lunes, 10 de marzo de 2025

REALISMO



El abrupto cambio de la posición norteamericana en la guerra de Ucrania puede ser visto como la intención de un empresario de abrir espacios de negocios en la eventual reconstrucción de lo quede del país invadido -y destrozado-, o puede encuadrarse en una estrategia mayor, que seguramente impulsan algunos de quienes forman sus equipos de analistas, no siempre a la luz.

Evitaré los adjetivos. No creo que la primera opción sea -al menos, la única- causa de ese cambio. Al contrario, parece clara la intención de acercarse a Rusia, con la finalidad imaginada de que ésta debilite o aún rompa su alianza con China, a quien la “inteligencia” norteamericana -la “realista”- considera su principal rival-enemigo en el futuro próximo y durante el presente siglo.

A tal fin, cual un elefante en un bazar, el presidente de EEUU da pasos que no pueden ser menos que aprovechados por Rusia, al contar con un imprevisto aliado que “cambia de bando” en su mayor conflicto presente.

El acercamiento ruso-norteamericano, si prosigue su profundización estratégica, nos mostraría un potente eje militar -se trata de las dos potencias con la mayor fuerza nuclear del planeta, que en conjunto presentan una supremacía abrumadora- con la intención, con sus matices, de disciplinar al resto del mundo.

Hay, sin embargo, matices.

Los Estados Unidos de Trump, con su “realismo desmatizado”, no considera a Rusia un rival y -de hecho- ni siquiera un peligro para sus intereses. Dejando atrás las visiones de la Segunda Guerra y de la propia Guerra Fría, poco le preocupa la ambición imperial rusa y más bien lo ve como un potencial aliado.

¿Contra quién? Pues, contra China.

En esta idea desmatizada no considera a Europa un protagonista importante y mucho menos a Ucrania, a la que, en su objetivo de acercarse estratégicamente a Rusia, no tiene problemas en entregar totalmente. En otras palabras, no le interesa y más bien es una molestia. El presidente Trump lo ha dicho claramente: “Hemos dejado de apoyar a Ucrania y le hemos retirado el apoyo en inteligencia para que Rusia pueda hacer su trabajo. Con Rusia podemos entendernos más fácil”.

Frente a esto, que ha golpeado en forma irreversible la credibilidad de Estados Unidos para sus aliados, un ramalazo de realismo también atraviesa a todos sus aliados: Corea, Japón, Australia, Europa, la OTAN. Pero también ha alertado a China, que se ha apresurado a declarar que “en la mesa de negociaciones debe estar Ucrania y Europa” y que no reconocerá ningún cambio territorial.

Es que, imaginando el futuro también con una mirada realista, ese eje ruso-norteamericano debería ser causa de otro gran acercamiento: el de Europa con China y eventualmente India. El gigante asiático, que también visualiza como su rival estratégico a Estados Unidos, dio pasos importantes al acercarse a Rusia en los inicios de la guerra contra Ucrania, pero nunca asumió su relato y tampoco apoyó abiertamente el esfuerzo militar ruso. El mantenimiento de su comercio con Rusia, aprovechando el precio más barato de sus materias primas, no la diferencia en mucho de India, España y otros países europeos -y aún EEUU- que, a través de “proxies” comerciales ha aprovechado la ventaja de la energía barata que Rusia se ha visto en obligación de proveer para financiar su guerra. El propio Xi, en su momento, ofreció a Biden un acuerdo para beneficio “del mundo” que la indecisión del ex presidente norteamericano -más preocupado por su estéril agenda “woke”- nunca asumió.

¿Cómo ve Rusia este movimiento norteamericano? Pareciera ser que como la gran oportunidad de reproducir y potenciar su vocación imperial recuperando los territorios de los Estados que estuvieron bajo su dominio durante la guerra fría, es decir, la mayoría de los países de Europa del Este.

¿Qué actitud tomarían los Estados Unidos -de Trump- ante una profundización del expansionismo ruso en el Báltico y en los países que pueda atacar, ante la defección norteamericana de sus compromisos en la OTAN? Pues el realismo, que no responde a ideologías sino a intereses, indicaría que ninguna. No es algo que le importe, ya que no influirían en su contencioso futuro con quien ve como su principal antagonista, China.

El arsenal argumental ruso y filoruso de que la invasión a Ucrania estuvo motivada por la “expansión de la OTAN hacia el Este” no sólo es falaz, sino ingenuo. La OTAN es una organización exclusivamente DEFENSIVA y no cuenta ni con capacidad ni con doctrina de invasión a Rusia. Los rusos lo saben.

Los países que pidieron unirse a la OTAN lo hicieron ante su percepción -y experiencia de varias décadas de sometimiento- de que el fortalecimiento creciente de Rusia los tenía -y tiene- como próximos objetivos de conquista. Lo han demostrado los pasos rusos en lo que va del siglo y lo demuestra Georgia -que sólo en broma puede considerarse un peligro para la seguridad rusa-, su intervención en los procesos políticos en Georgia, Rumania, Moldavia y la propia invasión de Ucrania.

Los procesos están abiertos. No sería de descartar que en el interior de los Estados Unidos se produzcan movimientos contra el alineamiento promovido por su actual presidente, optando más bien por un acuerdo cooperativo con China -potencia pacífica en ascenso y de futuro- antes que un acuerdo belicista con Rusia -potencia violenta de pasado, en decadencia-, aunque no parece posible en lo inmediato, con una elección presidencial reciente y los demócratas aún tomados por la hojarasca “woke”.

 Lo que parece más posible es que la OTAN se debilite -o desaparezca- siendo reemplazada por un esquema de seguridad europea sin EEUU, que Europa inicie contactos con los aliados de EEUU descreídos que están en el resto del mundo e incluso que impulse su acercamiento económico a China ya que, si bien el eje ruso-norteamericano tiene el mayor poder militar del planeta, el mercado europeo-chino superaría en conjunto en varias veces la potencia económica y tecnológica de aquel eje militar de los protagonistas de la vieja “Guerra fría” y tiene capacidad y condiciones para financiar y reconstruir un poder militar propio.

Lamentablemente, en este escenario y salvo un fuerte apoyo europeo o una gran presión del pueblo norteamericano por encima de sus dirigencias, el futuro inmediato de Ucrania pareciera estar jugado, abandonada a su suerte y el heroísmo de su gente, con el mundo lanzado a un gran realineamiento y reacomodamiento cuyo final difícilmente pueda preverse.

Quien esto escribe lo dijo a poco de iniciar la invasión de Rusia a Ucrania: esa guerra durará el tiempo que los Estados Unidos quieran que dure. Ese tiempo parece haber llegado, y no de la mejor manera para Ucrania, su “proxie”, en palabras del vicepresidente Vance, de pronto transformado de aliado en objeto de negociación.

Para dejar un saldo -uno solo- menos dramático en el corto plazo: el nuevo escenario aleja en unos milímetros la posibilidad de una confrontación nuclear, ya que los dos matones del barrio con fuerza atómica esta vez parecen juntarse para imponer sus reglas al resto del mundo. “Primo, vivere”. Lo demás queda abierto.

