jueves, 20 de agosto de 2020

LA PANDEMIA, EN CONTEXTO

Al finalizar la Primera Guerra Mundial el mundo estaba exhausto y parecía que respiraría aplacados ya los contendientes de la “Gran Guerra” -como se la dio en llamar, sin imaginar siquiera lo que sería la Segunda...-

Sin embargo, un nuevo azote se volcaría sobre todo el mundo: una epidemia de lo que se conocería luego como la “Gripe Española”, aunque nada tuviera que ver España ni los españoles con su origen.

Esa epidemia, que tomó características descontroladas, mató en todo el planeta a Cincuenta millones de personas (en la Argentina, más de 36.000). La población del mundo, en ese momento, era de dos mil millones. Equivalía al 2,5 % del género humano. En nuestro país, con una población estimada de aproximadamente 10 millones de habitantes, murió aproximadamente el 0,3 %.

Cuatro siglos antes, en la primera mitad de la XIV centuria (1340) Europa había sido conmovida por otra gran pandemia: la “Peste Negra”. Llegada de oriente, se extendió hasta los más recónditos rincones del continente europeo. Mató a Doscientos millones de personas. Un tercio de la población del viejo continente fue diezmada por lo que se consideró un “castigo divino” por la secularización creciente de la vida ciudadana originada en el proceso de urbanización, la emigración de los campesinos a las ciudades y las condiciones de vida en urbes que no estaban ni por asomo preparadas para ese proceso, sin agua potable, saneamiento ni servicios médicos.

La población del mundo en ese momento era de Mil millones de personas. Los muertos equivalieron, en consecuencia, al 20 % de la población mundial y el 35 % de los europeos.

Ahora, estamos conmovidos. La enfermedad del COVID-19 ha alcanzado a todo el planeta y no se ha acabado aún. Atravesó ya, sin embargo, las zonas más pobladas del globo. Los muertos orillan los 800.000 y puede alcanzar -quizás hasta superar- el millón de personas.

La población del planeta es hoy de más de ocho mil millones de personas. El saldo de muertos, imaginando que la pandemia provoque el deceso de entre uno y dos millones de personas, será equivalente aproximado al 0,02 % de la población del mundo.

En la Argentina estamos superando las 5000 muertes relacionadas con la pandemia. La palabra “relacionadas” no es un descuido: la mayoría de las personas que lamentablemente perdieron la vida tenían enfermedades preexistentes que debilitaron su sistema inmunológico y tenían una edad en la que las defensas suelen ser menores, pero también su expectativa de vida. La concentración de la letalidad del virus en ese escalón etario aumenta la gravedad para quienes ataque, pero -supongamos- que estemos en la mitad del proceso y que los muertos lleguen a duplicarse, es decir, que alcancen los 10.000. Esa tasa de muertes es menos de un tercio de las muertes anuales por neumonías y gripes estacionales, que en la Argentina supera las 32.000 personas por año.

Todas la muertes son dolorosas. Terminan con la vida de personas que llenan nuestros afectos, nuestras referencias e historias personales y nos sumergen en pena y tristeza que no es el momento de describir, porque todos los conocemos. Como humanos y seres vivos que somos hemos pasado o pasaremos por eso, como todos los congéneres que vivieron y vivirán sobre el planeta. Hasta ahora, no hay inmortalidad. Todos moriremos, por una u otra causa. La civilización ha luchado y ha logrado extender la perspectiva de vida hasta más allá de los 70 años, y en algunos países hasta más de 80 -como promedio, aunque existan saludables y vitales personas que superan los 100 años plenos de actividad- pero aún no logró -y aunque algunos lo pregonan, es improbable- llegar a la inmortalidad dentro de algunas décadas.

Lejos está de mí restar importancia a este virus letal que nos azota. Mucho menos de predicar el descuido, el desinterés o su banalización. Es un virus grave, afecta principalmente a los mayores,-personalmente, lo soy y pertenezco a ese “colectivo de riesgo”- y puede llegar a ser fatal. En realidad, lo era más en sus primeros momentos, cuando la medicina se encontró desorientada por su virulencia y falta de protocolos unificados para enfrentarlo. Ahora no lo es tanto, como puede verse al cotejar en los nuevos “brotes” que aparecen en países que lo sufrieron hace algunos meses la cantidad de casos de contagio y observar la sustancialmente menor cantidad de muertos. Sigue siendo de cuidado, y mucho, pero ya no lo es con la terrorífica letalidad de los comienzos.

Entonces... pongamos en contexto. Hay un problema. No se lo ha dominado en profundidad, pero junto a ese problema, las personas tienen otros, más extensos, más difundidos, más tensionantes.

Gente sin trabajo, empresas que deben cerrar, fábricas quebradas, servicios desaparecidos y con ellos la posibilidad de ingresos para millones -muchos millones, muchísimas más personas que los que pueden llegar a morir por el virus- que están en un estado de desesperación existencial como nunca han sufrido. Enfermos de otras dolencias ajenas al virus, niños y jóvenes sin socializar y sin educación sistemática, e incluso ancianos sanos aislados de sus nietos encerrados por precaución,

Es el momento de ceder con las medidas policiales y recurrir al autocuidado de los colectivos más vulnerables aconsejando con intensas campañas de educación la forma de prevenir la difusión. Las medidas de “barrera” más eficaces (mascarillas, distancia, prudencia en las reuniones) siguen siendo necesarias y aconsejables. Lo que no parece ya tanto es la persistencia de coerción que no se tiene con causas de letalidad sustancialmente más peligrosas que el COVID 19. Seguimos teniendo más de 50.000 muertos por año por accidentes en las calles y rutas. Seguimos teniendo miles de muertos por alcoholismo y tabaquismo. Tenemos una profundización de la dependencia de drogas notable en los últimos tiempos. Tenemos una criminalidad en ascenso que -no tengo datos pero...- parece estar superando en letalidad al propio COVID 19: nada más que en el primer bimestre de este año hemos tenido en la Argentina cerca de 6000 homicidios...antes aún de liberar a los presos peligrosos.

Y estamos económicamente quebrados.

Pongamos la atención entonces en todos los problemas. Pongamos a la pandemia “en contexto” y empecemos a elevar las prioridades de las otras urgencias, que se están agravando innecesariamente. Y -lo más importante- separemos “la paja del trigo”, sin usar la pandemia para justificar situaciones que requieren un debate conjunto sin gritos, lo que es imposible si ésta es usada para sacar ventajas en temas que la sociedad debe debatir sin el telón de fondo de imposiciones autoritarias, caprichosas e innecesarias.


RICARDO LAFFERRIERE              



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