, no en estrategia de largo plazo.
  • Ejemplos:
    • Milei se acercó a Biden antes que a Trump.
    • Massa mostró afinidad con Trump en 2015.
    • Menem cultivó “relaciones carnales” con EE. UU., logrando condición de aliado extra-OTAN, condición que Argentina ha mantenido con todos los gobiernos.
    • FMI, bajo influencia estadounidense, jugó rol clave en crisis económicas.

6. Conclusión

Argentina debe:

  • Reconocer limitaciones y potencialidades.
  • Mantener alineamiento estratégico con EE. UU. sin perder autonomía.
  • Definir políticas nacionales mediante debate interno y procesos democráticos.

Meta final: recuperar protagonismo y acercarse al sueño de Belisario Roldán: ser un faro en el hemisferio sur, capaz de iluminar un mundo complejo e incierto. En sus palabras en tiempos del primer centenario: convertirse en “el contrapeso meridional del continente”.


 

 




ALINEAMIENTO, INDEPENDENCIA Y FUTURO

Al determinar políticas para el país, el dato inicial ineludible es la comprensión del escenario global en el que se actúa y el lugar que en él tiene. Hoy, ese escenario se está reconfigurando profundamente.

Los dos protagonistas principales, que no siempre aparecen en conflicto abierto, son Estados Unidos y China. Uno es la potencia predominante y la otra, la que aspira a convertirse en una igual o superior a la que ha marcado el ritmo del mundo desde el fin de la guerra fría.

Ambos tienen motivaciones estratégicas diferentes que las llevan a luchar por su predominio. Estados Unidos, el triunfador de la Segunda Guerra y principal redactor de la normativa internacional que se edificó sobre ese triunfo, busca mantener la organización global sin mayores cambios a sus normas.

Ellas incluyen su predominio militar, el uso de su moneda como la divisa mundial de intercambio, el respeto a sus avances tecnológicos y un relato “wilsoniano” en el que destacan la vigencia de los derechos humanos, la democracia política y la libertad de comercio, principios útiles para lograr una argamasa para la configuración de su influencia “blanda” pero que sin embargo ha aplicado en forma subordinada a lo que en cada caso ha considerado sus intereses nacionales o su seguridad.

China, por su parte, inició -incentivada por los propios Estados Unidos- su camino hacia la condición de gran potencia a partir de la década de 1970. Ha dado pasos enormes en su desarrollo económico, tecnológico y militar, adoptando las normas capitalistas copiadas de su rival, pero manteniendo un férreo control político interno.  Aun recordando íntimamente el siglo “de la humillación” -enseñado en detalle en sus colegios-, ha optado por dar su batalla en el campo económico y comercial acercándose aún a sus viejos enemigos y está pugnando por construir un sistema alternativo de comercio internacional independiente de la divisa norteamericana.

Su inicial debilidad relativa en el campo militar la ha llevado a una alianza estratégica con su vecino Rusia, detentadora de uno de los arsenales nucleares más fuertes del mundo, y a aprovechar la obsesión de grandeza de los oligarcas rusos en su aventura ucraniana para acceder a energía y recursos minerales a precios más que convenientes. En el futuro, cuando la creciente debilidad rusa y su notable desarrollo militar lo permitan, China regresará a sus ancestrales ambiciones territoriales a costa de su actual socio.

En esta puja de fondo entre los dos “grandes” navegan tres aspirantes a ingresar también al escenario mayor: Europa, Rusia y la India, cada una con sus fortalezas y debilidades relativas.

Existe una cuarta: el mundo musulmán. Con sus propias contradicciones internas, conforma uno de los conglomerados humanos más numerosos del planeta, atravesado -como Europa- por matices que dificultan imaginarlos como pertenecientes a un mismo grupo, pero con una dinámica interna que le es propia y una argamasa que los une: su religión. En ella conviven visiones sectarias y fundamentalistas absolutamente incompatibles con el mundo occidental, con otras más abiertas y tolerantes deseosas de acceder a un estatus respetable en el escenario global.

Tres actores pugnan por liderar este conglomerado: Arabia Saudita, Irán y Turquía. Los tres participan del ajedrez mundial con alineamientos de coyuntura con uno u otro de los grandes actores, que a su vez los utilizan en su beneficio en el juego mayor, pero suelen, a la vez, ser escenario y hasta víctimas pasivas en sus propios territorios de esta especie de “guerra civil” intra-musulmana.