Ricardo Lafferriere

 

jueves, 5 de diciembre de 2024

¿Peligra la democracia?

 No son pocos los que se preguntan sobre el riesgo que implican para el sistema democrático las actitudes desmatizadas del presidente Milei.

Son quienes, antes del proceso electoral, tenían una expectativa diferente sobre lo que serían esas actitudes en caso de llegar a la primera magistratura.

Sin embargo, erran si piensan que tales comportamientos son atribuibles con exclusividad al presidente argentino. De hecho, el mundo está hoy gobernado, en un importante porcentaje de su población, por líderes de escasa homologabilidad democrática, aún en democracias consolidadas.

Si observamos al sólo efecto ejemplificativo y por cantidad de población a los países con fuerte grado de personalismo en el desempeño del poder presidencial, no será una sorpresa observar que tal vez entre el 70 y 80 % de los habitantes del planeta viven en sociedades con estas características del poder concentrado. Y no son países menores.

China tiene 1.400 millones de habitantes. La concentración del poder en el presidente Xi no tiene parangón cercano desde la muerte de Mao. Maneja férreamente el Partido Comunista de China y no duda en “purgar” a los dirigentes que opinen sobre la gestión de Xi de manera crítica. Y es el país más poblado, la primera economía y la segunda potencia militar del mundo.

Rusia, con menos habitantes pero gran poder militar, es conducida con mano férrea por Vladimir Putin, cuyas credenciales democráticas no hay día que no se pongan en duda. Su rival en la sangrienta guerra de invasión rusa sobre su país, Volodomir Zelensky, lidera Ucrania férreamente, eclipsando el papel y la propia visibilidad de la Rada, el Poder Legislativo.

En la India, con casi 1500 millones de habitantes, Morendra Modi, con su controvertido estilo nacionalista y autocrático, ha logrado la mayoría absoluta en el parlamento y mandado al baúl al histórico Partido del Congreso.

Pero miremos a Occidente. Aquí el deslizamiento de las democracias hacia estilos personalistas también se nota y no sólo en formaciones “de derecha” como podría calificarse al estilo político de Orván, con su fuerte liderazgo nacionalista húngaro. En la novedosa “izquierda” bolivariana no se queda atrás Pedro Sánchez, cuya deriva hacia una especie “hispano-kirchnerismo” es cada día más evidente, cooptando y colonizando en forma sistemática los diferentes órganos del Estado en el marco de una notable corrupción y con la mira puesta en el control de la justicia, aún al precio del peligro de la desarticulación sustantiva del propio estado español.

Estados Unidos acaba de elegir presidente. Trump comparte esta novedad autocrática. Sus antecedentes de gestión, su apoyo al ataque al Congreso en las postrimerías de su gobierno, la cooptación paulatina de la justicia, su ataque a los medios de comunicación y su desprecio a la dirigencia política que no lo apoya lo acercan bastante al estilo del presidente Milei. Cierto es que no se han atravesado las líneas rojas de la democracia institucional, pero también lo es que son escasas las expresiones de compromiso democrático que puedan tranquilizar a los espíritus más sensibles a las democracias liberales.

En algunos casos, las preocupaciones son estratégicas (Rusia, Putin); en otros, la necesidad de conducción unificada en la disputa por el liderazgo global (China, Xi); en otros, la saturación de una pobreza sin destino (India, Mori); en otros, el deterioro sin final (Argentina, Milei); en otros, la reacción frente al deterioro de la situación personal de los ciudadanos y la ausencia de objetivos con capacidad de entusiasmar (EEUU, Trump). Tanto las causas como los remedios propuestos carecen de similitud, mucho menos de identidad. Simplemente se hacen eco directo de la disconformidad de los ciudadanos, de pronto protagonistas decisivos por la acción de su utilización de las redes sociales. Los hay más o menos “democráticos”, más o menos “derechistas” o “izquierdistas” -o difícilmente encuadrables en esas categorías del siglo XX-.

¿Qué los une? Pues su pretendida vinculación directa con “el pueblo”, su ataque sistemático a las instituciones de la democracia liberal, su nacionalismo y su desconfianza visceral hacia los organismos burocráticos de gobernanza global.

Por el otro lado, enfrente, en el campo de las democracias sin liderazgos fuertes, la constante política es la inestabilidad y la ausencia de reflexión conjunta de los liderazgos nacionales. Francia, Holanda, el Reino Unido, Alemania, los propios países nórdicos, enfrentan procesos desestabilizadores consecuencia de sus irresponsables políticas migratorias abiertas sin planificación ni objetivos, volcando las tensiones en acusaciones recíprocas que en la mayoría los casos escapan al análisis de los problemas reales para refugiarse en el cómodo nido de sus antiguas convicciones ideológicas.

Este recorrido parece indicarnos que estamos frente a una tendencia de época, en el que la representación tiende a dejar de estar mediada por partidos y grupos de opinión para expresarse en forma pretendidamente lineal entre los ciudadanos y el líder, al estilo de los totalitarismos del siglo XX -Stalin, Mussolini, Hitler, Franco, los propios Castro-.

Entonces... ¿debemos preocuparnos por Milei?

Debe reconocerse que algo de culpa existe en el mundo “republicano” criollo, con diferentes grados de responsabilidad. Milei llega por el hastío de la población ante una situación desbocada hacia el anarquismo económico, la indisciplina social y la orgía de corrupción frente a los cuales no veía un liderazgo alternativo sin complicidades con el pasado. Ello no quiere decir que Milei no las tuviera, sólo que no eran percibidas o consideradas importantes por los ciudadanos. Salvo Milei, nadie aparecía desembarazado de alguna complicidad histórica o presente, socio del estado de cosas que se había ya hecho decididamente intolerable, o con algún grado de vinculación con el establishment político, económico, comunicacional y gremial que había llevado al país a su situación terminal.

Las banderas ordenancistas de Milei van cumpliéndose, lo que nos presenta un futuro dual -incluso para él-. Controló el desborde hiperinflacionario y está dando una lucha pocas veces vista contra la inseguridad y el narcotráfico, apoyado en la gestión de Patricia Bullrich. Con sus matices, “misión cumplida”. Esto le abre las puertas a lo que venga. Y lo que venga no es un camino unívoco, como los dos frentes de batalla en los que se apoyó hasta ahora, sino que se abre en abanico hacia temas en los que no existe en los ciudadanos la misma unicidad de demanda que para los dos primeros. Desde ahora, avanzará en un campo minado, porque muchos -la gran mayoría- de quienes lo apoyaron por su convicción antiinflacionaria y por la seguridad no ven de la misma forma sus propuestas en educación, seguridad social, previsión, justicia. Y cometería él un grave error si creyera que los apoyos que tuvo en esos dos primeros grandes desafíos serán trasladables a las propuestas que tenga sobre los otros campos.

