viernes, 8 de febrero de 2013

Callejón... ¿sin salida?



                Es difícil imaginar una alternativa superadora del laberinto en el que ha ingresado la administración de Cristina Kirchner, por su propia decisión. Al menos, es difícil imaginarla sin un cambio copernicano de su discurso y de su práctica.

                Proseguir en el rumbo del “relato” y del “modelo”, al parecer, no lleva a otra situación que a la profundización de la crisis. Le fue advertido esto desde hace al menos cinco años por varios economistas y políticos. Entre las voces que anunciaron este desemboque estaba esta humilde columna, que advirtió desde que comenzaron los dislates, hacia dónde nos conducirían.

                Esta consecuencia, a pesar de ser inexorable, era ocultada por la ideología y la auto satisfacción que brinda el aislamiento del poder. “Es verdad, porque lo decimos nosotros”, contó alguna vez un periodista que había respondido Néstor Kirchner a una pregunta sobre su fundamento para afirmar una clara inexactitud económica. Esa percepción del poder los llevó –“nos” llevó, a todos los argentinos- a muchas crisis en nuestra historia, como la que enfrentamos y enfrentaremos en el futuro más que próximo.

                “El Banco Central no está para defender la moneda, sino para impulsar el crecimiento”, afirmaba suelta de cuerpo la presidenta de la Institución, cuando se barrió con la última pequeña barrera a la discrecionalidad y el gobierno decidió apropiarse libremente de las reservas internacionales, luego profundizada con la afiebrada emisión que llevó al 40 % del circulante a carecer de respaldo efectivo.

                Como todo es ideología, la respuesta de la funcionaria se redujo a repetir una consigna de moda hace cuarenta años, ignorando el tiempo que pasó y las experiencias que hemos vivido –en el mundo, y en el país- en esas décadas.

                El crecimiento es un objetivo loable, pero no está en manos exclusivas del gobierno y mucho menos del órgano que maneja el dinero. Depende de muchas otras variables, también mayores que las descriptas por Locke y sus discípulos contemporáneos: el avance tecnológico, el mercado percibido como probable, la productividad de la economía, la situación de la economía nacional “vis a vis” con la región y el mundo, la imbricación con la “locomotora” del crecimiento en cada época, y hasta la situación sicológica o “expectativas” de quienes deben decidir una inversión.

                Todas esas variables no las maneja el Banco Central. Ni siquiera el gobierno. El saldo final de la ecuación no dependerá de sus decisiones exclusivas, aunque la acción del gobierno –y del BCRA- pueden obstaculizar, a veces fuertemente, ese crecimiento. Y es lo que ha pasado.

                La administración Kirchner hizo eje de su gestión en la incentivación de la demanda, virtualmente ignorando todo el resto: tendencias del mercado global, alicientes a la inversión, capacitación empresarial, tecnológica y laboral de los argentinos, adecuados servicios financieros, papel de la infraestructura en la competitividad nacional, estimulación de la confianza inversora, respeto al estado de derecho…

En la campaña presidencial del 2007, tanto Elisa Carrió como Roberto Lavagna alertaron sobre este grotesco voluntarista, que pretendía “crecer a tasas chinas” manteniendo el 7 u 8 % de “crecimiento” anual, pero ocultando que ese crecimiento se reducía centralmente a liquidar la capacidad instalada y ahorrada por el país durante décadas. Proponían ambos un plan de largo plazo con una meta de crecimiento del 5 % anual, lo que permitiría destinar a la inversión un par de puntos adicionales del PBI. La respuesta de Kirchner fue demencial: “no me van a llevar a enfriar la economía”, denunciando a ambos como “neoliberales”, ante la euforia de la cofradía “nacional y popular” que aplaude cualquier cosa.

                Todo fue liquidado en el altar de la “diosa demanda”, entre otras cosas la competitividad producida por la macrodevaluación post-crisis, el deterioro de la infraestructura, el derrumbe de los servicios educativos, la disponibilidad de recursos adicionales generados por el default de Rodríguez Saá-Duhalde y su pesificación asimétrica, el alegre consumo sin reposición de las reservas de hidrocarburos, la bonanza de los términos del intercambio y el aporte fiscal extraordinario extraído al sector agropecuario.

                Cuando se terminaron esos recursos comenzaron con los saqueos, avanzando sobre el marco institucional. Las reservas internacionales del BCRA, la apropiación de los ahorros previsionales, la apropiación de empresas “manu militari”, la manipulación de los precios y la disolución paulatina de la moneda nacional.