En el gran juego global, las fuerzas en pugna -incluso las más importantes, EE. UU. y China- no siempre tienen conflictos y en numerosas ocasiones hasta cooperan entre sí. En el plano general, de acuerdo con cada protagonista de este complejo escenario, los principales intereses de los actores son comerciales, económicos, estratégicos y hasta ideológicos-religiosos, según sus convicciones y su mirada del mundo.

Si hubiera que calificar a los actores según su importancia de cara al futuro, claramente la puja mayor se da por la hegemonía en el mundo de las próximas décadas. Estados Unidos y China, seguidos por la Unión Europea y atrás por India son sus actores principales. Todos ellos, con armas nucleares.

En un segundo escalón de importancia, una Rusia decadente pero aún humillada por su derrumbe luego de su autoderrota en la guerra fría no mira al futuro, sino que ha definido -bajo la conducción de Putin y de una oligarquía profundamente corrupta y criminal- su propósito de recuperar su antiguo estatus “imperial” en lo territorial y su soñado reconocimiento como gran potencia, perdido con la disolución de la URSS, condición a la que aspiran acceder fundados exclusivamente en su fuerza militar.

En el caso ruso, tanto sus ambiciones como sus métodos se asemejan a los vigentes en el siglo XIX e incluso a los fascismos del siglo XX: un equilibrio basado en el poder “duro” y en las alianzas militares, con escaso o nulo respeto a las normas internacionales y hasta a los más ancestrales principios del “pacta sum servanda”, es decir el respeto a los tratados y mucho menos a los derechos humanos.

Si bien la economía rusa es insignificante -en la escala de los grandes protagonistas, posee un PBI inferior al italiano- su mayor fuerza radica en la detentación de un poder nuclear igual o incluso superior al norteamericano, lo que le permite actuar en el plano global haciendo gala de una singular prepotencia y desprecio hacia quienes considera sus enemigos, rivales o países satélites.

Europa, el otro gran jugador, tiene en conjunto la mayor economía del mundo, pero es la inversa de Rusia: carece de una conducción política centralizada y muestra un raquitismo militar que la lleva a aferrarse y depender en última instancia de la protección nuclear de EE. UU.  y a la invocación permanente a un “mundo basado en reglas”.

Creyó -y actuó- con la convicción de que el mundo basado en reglas estaba logrado y ya vigente luego de la segunda guerra, pero ignoró los principios también ancestrales de la “realpolitik” -entre ellos, que las reglas en el campo de las Relaciones Internacionales  rigen si están respaldadas por una fuerza que las haga efectivas-, actitud más que ingenua teniendo como vecino al militarmente poderoso aspirante a neo-imperio, Rusia y su propia experiencia histórica de dos milenios.

Esa creencia la llevó a una dinámica interna tolerante con los disensos más extremos, desde aquellos que creen sinceramente en el proyecto europeo hasta quienes lo niegan al punto de buscar su disolución y retroceso al estadio de la recuperación de la soberanía de los Estados que la integran. En sus convicciones democráticas acepta incluir a sectores minoritarios pero muy dinámicos alineados con rivales geopolíticos que en realidad consideran a Europa como objetivo de dominación, infiltración o aún desaparición como espacio político.

A esto se agrega una anemia demográfica que la induce a ser tolerante -e incluso proclive- a la inmigración indiscriminada para conservar su fuerza laboral, lo que es aprovechado por sus rivales: tanto por el integrismo musulmán que vive aun culturalmente en el  siglo de las Cruzadas y busca su “revancha”, como por los sueños imperiales de dirigentes rusos , que intervienen sin ocultarlo en los países europeos, potenciando  sus conflictos políticos internos para debilitar a Europa y sus integrantes y socavar su estabilidad.

La India, el otro gran jugador de este segundo escalón, busca su espacio navegando en las tensiones globales y tratando de aprovechar las oportunidades que le genera su tamaño y potencialidad. El acelerado crecimiento de China -su antiguo vecino y rival- es un aliciente para su modernización, que ha encarado con aceptable éxito. Hoy India es importante en este segundo escalón, pero todo indica que en las próximas décadas será un protagonista en el primer nivel.