Eso lo ha llevado a deslizarse hacia complicidades que resultarán inexplicables para su base más convencida: su acercamiento al kirchnerismo, su distancia por cuestiones electorales secundarias con el PRO y aún con el radicalismo dialoguista y su excesiva proximidad a la “casta”, que aunque él ha intentado sin sonrojarse identificar con el radicalismo, todos los ciudadanos leen -y saben-como integrada centralmente por el entramado mafioso y seudomafioso liderado por el kirchnerismo, el  que condujo el país a su desastre.

 El futuro -quizás el cercano, o inmediato- mostrará hacia dónde termina perfilándose Milei. Si es hacia un futuro democrático e integrador, hacia una sociedad moderna pero también solidaria, alejada de la corrupción pero comprometida con dar una mano a los perdedores en la lucha por la vida, deberá crear y reforzar puentes hacia la política que, en otras fuerzas, no reniegan y apoyan las políticas de racionalidad económica pero reivindican un papel para el Estado irrenunciable en educación, salud pública, seguridad, justicia, vivienda, ambiente. Seguramente exigirá trabajo político de construcción y debate, entendiendo que las miradas con matices diferentes no son “casta” ni “inmundos zurdos” (reminiscencia, tal vez de los “salvajes unitarios”...) sino saludables expresiones de una Argentina plural. Demandará más trabajo y creatividad intelectual pero desembocará en una Argentina próspera, plural, libre y una democracia vibrante.

Si cree que sus afirmaciones -cambiantes, lábiles, contradictorias- sobre los temas no económicos deben ser avaladas sin juicio ni debate, terminará cayendo en la alianza espuria con quienes poco se resistirán a avalar cualquier cosa -es su historia- a condición de preservar sus nidos de corrupción que les permitan subsistir hasta que cambie el humor de la historia y vuelvan a tener chances de recuperar lo que hayan perdido del “botín” estatal. Conseguirá leyes no debatidas sino compradas, una justicia adicta pero no confiable, un país tenso, desigual, polarizado y pendular, con una democracia raquítica y endeble.

En su nueva fuerza política tiene expresada esa tensión y deberá decidir. Así fue el dilema de Kirchner en 2002 y prefirió tomar el camino de blindar su poder en lugar de recrear una democracia limpia. Ojalá que Milei no se equivoque igual. 

Ricardo Lafferriere

martes, 1 de octubre de 2024

LA BATALLA DE LOS PRECIOS

El esfuerzo nacional para evitar la hiperinflación está siendo exitoso y aún la lucha contra la inflación más normal parece marchar en un sentido positivo.

El crecimiento de la desocupación preocupa, pero se ha logrado evitar la crisis general de desempleo que con una hiper podría haberse multiplicado. Ha comenzado a aparecer el crédito, y aún el de largo plazo aunque reservado por ahora para familias de ingresos medios-altos y altos.

Las finanzas públicas se han puesto bajo control, aunque falten numerosos capítulos de reformas imprescindibles.

Sin embargo, hay un capítulo donde se hace imprescindible avanzar con medidas de apertura y reformas internas: el nivel de precios, que, aunque estabilizado, muestra insostenibles desfasajes con el entorno regional y global.

Ropa, calzado, juguetes, muchos de los propios alimentos, electrónicos, óptica, vehículos, y muchos otros rubros muestras precios totalmente desfasados con lo que paga cualquier ciudadano del mundo y de la región por esos mismos productos. En muchos casos, la diferencia es de dos, tres y hasta cinco veces.

Este desfasaje es hoy la causa de una creciente intolerancia social y sentido como una injusticia frente al esfuerzo realizado. Debe atacarse con la misma firmeza con que se atacó y se ataca el desnivel de las finanzas públicas.

Curiosamente, los precios de los bienes públicos estatales no son los más desfasados al alza sino, al contrario, son los más bajos aunque en la percepción general parezcan altos. Las tarifas, aún con sus subas, no llegan en promedio al 60 % de lo que cuestan en los países vecinos y aún en el mundo. Los combustibles, a un 70 %; la electricidad, a un 75 %; el transporte, menos del 50 %.

El problema está en el mercado, en la economía privada, que conserva nichos enormes de protección arancelaria, deformaciones monopólicas ultramontanas e ineficiencias microeconómicas, además de una presión impositiva desmedida para sostener los comportamientos populistas del Estado que aún subsisten. Por no hablar de los salarios. Los mínimos de la región:  Uruguay, USD 570; Chile USD 554; Paraguay USD 360; Argentina USD 280. O los planes de salud en las “obras sociales” y medicamentos. En otras palabras, un argentino debe pagar los productos sustancialmente más caros pero cobra de sueldo la mitad, no ya de EEUU, España o Alemania sino que Uruguay, Chile o Paraguay. No es sostenible.

Es imprescindible entonces lanzar una batalla por los ingresos que debe pasar por supuesto por los salarios, pero mucho más fuertemente por los precios. Sueldos y precios homologables, al menos, con el entorno regional. Es el gran desafío.

Ricardo Lafferriere

miércoles, 4 de septiembre de 2024

Kamala o Trump: ¿nos afecta el resultado?

Aún sin ser estadounidenses, difícilmente a alguien no le interesen las elecciones en Estados Unidos. Su influencia desde el fin de la segunda guerra ha sido una permanencia alrededor de la cual se “organizaban” las relaciones de poder, económicas, culturales y financieras del mundo.

Hoy vemos esta carrera con curiosidad y algo de desazón. Desde nuestra perspectiva “extranjera” al pueblo americano hay dos formas de aproximación al análisis: la que incumbe sólo a los norteamericanos, y la que atañe a los efectos globales de las diferentes alternativas para todos los ciudadanos del mundo.

No abriré juicio sobre el primer punto. La distancia, la ajenidad, la falta de información y de percepción de primera mano sobre el sentimiento que mueve a los votantes, así como la realidad “real” -no la que nos llega a través de los medios tradicionales y sociales sino la efectivamente vivida por sus ciudadanos- haría voluntarista la opinión, sin mayor trascendencia que no sea un simple opinión, casi como en una sobremesa o charla de café.

Distinto es el tema global. Aquí hay varios campos de análisis: el económico, el estratégico político y militar y el cultural.

En el campo económico, EEUU sigue aún siendo la economía más importante del mundo, cotejando ahora -superada la guerra fría y sus alineamientos- con el otro gigante, China, visualizada por la mayoría -chinos y americanos- como el gran contendiente del siglo XXI. La “nueva guerra fría” no es un tema menor y nos acompañará durante varias décadas.

Los analistas coinciden en que el campo en el que claramente la supremacía sigue siendo norteamericana es el militar, aunque reduciéndose paulatinamente por el importante crecimiento de la potencia asiática, a la que su alianza estratégica con Rusia le permite suplir en alguna medida su debilidad más marcada, la nuclear.

En el campo tecnológico también la preeminencia norteamericana continúa, aunque en este caso compartiendo la vanguardia con su rival. La performance china es espectacular y hay ya sectores -IA, robótica, genética, incluso tecnología militar- en la que se encuentra en un sitio privilegiado.

