NO SOY NEUTRAL
Me disculpo —si es que corresponde
disculparse— por afirmar con claridad que no me siento neutral ante esta
guerra. Desde mi adolescencia, cuando comencé a decantar mis principios, una
sentencia atribuida a Yrigoyen se volvió el cimiento de mi mirada sobre el
mundo: “Los hombres son sagrados para los hombres…” Él completaba: “…y
los pueblos para los pueblos.”
A partir de esa convicción sostuvo, con la
integridad de quien entiende la política como un deber moral, que “las
autonomías son de los pueblos, no de los gobiernos”, incluso cuando debió
intervenir provincias sometidas por el fraude oligárquico, frente al cínico
reclamo de respetar “las autonomías provinciales”. Sobre ese respeto a la
libertad de los hombres y de los pueblos se construye la convivencia
democrática. Sin él, no hay convivencia posible: sólo queda la lucha.
Los seres humanos son anteriores y superiores
a cualquier abstracción filosófica, jurídica o política. Están por encima de
los Estados, de las provincias, de los partidos, de las religiones. Representan
una sacralidad laica sin la cual todo lo demás pierde sentido. Esa lección nos
la dejaron siglos de oscurantismo, persecuciones y dictaduras que creyeron que
la vida humana era un instrumento y no un fin.
Hoy el mundo enfrenta múltiples conflictos,
pero uno sobresale: el que se libra por esa sacralidad de la condición humana,
degradada por el integrismo religioso y por la hipocresía de estructuras
políticas aferradas a cálculos utilitarios.
He sostenido alguna vez que la vida es una
sucesión de contradicciones y que todo valor arrastra un disvalor. Sólo la
acción permite sintetizar la justicia de una posición. No me gusta Trump: ni su
chabacanería, ni su torpeza dialéctica, ni su ambivalencia frente a Ucrania, ni
su personalidad. Pero por encima de mis reservas está la realidad: nadie, hasta
ahora, había decidido o había podido frenar la repugnante orgía de sangre de
los ayatolás medievales; ni su chantaje nuclear; ni el cinismo de invocar el
“derecho internacional” mientras asesinan a sus ciudadanos en las calles y
ahorcan jóvenes y mujeres cuyo único delito es pedir libertad, ni atentando
-como lo hicieron en la Argentina- con explosiones que costaron decenas de
muertos inocentes.
Desde esa diferencia afirmo que la acción de
Estados Unidos e Israel me interpreta, aun sabiendo que para llevarla a los
hechos hayan debido alinear intereses más diversos de los participantes.
Después —cuando el demonio haya sido derrotado— apoyaré todas las causas que
impulsan el progreso humano: la protección del planeta, la defensa de los
vulnerables, el arte, la ciencia y la técnica que ennoblecen nuestra marcha, la
igualdad ante la ley, el reclamo por la libertad que tres veces entonamos al
cantar el himno. Pero antes está el derecho a vivir. Y ese derecho no se
garantiza rindiéndose ante el absolutismo que cuelga disidentes, sino honrando
la lucha de siglos por la libertad de conciencia y de pensamiento, la misma que
hizo posible imaginar un mundo solidario sin fronteras morales.
Liberado el mundo de este peligro, habrá que
reescribir las normas que permitan una convivencia en paz: una utopía no sólo
kantiana, sino de todos los pensadores cosmopolitas que creyeron en una
humanidad sin guerras. Invocar hoy normas cuya inoperancia la ha vuelto
inexistentes sólo sirve para justificar lo injustificable: que la vida humana
no importa, que puede segarse impunemente y que el poder no reconoce límites.
No se puede invocar la ley para defender su
violación.
Por último, conviene recordar que la
Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 —también “derecho
internacional”— aprobada por unanimidad por la Asamblea General de las Naciones
Unidas, afirma que “los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en
cooperación con las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los
derechos y libertades fundamentales del hombre”. Entre ellos, el primero y
más elemental: el derecho a la vida, finalidad última de cualquier organización
política y de toda norma jurídica civilizada.
Ricardo Lafferriere
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