Paulatinamente, parecen estar dibujándose en el plano global nuevos alineamientos estratégicos que de concretarse dejarán una escena planetaria sustancialmente distinta a la bipolaridad de la guerra fría y la unipolaridad americana que la sucedió.
Un hecho que pasó relativamente
desapercibido ha cambiado sustancialmente la percepción sobre la secular
tensión en el medio oriente y tendrá efectos globales. En el marco de la guerra
de Estados Unidos e Israel contra Irán, el país más golpeado por Irán -luego de
Israel- fue Emiratos Árabes Unidos (EUA): 550 ataques misilísticos y 2200
ataques con drones-.
Un ataque de un país árabe contra
otro. Lo singular fue que una defensa fundamental de EUA fue realizada por el
sistema “Iron Drome” (Cúpula de acero), que le fuera facilitado por Israel a
raíz de un pedido realizado por el presidente emiratí Mohamed bin Zayed al
primer ministro Benjamín Netanyahu. El ataque de un país árabe contra otro fue
neutralizado por Israel, apoyando la defensa del segundo.
El tema no quedó allí: constituyó
el primer despliegue del sistema de defensa israelí fuera de su territorio, y
no se limitó a ello. EAU recibió, por disposición de Netanyahu, un sistema de
vigilancia avanzado, la articulación de sus sistemas de inteligencia, y un
sistema láser “Iron Beam”, de gran efectividad en la intercepción de drones.
El medio oriente se reconfigura
alrededor de los acuerdos “Abraham”, impulsado por Trump en su anterior
mandato, cuyo objetivo es reorganizar ese espacio sobre la base del acuerdo
entre los países árabes moderados e Israel, en fuerte coincidencia con Estados
Unidos.
El avance de este proyecto es
coherente con el retiro parcial del poder americano en Europa, que para el país
del norte ha dejado de ser una prioridad estratégica y al que considera en
condiciones de “defenderse sola” de un eventual ataque ruso, del que la
inteligencia de EEUU descree. Tan solo le interesa de Europa su zona norte, por
su cercanía con las nuevas rutas marítimas polares que se están abriendo y se
abrirán como efecto del calentamiento global y el derretimiento de gran parte
de los hielos árticos.
En ese marco, las bases
americanas en el centro y sur de Europa reducen su importancia estratégica y
pueden ser reemplazadas por nuevos asentamientos en el nuevo espacio
estratégico del norte de África y medio oriente. La circulación por el
Mediterráneo y Suez puede ser custodiada desde países que Estados Unidos está
construyendo como nuevas amistades estratégicas y configurando un importante bloque
regional de poder. Su mirada en la construcción de “poder duro” no se dirige ya
al viejo rival de la guerra fría, al que considera en inexorable decadencia y
que no tendría siquiera en cuenta si no contara con el poder nuclear residual del
que dispone.
Si estos supuestos avanzan -y los
hechos parecieran indicar que sí- la fragmentación estratégica de Europa se
haría cada vez más patente. Un norte más cercano a Estados Unidos, un centro
industrial apuntando a su reindustrialización y a desarrollar un sistema
defensivo tomado en sus manos y menos dependiente de Estados Unidos, y un sur sumergiéndose
en un conflicto que no asume, el de su creciente islamización golpeando su convivencia
con valores extraños liderados por el extremismo integrista de Hamás, los
Hermanos Musulmanes, Hezbollah, las células iraníes “dormidas” y la creciente
influencia electoral de los inmigrantes. El destino de la Unión Europea se ve
cada vez más incierto. Por ahora, “cruje” y no se ven estadistas del nivel de los
que la construyeron, en la segunda mitad del siglo XX.
La migración indiscriminada musulmana
inducida por el gobierno hispano para utilizarla en la lucha política española
recuerda a la historia de los nobles españoles que en el 711 se levantaron
contra el rey Rodrigo e invitaron a Musa ibn Nusayr, gobernador musulmán de
Ifriquiya -actual Túnez y partes de Libia y Argelia-, a cruzar el estrecho de
Gibraltar con su ejército para vencer a Rodrigo y luego se fueran. Cruzaron,
vencieron a Rodrigo, pero se quedaron 700 años.
Hoy, Marruecos está en mejores
relaciones con Estados Unidos que España. Italia, a su vez, no termina de
definir su futuro, tironeada a tres bandas por la Europa franco-alemana, por su
lazo histórico con Estados Unidos y por la presencia de la numerosa
colectividad musulmana -sobre la que ya advirtiera, hace casi tres décadas la
recordada Oriana Fallaci- y cuya fuerza electoral puede decidir quién gobierna
Italia.
En el lejano oriente, EEUU mantiene
una estrategia bipartidista -a pesar de los curiosos discursos antidemócratas
de Trump- consistente en reforzar su línea de aliados de primer nivel -Japón,
Corea del Sur, Taiwán- con el propósito de evitar la expansión y dominio marítimo
de China fuera de su cinturón de islas. Y China prosigue su tenaz tarea de
impulsar su comercio y acercarse a los mercados globales para apoyar en ellos
su desarrollo, a la vez que impulsa su fuerza militar y su desarrollo
tecnológico, ambos aspectos en los que encuentra aún lejos de su rival.
Esta reconfiguración apunta a desembocar
en dos grandes bloques globales, alrededor de los liderazgos de Estados Unidos
y de China, que paso a paso construyen su “poder duro”, aún dentro del marco de
tolerancia recíproca soldada por sus intereses comunes, que de hecho existen.
Empresas chinas realizan muy buenos negocios en Estados Unidos, y la recíproca
es tan cierta como que fue la economía americana la que, luego del viaje de
Nixon en 1972 y la decisión del XII Comité Central del PCChina en 1978, financió
su exitosa modernización.
Detrás quedarán la Europa
fragmentada y el sueño imperial de Rusia. Sus limitaciones e impotencia en el
ajedrez mundial las ubicarán como satélites de uno u otro de los bloques, sin
olvidar la pujante presencia de la India, jugador que con inteligencia sortea
las coyunturas aprovechando las necesidades de unos y otros para superar sus
desigualdades y construir su gran salto adelante.
Ricardo Lafferriere
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