En el campo estratégico la situación es de gran complejidad. China evalúa que el tiempo juega a su favor y evita dar pasos mayores en su presencia internacional en el campo militar, mientras espera el desgaste de su rival del siglo XXI, EEUU y también de su vecino y nuevo amigo pero adversario centenario, Rusia. Mientras tanto, avanza sin pausa en los campos económico, infraestructura, comercial y tecnológico.

 La guerra de Ucrania, gigantesco error ruso, le permite declarar una curiosa neutralidad y aprovechar el embargo occidental a Rusia accediendo a bajo costo a la energía y recursos primarios que Rusia no puede vender a Europa y EEUU en los niveles previos a la guerra utilizando esos mejores costos para financiar su desarrollo tecnológico, y a la vez mantener abiertas las puertas comerciales de la Unión Europea, donde coloca la mayor parte de sus exportaciones industriales, así como sus buenas relaciones -curiosamente, igual que Rusia- con Israel.

Rusia tiene que recurrir a Irán y Corea del Norte para reforzar su arsenal. Su antiguo rol de “gran potencia” sólo se mantiene en el plano nuclear -en gran medida inútil en las guerras entre grandes potencias al garantizar la destrucción recíproca-. En lo militar no nuclear, a más de dos años de la guerra de conquista declarada contra Ucrania, no ha sido capaz de terminarla, como había planeado, en un par de quincenas. Ha perdido centenares de miles de soldados y aunque ha destrozado la infraestructura ucraniana, masacrado ciudades y matado también a cientos de miles de ucranianos, no ha logrado cerrar sus objetivos con una derrota clara de un país que es casi cuatro veces más reducido en población. Prosigue, no obstante, su arrogante decadencia primarizando su economía, convirtiendo su industria en una factoría de armas, empobreciendo su pueblo y resignándose a ser apenas una potencia regional en declive, de gran tamaño territorial, como lo fuera China durante tres siglos.

No está resuelto si el modelo de sociedades “orgánicas” y fuertemente regimentadas desde el poder es superior en su eficacia holística a las sociedades abiertas liberales; sin embargo, para quienes adhieren a la democracia, los derechos humanos y el respeto a la libertad individual, en lo cultural, la superioridad ética de los valores occidentales -democracia, derechos humanos, estado de derecho, pluralismo, libertad económica- es la gran debilidad china, compartida con el grupo de países o movimientos que a pesar de su aparente heterogeneidad coinciden en disciplinar a las sociedades desde el poder.

 Esta superioridad cultural sin embargo está siendo atacada en el propio seno de las sociedades occidentales por una especie de alianza tácita con el populismo global -Maduro, Ortega, Corea del Norte, el propio Lula, etc.- y otra con el integrismo islámico, del cual se margina cuidadosamente pero también aprovecha y nunca condena. Su enemigo común: las sociedades abiertas.

En este escenario, prima facie y sin que pueda afirmarse nada terminante, da la impresión de que la visión de Trump es forzar el fin de la guerra de Ucrania, paso indispensable para intentar un acercamiento a Rusia que busque horadar su vínculo con China, y de apoyar a Israel contra el integrismo terrorista buscando una paz multireligiosa en Oriente Medio apoyado en Israel y Arabia Saudita, con el objetivo de aislar a Irán, al que Biden ha evitado permanentemente molestar.

La mirada de Harris no está clara. Por un lado, la presión de parte de su base electoral condiciona sus pasos en el Oriente Medio presionando a Israel -como Biden, a veces hasta groseramente- con el fin de no romper con sus votantes pro-palestinos, que han logrado un claro avance en la juventud norteamericana más o menos culta, tradicionales votantes demócratas. Y por la otra, ratifica su fuerte apoyo a Ucrania, siguiendo la línea de la actual administración cuyo objetivo real, más que un triunfo de los heroicos ucranianos es debilitar a Rusia. La consecuencia obvia es que esta política refuerza en términos estratégicos, por reflejo, a la alianza Chino-rusa. Cómo horadar esa alianza sin afectar los derechos soberanos de Ucrania es el gran desafío, estratégico y artesanal, de la política americana de los próximos tiempos.

Con respecto a América Latina, sólo intuición: Harris parece más “democrática” en lo interno, pero más cercana al eje Brasil-Colombia-México-Venezuela-Bolivia en lo internacional, mientras Trump, con sesgo interno más autoritario, se presenta como más cercano al de Argentina-Uruguay-Paraguay-Chile-Perú-Ecuador.

Dada la afinidad de la Venezuela chavista con Cuba, Rusia, China, Irán y Corea del Norte no puede mirarse esta elección sin preocupación, aún teniendo en cuenta que de cualquier forma esas cercanías o afinidades, en el gran juego mundial, son sólo epifenómenos marginales y tal vez fluidos.

Obvio es destacarlo, al mencionar los países se referencia a sus actuales administraciones, no a los pueblos, que no siempre coinciden con sus gobiernos, como lo muestran los dramáticos casos de Venezuela y Cuba. También que en varios su situación política puede variar arrastrando un cambio en su alineamiento internacional. La Argentina es un ejemplo. También Ecuador.

En síntesis y como no-estadounidenses: ¿Trump o Kamala? Imposible no sentir la reminiscencia de la segunda vuelta de nuestras elecciones de 2023. Ninguna opción es claramente la mejor. La diferencia, en todo caso, es que nada podemos hacer para incidir hacia uno u otro lado aunque, inexorablemente, nos alcanzarán sus resultados. Y el agregado: como está el mundo y la región, no conviene descuidar nuestra propia defensa, que en última instancia y más allá de una inteligente ubicación internacional, es el último reaseguro de autonomía y respetabilidad.

Ricardo Lafferriere

 

sábado, 31 de agosto de 2024

MADURO, LULA... ¿KAMALA?

Las declaraciones de Kamala Harris a una radio norteamericana en el marco de su campaña electoral no dejan de sorprender.

Cuestionar la libertad de expresión porque les da demasiado poder (¿a los ciudadanos?) es desnaturalizar la democracia. Y es curioso que se esté extendiendo esta mediatización de un derecho por el que la humanidad lleva siglos luchando: el de expresarse libremente.

Este derecho es la base del sistema democrático. Su mediatización empieza a insinuarse como una mancha de aceite en altas instituciones europeas -incluso globales-, y tiene en Maduro -antes en la dictadura de los Castro, en Corea del Norte, en Irán, en Nicaragua y hasta en China- una punta de lanza en nuestro continente, lamentablemente seguida por el Brasil de Lula.

Bloquear las redes sociales porque no se toleran los posts y mensajes que ellas transmiten es lisa y llanamente una actitud dictatorial y antidemocrática. Las redes sirven a todos. Quien se moleste por las opiniones que en ella aparecen claramente no quiere que se debatan sus convicciones y actitudes en la nueva “plaza pública” del mundo que vivimos: el escenario virtual.

Es cierto que en las redes hay “fakes”. También en los diarios, las radios, las televisiones, y hasta en los chismes de barrio. La novedad es que en ellas todo puede discutirse, debatirse, desmentirse y cotejarse. Aún con sus limitaciones, está claro que democratizan profundamente el espacio público.