                Ahora, agotado todo, su objetivo es lo que queda: los bienes personales de los argentinos. La AFIP ha anunciado operatorias sobre los productores, para “forzarlos a vender” su producción, como si ésta no fuera de ellos. Y los funcionarios más alocados predican desde hace tiempo la apertura forzada de las cajas de seguridad en los bancos, equivalente a entrar en los hogares de cada familia argentina para decidir qué se le arrebata, en nombre del “modelo nacional y popular” y la vigencia del “relato”.

                Obviamente, la tensión social recrudecerá, con el telón de fondo de muchos compatriotas forzados a una marginalidad mayor por la clara recesión que instalará el “modelo”.

                Hace tres años decíamos que cada día que pasara en ese rumbo, se haría más dura la salida porque estaríamos más enterrados. Hoy alertamos con mayor fuerza. El país es un polvorín, y andan sueltas bandas armadas fuera de todo control con capacidad de encender las mechas.

                Entonces: ¿estamos en un callejón sin salida? Nada de eso. Hay salida, y sigue siendo prometedora. Hay un buen escenario externo, y el deterioro en la convivencia ha provocado saludables reacciones en muchos argentinos que fueron anestesiados por el auge del consumo, pero que despiertan. Las gigantescas movilizaciones del 2012, las más grandes de la historia, muestran estas reservas.

                Lo que no hay es salida en el marco de este relato y este “modelo”. Tampoco en el marco de este régimen de gobierno. La salida exige generación de confianza y renacimiento del optimismo, y eso está alejado de las posibilidades del kirchnerismo. Cada nueva medida espanta inversores, profundiza el miedo, genera justificados comportamientos defensivos en los ciudadanos e incrementa las conductas preventivas que conducen a la recesión. Y además, nadie cree ya en su palabra. Ni siquiera los que aplauden.

                Y necesitamos, por el contrario, estado de derecho impecable con justicia independiente, seguridad jurídica escrupulosamente respetada y un gobierno que vuelva a hacer honor a su palabra, para estimular inversores en infraestructura pero también en toda la economía.

Necesitamos políticas sociales coherentes y sustentables, para incluir a todos en el proceso de recuperación.

Necesitamos una cuidadosa legislación y protección ambiental, para acompañar el crecimiento económico con el mejoramiento de las condiciones del entorno del que tradicionalmente sabíamos enorgullecernos.

Necesitamos políticas cuidadosas en la explotación de los recursos naturales, que no son de nuestra generación sino que tenemos que compartirlos con las que vienen, para lo cual debemos ser estrictos en su sustentabilidad.

Necesitamos una convivencia segura, para lo cual debemos erradicar de raíz el narcotráfico, ampliar los servicios educativos haciendo viable la obligatoriedad y profesionalizando los servicios policiales nacionales y provinciales sin tolerancia alguna con los excesos.

Necesitamos poner en vigencia las autonomías provinciales y municipales, dotándolas de recursos legítimos con un federalismo fiscal que estimule el pago de impuestos y el control social de su uso.

Necesitamos, en suma, una política limpia, sosteniendo un gobierno de unión nacional con base democrática, representativa e inclusiva.

Quien esto escribe está convencido que un gobierno partidista no logrará el milagro, que no es imposible si alineamos las fuerzas. La dinámica de la confrontación le llegaría muy pronto y recaería en ella, sobre el terreno abonado de las rudimentarias intolerancias que deja el kirchnerismo.

Por eso, aún con la incomprensión de muchos, insiste en el camino con absoluta fe en los argentinos y con la ilusión –que en ocasiones confiesa sentir ciertamente voluntarista- de que este rumbo, tan claro, podría concitar la confluencia de la virtual totalidad del arco “ideológico”, aunque no sea aún asumido claramente por las alternativas políticas que se presentan hoy como posibles.

Al igual que desde hace un lustro, cada día que pase la reacción será más costosa, más traumática, más dolorosa.

Ricardo Lafferriere

                

1 comentario:

Eduardo O. Gari dijo...

Estimado Ricardo,

Totalmente de acuerdo con tus palabras.Ojala sobrevinese una catarsis tal a nivel social que nos permitiera surgir como Nación al tiempo que no se deja impune ni uno solo de los desmanes cometidos por esta gente. Quiero ver a los dirigentes políticos que se dicen sanos ir hasta el final y no ceder a la tentación fácil de dejarlos ir como si nada hubiera pasado.Se vayan como se vayan, dejan tierra arrasada.No solo en lo material.Han sabido dinamitar el autorespeto y la autoestima de los menos favorecidos y de aí al odio de clases hay solo un paso.
Ojalá se pueda ver un aluz al fin del tunel pero no me gustaria ver a ninguno de los politicos complices de todo esto subirse a ese tren, si alguna vez llega.