Todo cambia
Hay
una nueva policía para el mundo. La “real politik”, la política del poder, está
reorganizando el mundo -los países, el comercio, los bloques geopolíticos, las
ideas mismas-... y ya los principios “sólidos”
sobre los que se organizó la comunidad internacional luego del último reordenamiento
geopolítico -la 2ª gran guerra- no tienen más valor de por sí ni son
reconocidos sin debate (ni las economías nacionales, ni las relaciones de
poder, ni los supuestos ideológicos como la soberanía de los estados, la
autodeterminación, la posibilidad de una justicia internacional, etc.)
Es un
proceso en marcha. Luego de que la “realpolitik” termine el reordenamiento “grueso”
vendrá la etapa de reescribir las nuevas reglas -económicas, militares,
financieras, comerciales...- sin que pueda saberse cuándo.
Mientras
tanto, entraremos en una etapa de turbulencias imprevisibles con el mundo
convertido en una selva donde los más fuertes medirán fuerzas y definirán sus
áreas de influencia, sus alianzas más fuertes, sus reglas “hacia adentro” de sus
respectivos bloques y sus relaciones entre los bloques, la nueva organización
institucional del mundo, etc.,
EEUU,
China,Rusia, la UE, entrarán en una puja diacrónica económica, militar,
política, territorial, hasta ideológica, cuyos términos precisos hoy por
hoy no podemos definir.
En
términos políticos, la piedra angular del orden internacional era la división
del mundo entre un pequeño grupo de países fuertes, triunfadores en la guerra, miembros
permanentes del “Consejo de Seguridad” de las Naciones Unidas con poder de veto,
compartiendo el poder formal con otro grupo de países, de composición rotativa,
elegidos por el resto de la comunidad internacional. Un supuesto tácito indicaba
que los cinco “grandes” nunca entrarían en una confrontación directa entre
ellos. Se asumían, por así decirlo, como la policía del mundo. La globalización
destrozó ese diseño.
Ese
orden desembocó en el gran desorden que atravesamos hoy, sencillamente porque
el poder relativo de los países cambió, así como los bloques de poder y las
normas que al interior de cada uno de esos bloques mantenían una relativa
disciplina interna.
La
crisis del orden de posguerra dejó al mundo sin normas compartidas,
reemplazadas por el “puro poder” de la “realpolitik”, coexistiendo con el
remedo institucional virtualmente inservible del orden decadente.
Cada
uno, ahora, hace lo que puede y quiere, asentado y respaldado-como antes de la
Segunda Guerra- en el poder que cada uno tiene o cree tener. Se fija nuevas metas,
construye nuevos bloques de alianzas y actúa, en síntesis, sin responder a
normas.
Se
trata de una nueva política en la que la “realpolitik” -la política del poder-
está reorganizando el mundo -los países, el comercio, los bloques geopolíticos,
las ideas en pugna-... y que ya los principios “sólidos” sobre los que estaba
organizado el mundo no son reconocidos más por todos como valores “en sí” (ni
las economías nacionales, ni las relaciones de poder, ni los supuestos
ideológicos como soberanía de los estados, la autodeterminación, la justicia
internacional, ni siquiera los derechos humanos).
Luego
de que la “realpolitik” termine el reordenamiento global, vendrá la etapa de
reescribir las nuevas reglas... sin que podamos saber cuándo, porque es un
proceso dinámico, complejo y con muchos actores. En ese gran diseño -cuyas
grandes bases serán decididas por los “grandes”, como lo hicieron en 1945- buscarán
incidir los “pequeños” a los que les toque -o elijan, si les queda margen para
hacerlo- quedar en cada uno de los bloques.
Estados
Unidos está replegándose hacia su continente de origen y su acción se sentirá
más fuertemente cuanto más cercano esté de su territorio e intereses
nacionales.
¿Qué Trump
busca el petróleo de Venezuela? Obviamente. ¿Qué Venezuela tiene derecho a su
petróleo? Obviamente. Pero pensar que puede actuar sin represalias -en plazo
corto, mediano o largo- afectando intereses de EEUU, es una ilusión. Expropiar
sin indemnización a empresas norteamericanas -como hizo Chávez, o como lo
hicieron los Castro- creyendo que una alianza con otro poderoso le daba un Bill
de indemnidad, también es una ilusión. En el mundo, mandan los intereses, y a los
“grandes” en los que se apoyaban no les interesa hoy en lo más mínimo distraer
poder o esfuerzos en sostener una banda de delincuentes con tan poco a cambio y
el riesgo de extender un conlicto en el que no tendrían ganancia alguna.
Arturo
Illia anuló los contratos petroleros firmados por el país con compañías
americanas en Argentina. Cierto. Tan cierto como que lo hizo indemnizando a los
expropiados. Tal vez hasta fue uno de los actos de gobierno que le costó el
poder.
Me
entristece ver que la democracia no tuvo en Venezuela la fuerza necesaria para terminar con una narcodictadura
sanguinaria, tanto como me alegra ver que esa dictadura parece estar llegando a
su fin. Claro que hubiera preferido que la banda de delincuentes que se hizo
con el gobierno de Venezuela hubiera sido vencida por la fuerza de la razón y
de los votos. Pero no lo fue y mientras tanto seguía torturando, encarcelando,
matando, violando y robando a CIENTO DE SERES HUMANOS CONCRETOS, NO A
ABSTRACCIONES TEÓRICAS. ¿Es esto indiferente
para los críticos de la acción
norteamericana?
Alguna
vez escribí que cada valor conlleva un disvalor. El valor del encarcelamiento
de Maduro conlleva el disvalor de haber sido hecho por actores que en realidad
se movieron por otros motivos que restablecer la democracia y el estado de
derecho: por sus intereses. Es un mal sustancialmente menor.
La
forma de sintetizar esta aparente contradicción es la acción. La que deberán
poner en marcha los venezolanos, con la inteligencia y el compromiso que han
demostrado, para recuperar el gobierno de su país, en un marco sustantivamente
mejor. Podrán exigir democracia, podrán promover liderazgos, podrán discutir su
destino en espacios de libertad claramente mayores. Tendrán aliados en el mundo
que los ayudarán a reconstruir su país y pueblos que, así como acogieron a los
ocho millones de emigrantes que buscaban sobrevivir, hoy les tenderán una mano
-o miles de manos- cuya amistad han cosechado en los países que fueron honrados
con su elección de reconstruir allí sus vidas, mientras la dictadura seguía asolando
su patria.
Entonces,
viva Venezuela libre. Viva la reconstrucción democrática de Venezuela realizada
por los venezolanos, que no estarán solos. Y viva ese sentimiento que movilizó,
hace dos siglos, en todo el continente, la independencia de la América hispana
y que cantamos tres veces en nuestro himno mientras luchábamos para ser reconocidos
por los “libres del mundo” como una nueva nación independiente: “...libertad,
libertad, libertad”.
Ricardo
Lafferriere