El espectáculo que brinda la competencia electoral norteamericana es realmente desilusionante. Los exabruptos escasamente democráticos de Trump no tienen una contrapartida liberal y democrática en su contendiente, sino una profundización desmoralizante. Quienes esperaban que la irrupción de Harris fuera una bocanada de aire fresco, se enfrentan a una posición más peligrosa.

Es una incógnita si los americanos votarán a “Guatemala o Guatepeor”. Lo que está claro es que, para el mundo democrático, su ejemplaridad se diluye dejando al mundo occidental sin un liderazgo que, aunque pueda ser cuestionado en muchos aspectos, era considerado un reaseguro para los ideales de la ilustración.

Nada bueno puede salir de esto.

Ricardo Lafferriere

 

jueves, 29 de agosto de 2024

TECNOLOGÍA: LA "SINGULARIDAD" SE ACERCA A TIEMPOS CONCRETOS

En 2005, Ray Kurzwail publicó su libro “La Singularidad está cerca” (The Singularity is Near). Confieso que el libro me "marcó" y aconsejo fuertemente su lectura. Hay versión en español, en Amazon. En él pronosticaba el crecimiento exponencial de las tecnologías de la información y auguraba que para fines de la década de 2020 o comienzos del 2030, la computación alcanzaría la capacidad y complejidad equivalente al cerebro humano y comenzarían a desarrollarse aceleradamente interfases entre la inteligencia humana y la artificial. A esa situación la llamó “Singularidad”, tomando el nombre del fenómeno físico teórico de los “agujeros negros”. En ese momento su pronóstico resultaba increíble y ningún colega coincidía con él. Hoy, es ya una predicción compartida por la mayoría de sus colegas, incluso adelantando esa fecha a raíz de los avances impresionantes en Inteligencia Artificial.

Acaba de publicar la segunda parte de su libro, a la que tituló “La Singularidad está más cerca” y no he resistido la tentación de copiar, traducir y pegar una parte del capítulo IV, que me pareció interesante y quizás lo sea para algún participante de este blog.

Va la copia:

 

Capítulo 4

“LA VIDA ES EXPONENCIALMENTE MEJOR

 

EL CONSENSO PÚBLICO ES EL CONTRARIO

Consideremos esta noticia de última hora: LA POBREZA EXTREMA EN TODO EL MUNDO CAYÓ UN 0,01 % HOY

               Esta también: DESDE AYER, LA ALFABETIZACIÓN HA AUMENTADO UN 0,0008 %

               Y ESTA: LA PROPORCIÓN DE HOGARES CON INODOROS CON CISTERNA CRECIÓ HOY UN 0,003 %.

               Y lo mismo sucedió ayer.

               Y anteayer.

               Si estos avances no te parecen emocionantes, eso cuenta como al menos una de las razones por las que no te enteraste de ellos.

               Tales signos de progreso y muchos ejemplos similares no llegan a los titulares porque en realidad no son nuevos. Las tendencias positivas día a día han ido progresando durante años, a ritmos más lentos, durante décadas y siglos.

               Como los ejemplos que acabo de mencionar, de 2016 a 2019, el período más reciente para el que se dispone de datos completos en el momento de escribir este artículo, el número estimado de personas en situación de pobreza extrema en todo el mundo (medido por el punto de referencia de vivir con menos de US$ 2,15 por día en dólares de 20217) disminuyó de aproximadamente 787 millones a 697 millones. Si esa tendencia se ha mantenido aproximadamente hasta el presente en términos de disminución porcentual anual, corresponde a una caída de casi el 4 por ciento anual, o alrededor del 0,011 por ciento por día. Si bien existe una incertidumbre considerable sobre el número preciso, podemos estar razonablemente seguros de que esto es correcto dentro de un orden de magnitud. Mientras tanto, la UNESCO encontró que de 2015 a 2020 (nuevamente, los datos más recientes disponibles), la alfabetización mundial aumentó de alrededor del 85,5 al 86,8 por ciento.

Eso promedia alrededor del 0,0008 por ciento por día. Y durante el mismo período 2015-2020, la proporción de la población mundial con acceso a instalaciones de saneamiento "básicas" o "gestionadas de forma segura" (inodoros con cisterna o similares) aumentó de un estimado del 73 al 78 por ciento. Esto se traduce en una mejora promedio de alrededor del 0,003 por ciento por día. Numerosas tendencias similares se desarrollan constantemente.

               Sin embargo, estos hallazgos por sí solos ya están bien documentados. He revisado el extenso impacto positivo del cambio tecnológico en el bienestar humano en "The Age of Spiritual y "The Singularity Is Near" (2005) y en decenas de conferencias y artículos desde entonces. En su libro de 2012 "Abundancia", Peter Diamandis y Steven Kotler desarrollaron que nos dirigimos hacia una era de abundancia de recursos que solía caracterizarse por la escasez. Y en su libro de 2018 "Enlightenment Now", Steven Pinker describió los continuos avances que se están realizando en una variedad de áreas de impacto social.

               Mi énfasis en este capítulo está específicamente en la naturaleza exponencial de este progreso, cómo la ley de los rendimientos acelerados es el impulsor fundamental de muchas tendencias individuales que vemos, y cómo el resultado será una mejora dramática de la mayoría de los aspectos de la vida en un futuro muy cercano, no solo en el ámbito digital.

               Antes de explorar ejemplos específicos en detalle, es importante comenzar con una comprensión conceptual clara de esta dinámica. Mi trabajo a veces ha sido caracterizado erróneamente como la  afirmación de que el cambio tecnológico en sí mismo es inherentemente exponencial, y que la ley de los rendimientos acelerados se aplica a todas las formas de innovación. Esa no es mi opinión. Más bien, el LOAR describe un fenómeno en el que ciertos tipos de tecnologías crean bucles de retroalimentación que aceleran la innovación. A grandes rasgos, son las que nos dan un mayor dominio sobre la información -recopilándola, almacenándola, manipulándola, transmitiéndola- lo que facilita la propia innovación. La imprenta hizo que los libros fueran lo suficientemente baratos como para que la educación pudiera ser accesible a la siguiente generación de inventores. Los diseñadores de chips hep de las computadoras modernas crean la próxima generación de CPU más rápidas. La banda ancha más barata hace que Internet sea más útil para todos, porque más personas pueden permitirse compartir sus ideas en línea. La curva exponencial más famosa del cambio tecnológico, la ley de Moore, es así sólo una manifestación de este proceso más profundo y fundamental.

