viernes, 17 de abril de 2026

TRES EUROPAS

 Desatada la lucha real por el diseño del mundo que sucederá a la “paz americana” post  guerra fría entre la potencia dominante y la que desafía su hegemonía, el resto del mundo busca su espacio con las armas que conoce.

El gran alineamiento no prevé terceros bloques, y en un escenario en el que la ingenuidad -o los errores- pueden resultar caros, Estados Unidos y China desarrollan sus estrategias de competencia-cooperación (como lo hicieran durante varias décadas EEUU y la URSS) moviendo  sus piezas cada uno en dirección a su objetivo: el poder establecido reforzando su posicionamiento con la fuerza velada o desatada, y el desafiante buscando las grietas por donde pueda colar su verdadero poderío: el económico y comercial.

En el fondo ambos son conscientes del papel decisivo del poder “duro” y ambos lo construyen.  Tecnologías, armamentos avanzados, poder territorial, dominio de los recursos escasos, fuentes de energía, vías de comunicación, son determinantes de ese poder.

Pero también es cierto que para lograr afianzarlo y mantenerlo, ese poder no puede estar exhibiéndose cotidianamente so pena de desgastarse y convertirse en inútil. Los momentos de fuerte exhibición de poder duro deben ser entonces matizados por largos períodos de poder blando en los que se deben contemplar los intereses, deseos y aspiraciones de los terceros, más o menos cercanos a unos u otros en un minué que está lejos de ser estable, y en intervenciones no siempre buscadas para responder a antiguos aliados amenazados hasta con su desaparición por antagonistas irracionales en los que el abismo cultural y la intolerancia alcanzan niveles enfermizos.

Entre esos terceros los hay algunos más cercanos a los grandes protagonistas y otros más alejados. Los hay, incluso, quienes sueñan con participar de ese banquete de dos, alguno ilusionado con reconstruir su pasado imperial, otros con convertirse en el pivote de la segunda mitad del siglo por su creciente población y desarrollo acelerado, y otros porque no se resignan a pasar a papeles secundarios, tomados por la añoranza de viejas glorias coloniales.

Rusia, India y Europa enredan sus roles, apostando a una “independencia estratégica” que no les impide jugar con uno u otro de los grandes protagonistas, como si éstos fueran ingenuos.

Por último, el mundo musulmán protagoniza un “revival” que intenta poner en valor la fuerza amalgamante de sus creencias religiosas en el plano político disputándose en el fondo el respaldo de grandes masas humanas en las que el racionalismo -que nació en Occidente y que con sus características sí se ha instalado en China, Rusia a la India- está en gran medida ausente y en consecuencia lo hace altamente imprevisible. Todo esto con una reserva: no está unido y conviven en él integrismos medievales con visiones occidentalizadas.

Europa, por su parte, pierde aceleradamente su unidad, arrastrada por la dinámica del nuevo mundo bipolar sino-americano en gestación.  El norte -Polonia, Finlandia, los países escandinavos y los bálticos- apunta a mantener lo más firmemente posible la alianza atlántica, aprovechando la necesidad americana de no descuidar las nuevas rutas marítimas que el cambio climático está dejando abiertas. Éstas pasan por sus cercanías y aspiran que eso motive al “gran amigo” americano con poder nuclear a que pueda ayudarles a disuadir a la siempre peligrosa Rusia de recaer en sus sueños imperiales.

El corazón industrial de Europa -Alemania, Francia, Gran Bretaña-, que fuera el motor del sueño de la Europa unida, se debate en la búsqueda de un futuro que se le ha ido escapando de las manos al compás de su imprevisión -en defensa, en la hiperregulación que ha asfixiado y asfixia su economía, y en la actitud de creer que su patronazgo cultural le aseguraría un predominio eterno-. Tiene poder nuclear -Francia, Gran Bretaña- aunque reducido, y sus poblaciones no parecen dispuestas a la fuerte inversión que requeriría prescindir del eventual apoyo americano en caso de requerir la actuación del poder fuerte, imprescindible para cualquier proyecto estratégico de largo plazo. Esta realidad lo condena a un decadente segundo plano.

Y el sur está entregado alegremente a la estudiantina ideológica de mediados del siglo XX ignorando fatalmente la invasión musulmana que siembra en su seno conflictos de convivencia entre una población acostumbrada a la cómoda paz de su estado de bienestar sin grandes conmociones y las grandes masas inmigrantes musulmanas de diferente cultura, actitud proactiva y dinámica impulsada por una religión que está lejos de haber llegado al laicismo tolerante de los herederos del viejo imperio romano, sino que se asumen como portadoras de un mensaje trascendente que les ordena gobernar el mundo en una especie de "contra-cruzadas".

Entre esos intereses tan diversos y tan faltos de “affectio societatis” a Europa le será difícil compartir la visión de futuro y mucho menos lograr la unidad de acción: sin estrategia unificada, sin política exterior y sin defensa común, sus retazos están -tristemente- condenados a buscar en solitario sus lugares posibles.

Ese es el escenario que vive el mundo tras el cortinado. Tras esas bambalinas todo se ordena y tiene coherencia, aún las aparentemente disparatadas, contradictorias y a veces hasta hilarantes declaraciones de importantes liderazgos mundiales, sin embargo siempre motivadas por objetivos que sus emisores tienen claros y estudiados.

Desentrañar y tener en claro la diferencia entre lo actuado como estrategia de lo que es real y efectivamente buscado es, sin dudas, el principal desafío para una comprensión orientadora de los liderazgos políticos. Ello ayudará a asumir las posibilidades y los márgenes de acción para los intereses -y países- que se representan.

Ricardo Lafferriere

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