jueves, 14 de mayo de 2026

El cambio "mileísta"

 

El cambio “mileísta”: refundación y desafíos

El agotamiento del modelo económico argentino, consolidado durante el kirchnerismo y heredero de una estructura que se remonta a la primera mitad del siglo XX, abrió paso a un cambio radical. Javier Milei, outsider sin compromisos con las viejas estructuras políticas, propone una refundación del país basada en la apertura global y la movilización de recursos naturales. Su proyecto busca romper con la concentración histórica en Buenos Aires y con el modelo “nacional y popular” en el que muchos, en mayor o menor medida, hemos abrevado, que privilegió el consumo interno y el proteccionismo, financiado por el interior productivo condenado al estancamiento.

La deformación histórica

Argentina se organizó alrededor del puerto de Buenos Aires, generando una “cabeza de Goliat” que concentró población, riqueza y poder político. Rosario, la alternativa soñada por Urquiza y la breve etapa de la Confederación Argentina, nunca llegó a compensar la potencialidad portuaria de la vieja capital del Virreinato.

El modelo industrial protegido y estatista del siglo XX reforzó esa centralidad, mientras el interior quedó relegado como proveedor de recursos primarios, con saludables excepciones que buscaron bordear la lógica del modelo: Córdoba, Mendoza, Santa Fe y algunas otras pocas zonas puntuales.

La ideología dominante exaltó la excepcionalidad argentina y consolidó un entramado corporativo que evitaba cuestionar el rumbo. Sin embargo, la globalización y la revolución tecnológica dejaron obsoleto y marcó los límites de ese esquema, que sobrevivió mediante endeudamiento, inflación y confiscaciones hasta su crisis final.

La propuesta mileísta

El proyecto de Milei plantea un “cambio copernicano”: aprovechar las ventajas comparativas en minería, agro, energía, pesca e industrias del conocimiento, integrando al país en la economía global. Para ello se requiere seguridad jurídica, respeto a la propiedad y libertad de intercambio. La inversión necesaria excede con creces el ahorro interno, por lo que resulta imprescindible atraer capital externo. La primera etapa se centra en dinamizar los recursos naturales, generando empleo, infraestructura y demanda tecnológica, como base para una nueva industrialización.

Consecuencias sociales y políticas

La transición traerá ganadores y perdedores. Las regiones productivas se beneficiarán, así como la ciudad de Buenos Aires, experta secular en comercio y ahora en industrias del conocimiento. Mientras tanto, el conurbano bonaerense, dependiente de subsidios y de industrias protegidas, sufrirá la reconversión.

El éxito del modelo dependerá de una conducción política virtuosa que acompañe el cambio con políticas públicas: educación masiva y de excelencia, salud eficiente, infraestructura moderna y bienes públicos que reduzcan desigualdades. Sin ello, millones de personas quedarían marginadas. Sin embargo, es lo que se nota más débil o ausente en la propuesta mileísta.

El proyecto enfrenta la paradoja de necesitar un Estado inteligente y profesionalizado, aunque Milei rechace ampliar su rol. La Constitución garantiza derechos sociales (educación, salud, vivienda, seguridad social) que deben ser atendidos para legitimar el cambio. Una oposición que cuestione al mileísmo “desde el futuro”, el del mundo globalizado y la revolución tecnológica y no desde el pasado de industrias protegidas y complicidades corporativas podría acelerar la transformación, complementando los vacíos de la propuesta libertaria.

Lecciones históricas y estilo político

El proceso recuerda al modernizador de 1880-1930: una primera etapa -la   generación del 80- de apertura a la inmigración europea y las inversiones externas que impulsaron el crecimiento,  y una segunda de inclusión política y social con el radicalismo. Hoy, tras la etapa “dura” de Milei, se requerirá una dinámica política que incorpore a los ciudadanos, con honestidad pública y protección a los perdedores. El estilo confrontativo de Milei divide opiniones, pero aunque sus defensores sostienen que era necesario para romper mafias y complicidades, cada vez se hará más imprescindible para el éxito del cambio la inclusión de todos en sus beneficios.

Conclusión

El cambio “mileísta” es inevitable ante el agotamiento del modelo tradicional y la imposibilidad de sostener déficits eternos con emisión o deudas sistemáticamente defaulteadas. Su éxito dependerá de combinar apertura modernizadora con inclusión social, evitando que desarrollo y democracia se vuelvan antagónicos.

La Argentina enfrenta, una vez más en su historia, la oportunidad de reconstruir la alianza entre crecimiento y ciudadanía para construir una sociedad más libre, próspera y justa.

Ricardo Lafferriere

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