              Ejemplos de cambios rápidos que quedan fuera de esta ley incluyen las velocidades de la tecnología de transporte, como el tiempo para viajar de Inglaterra a Estados Unidos. En 1620, el "Mayflower" tardó sesenta y seis días en hacer la travesía. Para la Revolución Americana, en 1775, una mejor construcción naval y navegación había reducido el tiempo a unos cuarenta días. En 1838, el vapor de ruedas de paletas "Great Western" completó el viaje en quince días, y en 1900 el transatlántico de cuatro embudos y hélice "Deutschland" hizo el tránsito en cinco días y quince horas. En 1937, el transatlántico turboeléctrico "Normandie" lo redujo a tres días y veintitrés horas. En 1939, el primer servicio de hidroaviones de Pan Am duró solo treinta horas, y el primer servicio de una aerolínea a reacción, en 1958, hizo el viaje en menos de diez horas y media. En 1976, el Concorde supersónico redujo esto a solo tres horas y media. Esto ciertamente parece una tendencia exponencial abierta, pero no lo es. El Concorde se retiró en 2003, y desde entonces la gama Londres-Nueva York de razones económicas y técnicas específicas por las que el transporte transatlántico ha dejado de ser más rápido. Pero la razón subyacente más profunda es que la tecnología de transporte no crea bucles de retroalimentación. Los motores a reacción no se utilizan en la construcción de mejores motores a reacción, por lo que en cierto punto los costos de agregar velocidad adicional superan el beneficio de una mayor innovación.

               Lo que hace que la Ley de Rendimientos Acelerados (LRA) sea tan poderosa para las tecnologías de la información es que los bucles de retroalimentación mantienen los costos de la innovación por debajo de los beneficios, por lo que el progreso continúa. Y a medida que la inteligencia artificial gane aplicabilidad a más y más campos, las tendencias exponenciales que ahora son familiares en la computación comenzarán a hacerse visibles en áreas como la medicina, donde el progreso antes era muy lento y costoso. Con la rápida expansión de la IA y su capacidad durante el 2020, esto transformará radicalmente áreas que normalmente no consideramos tecnologías de la información, como la alimentación, la ropa, la vivienda e incluso el uso de la tierra. Ahora nos estamos acercando a la empinada pendiente de estas curvas exponenciales. Eso, en resumen, es la razón por la que la mayoría de los aspectos de la vida mejorarán exponencialmente en las próximas décadas.

         El problema es que la cobertura noticiosa sesga sistemáticamente nuestras percepciones sobre estas tendencias. Como cualquier novelista o guionista puede decirte, captar el interés de la audiencia generalmente requiere un elemento de peligro o conflicto creciente. Desde la mitología antigua hasta "Star Wars", este es el patrón que atrapa nuestros cerebros. Como resultado, a veces deliberadamente y a veces de manera bastante orgánica, las noticias intentan emular este paradigma. Los algoritmos de las redes sociales, que están optimizados para maximizar la respuesta emocional e impulsar la participación de los usuarios y, por lo tanto, los ingresos publicitarios, exacerban esto aún más. Esto crea un sesgo de selección hacia las historias sobre crisis que se avecinan, al tiempo que relega los tipos de titulares citados al principio de este capítulo al final de nuestras noticias.

               Nuestra atracción por las malas noticias es, de hecho, una adaptación evolutiva. Históricamente, ha sido más importante para nuestra supervivencia prestar atención a los posibles desafíos. Ese susurro en las hojas podría haber sido un depredador, por lo que tenía sentido centrarse en esa amenaza en lugar del hecho de que el heno de sus cultivos ha mejorado una décima de punto porcentual desde el año anterior.

            No es sorprendente que los humanos que evolucionaron para una vida de subsistencia en bandas de cazadores-recolectores no desarrollaran un mejor instinto para pensar en un cambio positivo gradual. Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, las mejoras en la calidad de vida fueron tan pequeñas y frágiles que apenas se notarían incluso a lo largo de toda una vida. De hecho, este estado de cosas de la Edad de Piedra duró toda la Edad Media. En Inglaterra, por ejemplo, el PIB per cápita estimado (en 2023 libras esterlinas) en el año 1400 fue de 1605 libras. Si alguien nacido ese año vivía hasta los ochenta años, el PIB per cápita en el momento de su muerte era exactamente el mismo. Para alguien nacido en 1500, el PIB per cápita al nacer ha caído a 1.586 libras, y ochenta años después se había recuperado a solo 1.604 libras. Compárese con una persona nacida en 1900, cuya esperanza de vida de ochenta años vio un salto de 6.734 libras a 20.979 libras. Así que no es solo que nuestra evolución biológica no nos haya sintonizado con el progreso gradual, sino que nuestra evolución cultural tampoco lo ha hecho. No hay nada en Platón o Shakespeare que nos recuerde que debemos prestar atención al progreso material gradual de la sociedad, porque no se notaba cuando vivían.

              Una versión moderna de un depredador que se esconde en el follaje es el fenómeno de las personas que monitorean continuamente sus fuentes de información, incluidas las redes sociales, en busca de desarrollos que puedan ponerlos en peligro. Según Pamela Rutlege, directora del Centro de Investigación de Psicología de los Medios, "Monitoreamos continuamente los eventos y nos preguntamos: '¿Tiene que ver conmigo, estoy en peligro?' Esto desplaza nuestra capacidad de evaluar los acontecimientos positivos que se desarrollan lentamente.

               Otra adaptación evolutiva es el sesgo psicológico bien documentado hacia recordar el pasado como mejor de lo que realmente fue. Los recuerdos de dolor y angustia se desvanecen más rápidamente que los recuerdos positivos. En un estudio de 1997 realizado por el psicólogo de la Universidad Estatal de Colorado, Richar Walker, los participantes calificaron los eventos en términos de placer y dolor y luego los evaluaron nuevamente tres meses, dieciocho meses y cuatro años y medio después. Las reacciones negativas se desvanecieron mucho más rápido que las positivas, mientras que los recuerdos agradables persistieron. Un estudio de 2014 en países como Australia, Alemania, Ghana y muchos otros mostró que este "sesgo de afecto negativo que se desvanece" es un fenómeno mundial.

        La nostalgia, un término que el médico suizo Johannes Hofer ideó en 1688 combinando las palabras griegas "nostos" (regreso a casa) y "algos" (dolor o angustia), es algo más que recordar recuerdos cariñosos; Es un mecanismo de afrontamiento para lidiar con el estrés del pasado transformándolo. Si el dolor del pas no se desvaneciera, quedaríamos lisiados para siempre por él.

               Las investigaciones respaldan este fenómeno. Un estudio realizado por el profesor de psicología de la Universidad Estatal de Dakota del Norte, Clau Routege, analizó el uso de la nostalgia como mecanismo de afrontamiento y descubrió que los participantes que escribieron sobre un evento nostálgico positivo informaron niveles más altos de autoestima y lazos sociales más fuertes. De esta manera, la nostalgia es útil tanto para el individuo como para la comunidad. Cuando miramos hacia atrás en nuestras experiencias pasadas, el dolor, el estrés y los desafíos se han desvanecido, y tendemos a recordar los aspectos más positivos de la vida. Por el contrario, cuando pensamos en el presente, somos muy conscientes de nuestras preocupaciones y dificultades actuales. Esto conduce a la impresión, a menudo falsa, de que el pasado fue mejor que el presente, a pesar de la abrumadora evidencia objetiva de lo contrario.

