El cambio “mileísta”:
refundación y desafíos
El agotamiento del modelo
económico argentino, consolidado durante el kirchnerismo y heredero de una
estructura que se remonta a la primera mitad del siglo XX, abrió paso a un
cambio radical. Javier Milei, outsider sin compromisos con las viejas estructuras
políticas, propone una refundación del país basada en la apertura global y la
movilización de recursos naturales. Su proyecto busca romper con la
concentración histórica en Buenos Aires y con el modelo “nacional y popular” en
el que muchos, en mayor o menor medida, hemos abrevado, que privilegió el
consumo interno y el proteccionismo, financiado por el interior productivo
condenado al estancamiento.
La
deformación histórica
Argentina se organizó alrededor
del puerto de Buenos Aires, generando una “cabeza de Goliat” que concentró
población, riqueza y poder político. Rosario, la alternativa soñada por Urquiza
y la breve etapa de la Confederación Argentina, nunca llegó a compensar la
potencialidad portuaria de la vieja capital del Virreinato.
El modelo industrial protegido y
estatista del siglo XX reforzó esa centralidad, mientras el interior quedó
relegado como proveedor de recursos primarios, con saludables excepciones que
buscaron bordear la lógica del modelo: Córdoba, Mendoza, Santa Fe y algunas otras
pocas zonas puntuales.
La ideología dominante exaltó la
excepcionalidad argentina y consolidó un entramado corporativo que evitaba
cuestionar el rumbo. Sin embargo, la globalización y la revolución tecnológica
dejaron obsoleto y marcó los límites de ese esquema, que sobrevivió mediante
endeudamiento, inflación y confiscaciones hasta su crisis final.
La propuesta
mileísta
El proyecto de Milei plantea un
“cambio copernicano”: aprovechar las ventajas comparativas en minería, agro,
energía, pesca e industrias del conocimiento, integrando al país en la economía
global. Para ello se requiere seguridad jurídica, respeto a la propiedad y
libertad de intercambio. La inversión necesaria excede con creces el ahorro
interno, por lo que resulta imprescindible atraer capital externo. La primera
etapa se centra en dinamizar los recursos naturales, generando empleo,
infraestructura y demanda tecnológica, como base para una nueva
industrialización.
Consecuencias
sociales y políticas
La transición traerá ganadores y
perdedores. Las regiones productivas se beneficiarán, así como la ciudad de
Buenos Aires, experta secular en comercio y ahora en industrias del
conocimiento. Mientras tanto, el conurbano bonaerense, dependiente de subsidios
y de industrias protegidas, sufrirá la reconversión.
El éxito del modelo dependerá de
una conducción política virtuosa que acompañe el cambio con políticas públicas:
educación masiva y de excelencia, salud eficiente, infraestructura moderna y
bienes públicos que reduzcan desigualdades. Sin ello, millones de personas
quedarían marginadas. Sin embargo, es lo que se nota más débil o ausente en la
propuesta mileísta.
El proyecto enfrenta la paradoja
de necesitar un Estado inteligente y profesionalizado, aunque Milei rechace
ampliar su rol. La Constitución garantiza derechos sociales (educación, salud,
vivienda, seguridad social) que deben ser atendidos para legitimar el cambio.
Una oposición que cuestione al mileísmo “desde el futuro”, el del mundo
globalizado y la revolución tecnológica y no desde el pasado de industrias
protegidas y complicidades corporativas podría acelerar la transformación,
complementando los vacíos de la propuesta libertaria.
Lecciones
históricas y estilo político
El proceso recuerda al
modernizador de 1880-1930: una primera etapa -la generación del 80- de apertura a la
inmigración europea y las inversiones externas que impulsaron el crecimiento, y una segunda de inclusión política y social
con el radicalismo. Hoy, tras la etapa “dura” de Milei, se requerirá una
dinámica política que incorpore a los ciudadanos, con honestidad pública y
protección a los perdedores. El estilo confrontativo de Milei divide opiniones,
pero aunque sus defensores sostienen que era necesario para romper mafias y
complicidades, cada vez se hará más imprescindible para el éxito del cambio la
inclusión de todos en sus beneficios.
Conclusión
El cambio “mileísta” es
inevitable ante el agotamiento del modelo tradicional y la imposibilidad de
sostener déficits eternos con emisión o deudas sistemáticamente defaulteadas.
Su éxito dependerá de combinar apertura modernizadora con inclusión social, evitando
que desarrollo y democracia se vuelvan antagónicos.
La Argentina enfrenta, una vez
más en su historia, la oportunidad de reconstruir la alianza entre crecimiento
y ciudadanía para construir una sociedad más libre, próspera y justa.
Ricardo Lafferriere
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