Por último, el numeroso mundo musulmán presenta tensiones diversas. Su liderazgo está atravesado por visiones religiosas diferentes en la interpretación de su libro sagrado, que en algunos casos responde a un sincero convencimiento y en otros a una utilización política concreta, sea para utilizar la pasión religiosa con finalidades crudamente seculares o sea para negociar posiciones con los distintos actores del escenario global, para los que -por su parte- resulte conveniente ese acercamiento en su gran juego.

En este mapa global -que obviamente admite y requiere matizaciones y aproximaciones en cada caso concreto, que superan esta síntesis- debe navegar la nave argentina, partiendo crudamente de su realidad, fijando su rumbo con clara conciencia de sus potencialidades pero asumiendo sus limitaciones, tanto geográficas como geopolíticas y culturales.

UBICACIÓN, POTENCIALIDADES Y LÍMITES

Durante más de un siglo de desorientación estratégica, Argentina ha ido reduciendo su importancia como protagonista del escenario global. Ha renunciado a su poder “duro” desmantelando sus Fuerzas Armadas y ha diluido su “poder blando” -ejemplo cultural, económico, democrático, abierto y cosmopolita- desde el fin de su apogeo, hace alrededor de un siglo. Ese punto de partida no puede ser ignorado si el propósito es proyectar objetivos nacionales viables.

La primera condición a tener en cuenta es su ubicación geográfica. Desde el cono sur de América su decadencia la ha alejado de la fallida profética visión de Belisario Roldán, la de convertirse en “el contrapeso meridional del Continente”, enunciada en tiempos del primer centenario, cuando su futuro lucía pletórico y promisorio.

Ese es el primer condicionante: en el escenario global actual, y de cara al próximo medio siglo, su pertenencia inevitable es la de su cercanía estratégica con Estados Unidos. Este gran protagonista ha fijado como uno de sus pasos más importantes su repliegue al continente americano, al que considera su “retaguardia” más sensible, y su irreductible hostilidad con la expansión al hemisferio de quien considera su gran rival estratégico.

Pero no sólo por eso: la cultura compartida en el relato democrático-liberal, los valores occidentales sobre los que ambos hemos edificado nuestra identidad nacional ya desde antes de su revolución independentista, y la composición de la población con fuertes lazos históricos y culturales occidentales de raíz europea son condicionantes de largo plazo.

Es indudable que existen matices diferentes y nunca ocultados, pero ninguno exhibe el abismo que separa nuestra visión del mundo con los otros grandes actores, China, Rusia o la propia India. En los primeros la inexistencia de la tradición de respeto a los derechos humanos y a las convicciones democráticas son un abismo cultural y con India, una ajenidad a tradiciones y creencias permite construir lazos comerciales, económicos y culturales, pero no mucho más.

Con Europa la relación de Argentina es contradictoria. Compartiendo casi en su totalidad los valores, la cultura y aún su historia, en el plano económico -aspecto que Argentina requiere urgentemente una puerta de acceso al mercado global para dar su salto adelante- más de un cuarto de siglo de negociaciones no han logrado cerrarse adecuadamente.

Los obstáculos para un acuerdo comercial con la Unión Europea, propósito iniciado por Alfonsín y seguido por de la Rúa, Macri y el propio Milei, reaparecen cada vez que se está a punto de llegar a la meta, mientras el tiempo pasa y seguimos encerrados. Por el contrario, con Estados Unidos la negociación se presenta con más fluidez y eficacia, ya que no depende de 27 países -y gobiernos- con sus respectivas políticas internas y economías, sino que depende de la decisión centralizada de un poder estatal o -como en la actualidad- del propio poder presidencial.

En esta pertenencia occidental, si bien el alineamiento estratégico con Estados Unidos es inevitable, un fuerte componente adicional agrega un condimento tan ineludible como aquel y la acerca al mismo dilema existencial de Europa: la necesidad de mantener un juego libre de su debate interno plural, sin renunciar ni disminuir ese alineamiento.  Llegamos así al título de este artículo: el alineamiento ¿impide la independencia? ¿determina el futuro?