               También tenemos un sesgo cognitivo hacia exagerar la prevalencia de las malas noticias entre los eventos ordinarios. Por ejemplo, un estudio de 2017 reveló que las percepciones de las personas sobre pequeñas fluctuaciones aleatorias (por ejemplo, días buenos o malos en el mercado de valores, temporadas de huracanes severas o leves, desempleo que aumenta o disminuye) tienen menos probabilidades de percibirse como aleatorias si son negativas. En cambio, las personas sospechan que estas variaciones indican una tendencia más amplia de empeoramiento. Como resumió el científico cognitivo Art Marman uno de los resultados clave: "Cuando se preguntó a los participantes si el gráfico indicaba un cambio fundamental en la economía, era más probable que vieran un pequeño cambio como indicativo de un cambio mayor cuando significaba que las cosas estaban empeorando en lugar de que las cosas estuvieran mejorando.

               Esta investigación, y otras similares, sugieren que estamos condicionados a esperar la entropía, la idea de que el estado predeterminado del mundo es que las cosas se desmoronan y empeoran. Esto puede ser una adaptación constructiva, preparándonos para los contratiempos y motivando la acción, pero representa un fuerte sesgo que oscurece las mejoras en el estado de la vida humana.

        Esto tiene un impacto concreto en la política. Una encuesta del Instituto de Investigación de Religión Pública encontró que el 51 por ciento de los estadounidenses en 2016 sintieron que "la cultura y el estilo de vida estadounidenses han empeorado... desde la década de 1950". El año anterior, una encuesta de YouGov encontró que el 71 por ciento del público británico creía que el mundo estaba empeorando progresivamente, y solo el 5 por ciento dijo que se está poniendo cada vez peor. Tales percepciones incentivan a los políticos populistas a prometer restaurar las glorias perdidas del pasado, a pesar de que ese pasado fue dramáticamente peor en casi todas las medidas objetivas de bienestar.

               Como uno de los muchos ejemplos de este fenómeno, una encuesta de 2018 preguntó a 31.786 personas de 26 países -que hablaban 17 idiomas y representaban el 63 por ciento de la población mundial- si la pobreza mundial había aumentado o disminuido en los últimos veinte años y si la pobreza había aumentado o disminuido mucho. Sus respuestas muestran que solo el 2 por ciento obtuvo la respuesta correcta: la pobreza disminuyó en un 50 por ciento. Un creciente cuerpo de ciencias sociales confirma estas discrepancias entre la percepción pública y la realidad del progreso generalizado de acuerdo con una miríada de medidas sociales y económicas. Por ejemplo, un estudio histórico realizado en el Reino Unido por Ipsos MORI para la Royal Statistical Society y el King's College de Londres mostró una gran divergencia entre la opinión popular y las estadísticas reales sobre numerosos temas, tales como:

·                      La impresión pública fue que el 24 por ciento de las prestaciones del gobierno se reclamaron de manera fraudulenta, mientras que la cifra real fue del 0,7 por ciento.

·                    En Inglaterra y Gales, la delincuencia cayó un 53 por ciento entre 1995 y 2012, pero el 58 por ciento del público pensaba que la delincuencia había aumentado o se había mantenido igual durante este período. Los delitos violentos entre 2006 y 2012 cayeron un 20 por ciento, mientras que el 51 por ciento pensaba que habían aumentado.

·             La impresión pública del embarazo adolescente fue 25 veces peor que la realidad: el 0,6 por ciento de las niñas menores de 15 años en el Reino Unido quedan embarazadas cada año, mientras que la estimación pública fue del 15 por ciento.

El mismo efecto se mantiene en el lado occidental del Atlántico. Durante el siglo XXI, una mayoría significativa de estadounidenses (hasta el 78 por ciento) ha creído que la delincuencia había aumentado a nivel nacional con respecto al año anterior, a pesar de que tanto los delitos violentos como los delitos contra la propiedad han disminuido aproximadamente a la mitad desde 1990.

               El aforismo "Si sangra, conduce" resume una de las principales causas de estas percepciones erróneas. Un incidente violento se denunciará ampliamente, mientras que las reducciones de la delincuencia (por ejemplo, debido a la aplicación de la ley basada en datos o a una mejor comunicación entre la policía y la comunidad) son literalmente no incidentes. Como tales, no reciben una cobertura amplia.

               Esto no tiene por qué ser el resultado de una decisión consciente de nadie: los incentivos de los medios de comunicación favorecen estructuralmente la cobertura de historias violentas o negativas. Debido a los sesgos cognitivos descritos anteriormente en este capítulo, los seres humanos están más naturalmente sintonizados con la información amenazante. Dado que la mayoría de los medios de comunicación (tanto los medios de comunicación tradicionales como las redes sociales) ganan dinero atrayendo globos oculares para generar ingresos publicitarios, no debería sorprendernos que la industria haya aprendido, colectivamente, que las redes sociales ganan su dinero atrayendo globos oculares para generar ingresos publicitarios, no debería sorprendernos que la industria haya aprendido, colectivamente, que la mejor manera de mantenerse en el negocio es propagar información amenazante que provoque fuertes respuestas emocionales.

               Esto también está relacionado con el problema o la urgencia. La palabra "noticia" sugiere literalmente que la información es novedosa y oportuna. Las personas tienen un tiempo limitado, por lo que consumen medios, por lo que tienden a priorizar los incidentes que acaban de suceder. El problema es que la gran mayoría de estos eventos discretos y urgentes son cosas malas. Como destaqué al principio de este capítulo, la mayoría de las cosas buenas que suceden en el mundo son procesos muy graduales, por lo que es muy difícil que estas historias alcancen el nivel de urgencia que las convierta, por ejemplo, en una historia de primera plana en "The New York Times" o en la noticia principal de CNN. Efectos similares se dan en las redes sociales: es fácil compartir videos de un desastre, pero el progreso gradual no genera imágenes dramáticas.

               Como dijo Steven Pinker: "Las noticias son una forma engañosa de entender el mundo. Siempre se trata de eventos que sucedieron y no de cosas que no sucedieron. Entonces, cuando hay un oficial de policía que no ha sido baleado o una ciudad que no ha tenido una manifestación violenta, no salen en las noticias. Mientras los eventos violentos no caigan a cero, siempre habrá un titular en el que hacer clic... El pesimismo puede ser una profecía autocumplida. Esto es especialmente cierto ahora que las redes sociales agregan noticias alarmantes de todo el planeta, mientras que las generaciones anteriores solo estaban informadas sobre eventos locales o regionales.

           Sin embargo, mi observación inversa es: "El optimismo no es una especulación ociosa sobre el futuro, sino más bien una profecía autocumplida".  La creencia de que un mundo mejor es realmente posible es un poderoso motivador para trabajar duro en su creación.

