jueves, 24 de marzo de 2022

Cristina tiene razón



El acuerdo con el FMI no soluciona ningún problema grave del país. Sólo envía al futuro el mismo problema de hoy. Y los llevará a perder las próximas elecciones.

Frente a esa opción, no dice cuál es su propuesta, simplemente porque no la tiene. Sabe -ya que tonta no es- que la única forma de que ese acuerdo sirviera para cambiar el rumbo de decadencia sería marchando hacia una economía que libere las fuerzas productivas y ella jamás aceptaría eso. Y no es sólo la racionalidad fiscal -que es muy importante-: es un cambio total en el rumbo y alineamiento económico del país.

Un pequeño ejercicio: imaginemos que quisiéramos cubrir con colocaciones de deuda en el mercado la totalidad de la deuda pública argentina, hoy alrededor de los 400.000 millones de dólares (más que un PBI). Una tasa de riesgo país de 1900 puntos significa una carga de intereses anuales -nada más que intereses- de 72.000 millones de dólares (19 %). Es una cifra escalofriante, por encima de cualquier posibilidad de cobertura con nuestra economía que, aún andando bien, genera excedentes en el comercio exterior que difícilmente superen los 15.000 millones de dólares. Sería la forma de “liberarnos de la tiranía del FMI”...

¿Entonces? ¿debemos declarar un default e irnos del FMI? ¿Renunciar a integrar el mundo por querer inventar la pólvora, negando las leyes de la economía y pretendiendo establecer trasnochadas reglas de juego “al  uso nostro”, que no siguen ni siquiera los países más recelosos hacia el mundo occidental, como Rusia, China o los países árabes?

Imaginemos otra situación: esa misma deuda, con un riesgo-país que hubiera alcanzado el nivel de la región, que oscila en 200 puntos -o sea, 2 % anual de tasa de interés- (Uruguay, Chile, Brasil, Paraguay, Bolivia, oscilan en ese rango). Esa tasa nos permitiría reducir nuestra carga de intereses en el mercado, por toda la deuda, a 8.000 millones de dólares al año. Con el superávit comercial normal nos alcanzaría y nos quedarían 7.000 millones de dólares por año, sea para comenzar a pagar capital o -como sería más útil- para volcar al desarrollo nacional.

Ya en la administración de Cambiemos pudimos alcanzar, para el 2017, una tasa de 450 puntos. Y luego rebotó hasta ubicarse entre 700 y 800, obligándonos a recurrir al FMI, cuya tasa de interés oscila en el 5 % anual. ¿Por qué rebotó? Pues por el enrarecimiento de la situación internacional y por la falta de unidad interna respaldando un camino homologable con el mundo. Nada “raro”: es el comportamiento de todos, no sólo de la región. EEUU y Japón, Gran Bretaña y China, Rusia y los países árabes, todos saben que “con eso no se juega”. Salvo por acá, donde razonando “modelo siglo XX” se piensa que sí se puede jugar con fuego. Inmediatamente de las PASO de 2019 todo se agravó: el riesgo-país saltó a 1600 puntos, y no precisamente por Macri, sino por el resultado electoral.  Hoy roza los 1900 puntos.

¿Cómo podríamos reducir la tasa de riesgo-país? Pues, como hacen nuestros vecinos -y todos los que tienen gobiernos racionales-: generando confianza en el mundo acreedor de que no caeríamos en las locuras “nacionalistas” de mediados del siglo XX, negando la deuda,  declamando a los cuatro vientos que la propiedad  no tiene valor, anunciando a los acreedores que no cobrarán lo que nos presten y notificando a los posibles inversores que por el solo hecho de traer sus dólares para invertir en Argentina perderán el 50 % de su capital por la manipulación cambiaria que hace discrecionalmente el gobierno con los tipos de cambio. Y además, ignorando las reglas económicas que hoy el mundo acepta en forma unánime, hasta Corea del Norte o Cuba.

Cristina tiene razón. El arreglo con el FMI sólo le quita presión al país en la coyuntura. No arregla nada de fondo. Lo que calla es que con su receta tácita (default con el FMI e inmediatamente default con todo el resto del mundo) la situación no sólo no mejoraría: empeoraría hasta el borde de la propia existencia nacional, habida cuenta de los nuevos actores -narcotráfico, delito violento, imbricación con actores internacionales violadores sistemáticos de los derechos humanos y la democracia, etc.- que tensan la convivencia al límite abriendo caminos insospechados.

No hay salida para la Argentina en este camino. Sí la habría con un cambio de rumbo.

Para ese cambio inexorablemente necesitaríamos un acuerdo gigantesco del país sensato, en el que no deberían caber los profetas del dedito levantado, que la política -y la sociedad- deben aislar y encapsular sin vasos comunicantes con la administración. Un acuerdo que logre el 60 o 70 % de respaldo ciudadano y de sus representantes, removiendo cualquier duda sobre nuestra responsabilidad política nacional, pero que excluya cuidadosamente a quienes conspiran contra el relanzamiento argentino con su sabotaje permanente.

 Un acuerdo cuyo resultado será recuperar la confianza perdida hace varios años, que habíamos comenzado a recuperar hasta la debacle del 2018, cuando desde la propia coalición de gobierno de entonces comenzó a cuestionarse y ponerse en duda la corrección del rumbo tomado, por resabios populistas pero también por no tener en claro las demandas que un proceso virtuoso exige a cualquier país que desee crecer y que llegó al paroxismo con el ataque al Congreso en ocasión de tratarse la reforma del sistema previsional.

No hay ningún país en el mundo, ninguno, que haya crecido en el formato que impulsa el Frente de Todos-con crudeza- o el resto del populismo -con disimulo-. Repito: ninguno. Ni en su versión agónica del albertismo, ni en su versión trágica del Cristinismo.

Al revés, todos los que han crecido lo han hecho respetando las reglas de juego, convocando inversiones propias y extrañas, manteniendo con el crecimiento una permanente vocación inclusiva compatible con la dignidad humana pero, a la vez, evitando cuidadosamente la paranoia de ocultar ante la sociedad el objetivo de las medidas que se tomen y expresen con claridad tanto el rumbo como las metas de la gestión económica y política del país.

Tal vez el caso extremo es Japón: debe dos veces y media su PBI y a pesar de eso su tasa de riesgo-país es de sólo 34 puntos. O sea, 0,34 % de interés anual por encima de la tasa americana. Japón, con una deuda de Once billones de dólares, tiene una cuenta de intereses con el mercado de la mitad de la que pagaría en el mercado la Argentina por una deuda veinte veces inferior. Y obviamente, no necesita del apoyo del FMI. ¿Su secreto? Nunca hizo un default, nunca cuestionó pagar lo que pidió prestado y nunca culpó de su deuda a sus acreedores.

Hoy el gobierno, en sus dos versiones -la agónica y la trágica- no ofrece estas alternativas. La oposición, aún, tampoco ha podido generar las bases para un nuevo rumbo evitando cuidadosamente los vínculos con el populismo irracional: por el contrario, varios en su seno siguen predicando la engañosa fórmula de la “unidad con todos”, que conduce a la impotencia.

Cristina tiene razón. El acuerdo con el FMI no soluciona nada. Pero hay algo mucho peor: un acercamiento de la oposición al populismo agónico confundirá aún más a una sociedad golpeada y ansiosa de una alternativa lúcida. Su resultado se ve en la fuga de compatriotas, la más grande de nuestra historia, desilusionados y temerosos hasta de perder no sólo su país, sino su propia vida.

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