En este punto es imprescindible realizar la diferencia entre el alineamiento estratégico y los márgenes de autonomía que, sin afectar el alineamiento en el tema mayor, existen en una multiplicidad de áreas en los que la capacidad de acción y decisiones son absolutamente independientes y dependen de las políticas de cada país y de su debate interno.

Entre ellos, claramente, la relación con terceros países, el intercambio comercial, la cooperación en ciencia y tecnología, la realización de proyectos conjuntos, la imbricación en campos de infraestructura que no afecten la seguridad compartida en el bloque de pertenencia, e incluso los propios contenciosos temas comerciales, ambientales, culturales y demás son aspectos que muestran que alineamiento no significa en modo alguno subordinación sino que son resultado del decisiones propias.

De hecho, países con fuerte alineamiento estratégico con Estados Unidos -Israel es un ejemplo- suelen tomar decisiones que chocan abiertamente con la voluntad norteamericana. La misma Europa ha desarrollado desde el fin de la segunda guerra líneas de acción -como la comercial, la ambiental, la demográfica, las políticas migratorias, la tecnológica, y aún la financiera- con grados de autonomía vistos con muy poco afecto por Estados Unidos, sin que ello hubiera rozado -hasta Trump...- su alianza estratégica mayor en la OTAN. La propia creación de su moneda única, el Euro, creada enfrentando el fuerte recelo de EE. UU.  fue un ejemplo, así como las constantes pujas comerciales que terminan solucionándose con acuerdos y compromisos sectoriales.

En este plano también se debe destacar que aún los principales rivales cooperan en varios campos, cada uno por supuesto defendiendo sus intereses. China inició su salto adelante por impulso de Estados Unidos generando una simbiosis que dura hasta hoy.  Sus relaciones comerciales, financieras y de inversión son de las más fuertes del mundo, aún atravesadas a veces por diferencias que terminan subsanándose con acuerdos. Empresas norteamericanas trabajan en China mientras que importantes empresas chinas trabajan en Estados Unidos.

Hay otro plano, si se quiere secundario pero que en ocasiones pasa a un primer plano comunicacional: la afinidad o alejamiento “ideológico” -si vale el término, con todos sus matices y prevenciones- de los protagonistas políticos internos. Tal vez el mejor ejemplo sea la relación del presidente Milei con Estados Unidos y con Trump.

Es cierto que la afinidad ideológica condimenta las relaciones personales, pero también lo es que no necesariamente define la estrategia de largo plazo de los países. De hecho, el primer acercamiento de Milei con Estados Unidos lo hizo con el presidente Biden, entonces enfrentado duramente con Trump. Fue Sergio Massa, dirigente peronista, quien dio muestras de una primer afinidad con Trump concurriendo a su toma de posesión en 2015 y el propio FMI el que le toleró los fantasiosos dislates de su política económica sin restarle su respaldo. Otro peronista, Carlos Menem, cultivó lo que definió como “relaciones carnales” con EE. UU. invitando al presidente Bush a una visita de Estado que incluyó su discurso en el Congreso Nacional y obteniendo para la Argentina la condición de “aliado extra-OTAN”, condición a la que -debe destacarse- ninguna administración posterior renunció.

La actitud del FMI, influida por Estados Unidos, permitió los primeros pasos del programa económico de estabilización en un momento realmente dramático para el país. Llegado Trump, ese acercamiento se profundizó. En todo caso, del arte de la diplomacia política y comercial dependerá obtener la mejor situación para los intereses nacionales sin impostar posiciones y teniendo en cuenta las metas que el país se fije a sí mismo para las próximas décadas, lo que debe resolver con su debate interno y sus procesos electorales.

La creatividad, compromiso democrático y sentido patriótico de los argentinos: su pueblo, sus instituciones, sus partidos y dirigencias son los responsables de definir su rumbo y sus políticas. Honrar su historia, su dignidad, sus héroes, pero muy especialmente su futuro.

 Tal vez esa sea la forma de avanzar nuevamente hacia el sueño de Roldán y la Argentina, en el lejano sur del planeta, con recursos de todo tipo, singular amplitud climática y una población plural, tolerante y cosmopolita, vuelva a ser ese faro que ilumina el horizonte en un mundo cada vez más complejo, incierto y lleno de acechanzas.

 Ricardo Lafferriere