               Daniel Cahneman recibió el Premio Nobel de Economía por su trabajo (algunos en colaboración con Amos Tversky) explicando las heurísticas inválidas e inconscientes que las personas usan para hacer estimaciones sobre el mundo. Su investigación demostró que las personas ignoran sistemáticamente la probabilidad previa, el hecho de que las cosas que son verdaderas sobre un grupo en general tienden a ser verdaderas sobre el individuo de ese grupo con el que uno se encuentra. Por ejemplo, si se le pide que seleccione la ocupación probable de un extraño en función de su autodescripción, si le dice que "ama los libros", puede elegir "bibliotecarios", ignorando la tarifa base, el hecho general de que hay relativamente pocos bibliotecarios en el mundo. Alguien que supere este sesgo se daría cuenta de que amar los libros es una evidencia muy débil sobre la ocupación de alguien, por lo que supondría un trabajo mucho más común como "trabajador minorista". Las personas no desconocen las tarifas base, pero a menudo las pasan por alto en favor de responder a un detalle vívido al considerar una situación particular.

          Otra heurística sesgada citada por Kahneman y Tversky es que los observadores ingenuos esperarán que el lanzamiento de una moneda al aire tenga más probabilidades de salir cara si simplemente experimentan una racha de cruz. Esto se debe a un malentendido de la regresión a la media.

               El hecho de que debamos corregir estos sesgos no significa que debamos ignorar o subestimar los problemas reales, pero proporciona sólidas bases racionales para el optimismo sobre la trayectoria general de la humanidad. El cambio tecnológico no ocurre automáticamente, requiere ingenio y esfuerzo humanos. Este progreso tampoco debe cegarnos ante el urgente sufrimiento que la gente enfrenta mientras tanto. Más bien, las tendencias de las imágenes bis-imágenes deberían recordarnos que, por difíciles e incluso desesperados que parezcan a veces estos problemas, como especie estamos cambiando el rumbo para resolverlos. Me parece una fuente de profunda motivación.”

miércoles, 31 de julio de 2024

¿Harris? ¿Trump?

 Sobre la elección norteamericana

No todo el mundo vota, pero a todo el mundo les interesa y toman posición.

En nuestro caso, alejados en el cono sur de América, tendemos a generar simpatía o antipatía hacia los candidatos tomando como referencia el marco interno argentino y, en todo caso, a preferir a uno u otro trasladando implícitamente la valoración a lo que significaría para nuestra situación interna si fueran ambos candidatos argentinos.

Pero la realidad es más compleja. Si bien es cierto que los norteamericanos votan con poca reflexión sobre los temas globales, son esos temas los que más nos interesan y nos pueden afectar, mucho más que si se incrementan los fondos del “medicare” o la política migratoria en el límite sur.

Para nosotros, lo que importa es cómo actuará EEUU en un mundo cada vez más complicado y en el que se está generando un verdadero bloque estratégico antioccidental, liderado por China pero con sucursales en todo el mundo.

Adelanto que esta mirada no ignora la diferencia cualitativa que el siglo XXI presenta con respecto a la antigua guerra fría del siglo XX. La economía, a pesar de verse afectada, ha construido lazos importantes que atraviesan los bloques. Pero la política -y el escenario de poder militar- muestra señales más que claras sobre la construcción de este bloque y es la política la que en definitiva fijará las reglas de juego de la economía, la diplomacia y el ambiente.

Venezuela es un “botón de muestra”. Sin intereses concretos en la región, China y Rusia se posicionaron de inmediato, aceptando el fraude, felicitando a Maduro y arrastrando en su posición a Brasil que, luego de ensayar una endeble seudoneutralidad, terminó respondiendo a los liderazgos que mandan en los BRICS y también dio su respaldo a la dictadura bolivariana.

Alcanza con mirar la lista de países que han tomado esa posición para advertir que no se encuentra en ese bloque ninguna democracia “independiente”: Irán, Cuba, Nicaragua, Corea del Norte, Turquía.

Entonces, mirado desde la óptica de un ciudadano del mundo, es más trascendente imaginar cómo sería el escenario global con uno u otro liderazgo, y la conciencia de este proceso que tienen ambos protagonistas. Es bueno recalcar que en el bloque rival las cosas están claras y cuando la “línea” baja, todos se alinean, sin fisuras, “panquequeada” de Lula asumida.

No sé si Kamala Harris será igual a Massa. Confieso que su discurso me provoca una lejana remembranza del conocido relato de CK, que nos trajo hasta donde nos trajo. Tampoco sé -no estoy en condiciones de opinar- si los ciudadanos americanos se sentirán seducidos por ese discurso. En la Argentina, sedujo más de dos décadas, hasta su implosión final... Pero sí es claramente preocupante su ausencia de claridad en la actitud internacional estratégica de EEUU, la consolidación del eje “China-Rusia”, la resolución de la guerra en Ucrania, la multi-agresión contra Israel y el renacimiento del antisemitismo, ante la inundación de integrismo musulmán en Europa y en los propios EEUU, su trato de seda con el estado terrorista iraní e incluso su posición más que suave ante el criminal golpe de estado del narco-chavismo en Venezuela, que da por tierra con cualquier resto seudodemocrático en la sufrida república caribeña.

¿Entonces ... Trump? Pues... a los demócratas su discurso nos provoca el mismo escozor que el de Milei en el proceso electoral. Escaso apego a las formas democráticas, dura demonización de sus adversarios, cerrazón ante la posibilidad de un diálogo constructor de consensos... en suma, polarización extrema construyendo poder propio, sin demasiada preocupación por sus aliados.

En síntesis: ¿qué hará EEUU? ¿Seguirá la actitud buenista de que ha permitido inundar de inseguridad al mundo? ¿Se centrará en “MAGA” (Make America Great Again) desentendiéndose del resto? ¿Asumirá el papel de articulador del mundo democrático, fundado en normas y la vigencia del estado de derecho? Conocer esos temas nos importa más que la extensión del derecho al aborto en algunos Estados norteamericanos o la limitación a la tenencia de armas a sus ciudadanos.

La elección de diciembre de 2023 nos presentó en Argentina un dilema que muchos fuimos impotentes para resolver. Lo decidió la mayoría de la sociedad prefiriendo un liderazgo disruptivo al que intuía fuerte e intransigente antes que la aparente claridad de las promesas populistas, a las que le habían dado dos décadas de tiempo prolongando la mediocridad decadente. Los claroscuros, en todo caso, se verían luego.

Una lejana remembranza de ese dilema se presenta en la elección de EEUU. Una diferencia no menor es que no se percibe en EEUU ese importante grupo democrático que comprende el cambio pero se preocupa por neutralizar las aristas más extremas, que acá se ha dado en llamar “la oposición dialoguista” y que también incluye al semi-oficialismo sensato.

Pero la mayor diferencia es que en la elección no votarán todos los que sufrirán las consecuencias, sino sólo los norteamericanos. Y que a ellos, las consecuencias externas les llegarán recién en el mediano o largo plazo mientras que los latinoamericanos, los europeos, los israelíes, los ucranianos y los demócratas de todo el mundo las sentiremos de inmediato aunque la “simpatía” o “antipatía” que nos provoquen a priori los candidatos nos lleven a tomar partido irreflexivo posicionándonos, tal vez, en contra de nuestros propios intereses.

Ricardo Lafferriere