Desatada la lucha real por el diseño del mundo que sucederá a la “paz americana” post guerra fría entre la potencia dominante y la que desafía su hegemonía, el resto del mundo busca su espacio con las armas que conoce.
El gran alineamiento no prevé terceros bloques, y en un
escenario en el que la ingenuidad -o los errores- pueden resultar caros,
Estados Unidos y China desarrollan sus estrategias de competencia-cooperación (como
lo hicieran durante varias décadas EEUU y la URSS) moviendo sus piezas cada uno en dirección a su objetivo:
el poder establecido reforzando su posicionamiento con la fuerza velada o
desatada, y el desafiante buscando las grietas por donde pueda colar su
verdadero poderío: el económico y comercial.
En el fondo ambos son conscientes del papel decisivo del
poder “duro” y ambos lo construyen. Tecnologías,
armamentos avanzados, poder territorial, dominio de los recursos escasos,
fuentes de energía, vías de comunicación, son determinantes de ese poder.
Pero también es cierto que para lograr afianzarlo y
mantenerlo, ese poder no puede estar exhibiéndose cotidianamente so pena de
desgastarse y convertirse en inútil. Los momentos de fuerte exhibición de poder
duro deben ser entonces matizados por largos períodos de poder blando en los
que se deben contemplar los intereses, deseos y aspiraciones de los terceros,
más o menos cercanos a unos u otros en un minué que está lejos de ser estable,
y en intervenciones no siempre buscadas para responder a antiguos aliados
amenazados hasta con su desaparición por antagonistas irracionales en los que
el abismo cultural y la intolerancia alcanzan niveles enfermizos.
Entre esos terceros los hay algunos más cercanos a los
grandes protagonistas y otros más alejados. Los hay, incluso, quienes sueñan
con participar de ese banquete de dos, alguno ilusionado con reconstruir su
pasado imperial, otros con convertirse en el pivote de la segunda mitad del siglo
por su creciente población y desarrollo acelerado, y otros porque no se
resignan a pasar a papeles secundarios, tomados por la añoranza de viejas
glorias coloniales.
Rusia, India y Europa enredan sus roles, apostando a una “independencia
estratégica” que no les impide jugar con uno u otro de los grandes protagonistas,
como si éstos fueran ingenuos.
Por último, el mundo musulmán protagoniza un “revival”
que intenta poner en valor la fuerza amalgamante de sus creencias religiosas en
el plano político disputándose en el fondo el respaldo de grandes masas humanas
en las que el racionalismo -que nació en Occidente y que con sus características
sí se ha instalado en China, Rusia a la India- está en gran medida ausente y en
consecuencia lo hace altamente imprevisible. Todo esto con una reserva: no está
unido y conviven en él integrismos medievales con visiones occidentalizadas.
Europa, por su parte, pierde aceleradamente su unidad,
arrastrada por la dinámica del nuevo mundo bipolar sino-americano en gestación. El norte -Polonia, Finlandia, los países
escandinavos y los bálticos- apunta a mantener lo más firmemente posible la
alianza atlántica, aprovechando la necesidad americana de no descuidar las
nuevas rutas marítimas que el cambio climático está dejando abiertas. Éstas
pasan por sus cercanías y aspiran que eso motive al “gran amigo” americano con
poder nuclear a que pueda ayudarles a disuadir a la siempre peligrosa Rusia de recaer en sus sueños imperiales.
El corazón industrial de Europa -Alemania, Francia, Gran
Bretaña-, que fuera el motor del sueño de la Europa unida, se debate en la búsqueda
de un futuro que se le ha ido escapando de las manos al compás de su
imprevisión -en defensa, en la hiperregulación que ha asfixiado y asfixia su
economía, y en la actitud de creer que su patronazgo cultural le aseguraría un
predominio eterno-. Tiene poder nuclear -Francia, Gran Bretaña- aunque reducido,
y sus poblaciones no parecen dispuestas a la fuerte inversión que requeriría
prescindir del eventual apoyo americano en caso de requerir la actuación del
poder fuerte, imprescindible para cualquier proyecto estratégico de largo
plazo. Esta realidad lo condena a un decadente segundo plano.
Y el sur está entregado alegremente a la estudiantina
ideológica de mediados del siglo XX ignorando fatalmente la invasión musulmana
que siembra en su seno conflictos de convivencia entre una población
acostumbrada a la cómoda paz de su estado de bienestar sin grandes conmociones
y las grandes masas inmigrantes musulmanas de diferente cultura, actitud
proactiva y dinámica impulsada por una religión que está lejos de haber llegado
al laicismo tolerante de los herederos del viejo imperio romano, sino que se
asumen como portadoras de un mensaje trascendente que les ordena gobernar el
mundo en una especie de "contra-cruzadas".
Entre esos intereses tan diversos y tan faltos de “affectio
societatis” a Europa le será difícil compartir la visión de futuro y mucho menos lograr la
unidad de acción: sin estrategia unificada, sin política exterior y sin defensa común, sus retazos están -tristemente- condenados a buscar en solitario sus lugares posibles.
Ese es el escenario que vive el mundo tras el cortinado. Tras
esas bambalinas todo se ordena y tiene coherencia, aún las aparentemente
disparatadas, contradictorias y a veces hasta hilarantes declaraciones de importantes liderazgos
mundiales, sin embargo siempre motivadas por objetivos que sus emisores tienen claros y
estudiados.
Desentrañar y tener en claro la diferencia entre lo
actuado como estrategia de lo que es real y efectivamente buscado es, sin
dudas, el principal desafío para una comprensión orientadora de los liderazgos
políticos. Ello ayudará a asumir las posibilidades y los márgenes de acción
para los intereses -y países- que se representan.
Ricardo Lafferriere
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